Terrorismo ligero: ¿Cómo es que las universidades dejan que los estudiantes abusen de la libertad académica? – Por Anat Berko

¿Por qué algunos estudiantes hacen esto? Porque pueden. Nadie les detiene. No existe rendición de cuentas y no cuesta nada – ya sea para ellos o para los que fracasan en educarlos. El mal comportamiento es recompensado; se les permite continuar haciéndolo. Con los auto-declarados yihadistas y otros “policías de la expresión hablada” decidiendo sobre ­qué se permite discutir y sobre qué no se permite discutir y enseñar en las universidades occidentales. ¿Infunde el miedo la educación ahora? El primero de los derechos no debería extenderse para privar a otros de su primer derecho.

¿Qué criterios ha utilizado el profesor – y para ese caso Europa – en determinar que Hamás no era un grupo terrorista, a diferencia de los criterios utilizados por el gobierno de los Estados Unidos para determinar que, de