Trump, Israel y la comunidad judía norteamericana – Por Ari Heistein (INSS)

La victoria de Donald Trump, que sorprendió tanto a los medios de comunicación como a encuestadores por igual, ha creado una gran incertidumbre tanto para el pueblo estadounidense como para sus aliados en Israel. Muchos en Jerusalén ven a la administración Trump como una oportunidad para restaurar la relación especial entre Israel y los Estados Unidos, su más importante e irreemplazable aliado. Al mismo tiempo, muchos de sus correligionarios estadounidenses están preocupados por las consecuencias negativas que produjo la victoria de Trump: el zeitgeist que este ha cultivado, las amenazas a su seguridad y la postura de las minorías en los Estados Unidos en general y los judíos estadounidenses en particular. Si la nueva administración persigue una estrategia diferente a la que tomó en la campaña electoral y opta por salvar las brechas entre el pueblo estadounidense, también pudiera ayudar a salvar la potencialmente creciente brecha entre la comunidad judía estadounidense e Israel.

Mientras los políticos de derecha israelíes estaban ocupados celebrando la victoria electoral de Donald Trump, gran parte de la comunidad judía estadounidense expresó su profunda preocupación. A lo largo de su campaña, Trump dijo una gran cantidad de cosas que apelaban a los derechos de Israel: amenazó con hundir a una cañonera iraní, enfatizó la necesidad de tomar una postura enérgica contra el terrorismo islámico radical y declaró que los asentamientos en Cisjordania no eran un obstáculo para la paz. Al mismo tiempo, la rebelión que este dirigió contra lo políticamente correcto fomentó un ambiente que perdonaba la xenofobia y el discurso de odio; el propio Trump dio declaraciones anti-inmigrantes y optó por no condenar tales sentimientos y expresiones entre sus partidarios. Si la administración Trump no condena el discurso de odio e incitación, en particular la retórica antisemita en su naturaleza, al mismo tiempo que cumple su promesa de fortalecer los lazos con Israel, se convertirá probablemente en un punto de discordia en las relaciones entre la comunidad judía norteamericana e Israel.

Las preocupaciones de los judíos norteamericanos por el aumento de la xenofobia y los discursos de odio que acompañaron el meteórico ascenso de Trump en la política demostraron estar justificados. En vísperas de las elecciones, la campaña de Trump dio a conocer un video publicitario con motivos electorales que presentaba a tres judíos poderosos y utilizaba motivos típicos antisemitas tales como “intereses especiales mundiales” y “aquellos quienes controlan las manivelas del poder” para describirlos, incitando el destacado del Washington Post “El Antisemitismo ya no es el Fundamento de la Campaña de Trump. Es la Melodía”. Poco después de declarar victoria, el Presidente Trump nombró al director ejecutivo de su campaña y ex editor de Breitbart News Steve Bannon, como su principal estratega de la futura administración. Breitbart es infame por publicar artículos que rechazan lo políticamente correcto, incluyendo artículos que se refieren al comentarista conservador Bill Kristol como “judío renegado” y la ex esposa de Bannon testificó que este profirió comentarios antisemitas en su vida personal también. Aunque se desconoce si Trump y su jefe estratega acogen personalmente creencias antisemitas, es notable que ninguno haya condenado los sentimientos antisemitas con nada que se asemeje a la ferocidad con la que atacaron a los opositores de Trump.

Algunos han tratado de calmar las preocupaciones de la comunidad judía estadounidense señalando las declaraciones pro-Israel de la campaña Trump. De hecho, los asesores de Trump sobre el tema de Israel David Friedman y Jason Greenblatt, no perdieron la oportunidad de demostrar que las opiniones del candidato republicano iban de acuerdo a los lineamientos del gobierno de Israel. Una semana antes de las elecciones, Friedman y Greenblatt publicaron una declaración en la que declaraban que Trump, si fuese electo, trasladaría la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, tomará medidas para contener a Irán y defenderá la postura de Israel en la arena internacional contra el BDS y los esfuerzos de deslegitimación. Sin embargo, el apoyo a Israel no alivia a Trump de la necesidad de censurar el discurso de odio contra todos los estadounidenses, incluyendo a los judíos. Este imperativo es particularmente urgente ya que el informe de la Liga Anti-Difamación 2016 muestra una clara correlación positiva entre el fracaso de la campaña Trump de renunciar al antisemitismo entre sus partidarios y un aumento en el acoso en la red hacia los judíos estadounidenses.

Las comunidades judías en Israel y Estados Unidos, que constituyen alrededor del 80% de la población judía del mundo, ya han sido probadas por sus divisiones sobre el tema de la religión y política. Las políticas del rabinato estatal ortodoxo de Israel de atacar a instituciones no ortodoxas y rechazar su legitimidad respecto a las leyes de status personal tales como (conversión, matrimonio, divorcio, etc.) así como también rezar en el Muro Occidental han sido causa de mucha frustración entre la ideológicamente diversa comunidad judía estadounidense (sólo cerca del 10% se identifican como ortodoxos y cerca de la mitad se identifican como conservadores o reformistas, los cuales no son reconocidos por el Rabinato de Israel como instituciones legítimas para determinados temas de estatus personal).

También existen brechas significativas entre las comunidades judías estadounidenses y de Israel en actitudes relacionadas a la política. Mientras que según una encuesta PEW del 2013, 49% de los judíos estadounidenses se describen a sí mismos como liberales, sólo el 8% de los israelíes se identifican de manera similar, según una encuesta realizada en el 2016. Estas diferencias se hicieron más pronunciadas en los años de Obama, dadas las tensiones entre Obama, quien obtuvo la gran mayoría del voto judío estadounidense y el Primer Ministro Netanyahu en el contexto de cambios dramáticos en la región. Estos acontecimientos incluyeron el colapso del proceso de paz palestino-israelí liderado por el Secretario de Estado John Kerry, así como también el acuerdo en materia nuclear entre Irán y el P5+1. La mayoría de los judíos en Estados Unidos e Israel se encuentran en lados opuestos respecto a esos temas.

Los diferentes entornos de las respectivas comunidades desempeñan sin lugar a dudas un papel importante en configurar los diferentes valores fundamentalmente religiosos y políticos que estos poseen. En los Estados Unidos, los judíos son una pequeña minoría entre una gran mayoría cristiana y, por lo tanto no es de sorprender que un gran porcentaje adopte valores liberales tales como proteger los derechos de las minorías y lo políticamente correcto. Por el contrario, los judíos en Israel constituyen la gran mayoría y su identidad religiosa es una fuente de identidad compartida en lugar de un factor que les hace sentir cualquier diferencia o alienación. Además, las preocupaciones de seguridad y la fuerte influencia del ejército en la sociedad a menudo han puesto de lado los valores liberales típicos. El creciente discurso de odio y la incitación hacia los extranjeros y minorías evidentes tras la victoria de Trump, pueden bien distanciar a la comunidad judía estadounidense de la administración entrante, al mismo tiempo que las posturas pro-Israel del presidente entrante pudieran llevar a lazos más estrechos entre Jerusalén y Washington. Estas diferentes actitudes hacia la presidencia de Trump, dentro del contexto de las tensiones preexistentes, pudieran fácilmente profundizar la división entre los judíos estadounidenses e Israel.

Además, las encuestas indican que la generación más joven en los Estados Unidos, judíos y no judíos por igual, apoyan menos a Israel que sus predecesores. Según un informe reciente de Philip Gordon y Robert Blackwill, “los jóvenes estadounidenses, aquellos nacidos después de 1980 son muy marcadamente menos favorables a Israel que las generaciones anteriores”. Esta disminuida simpatía es probablemente el resultado de numerosos factores que se profundizarán con el tiempo, incluyendo la creciente distancia histórica del Holocausto y la transformación de Israel de un “David” a un “Goliat (regional)”. Las opiniones de los jóvenes estadounidenses judíos de edades comprendidas entre (18-29 años) no están desvinculadas de las tendencias generales en los Estados Unidos, evidentes en el hecho de que poseen el doble de probabilidades que la generación anterior (30-49 años) en afirmar que los Estados Unidos es “demasiado solidario” con Israel, en un 25% y 12%, respectivamente.

La victoria de Donald Trump, que sorprendió tanto a los medios de comunicación como a los encuestadores por igual, ha creado gran incertidumbre tanto para el pueblo estadounidense como para sus aliados en Israel. Muchos en Jerusalén ven la administración Trump como una oportunidad para restaurar la especial relación entre Israel y los Estados Unidos, su aliado más importante e irreemplazable. Al mismo tiempo, muchos de sus correligionarios estadounidenses están preocupados por las consecuencias negativas que produjo la victoria de Trump: la atmosfera que este ha cultivado, las amenazas a su seguridad y la postura de las minorías en los Estados Unidos en general y los judíos en los Estados Unidos en particular. Si la administración entrante persigue una estrategia diferente a la que tomó en la campaña electoral y opta por salvar las brechas entre el pueblo estadounidense, también pudiera ayudar a salvar una brecha potencialmente creciente entre la comunidad judía estadounidense e Israel.

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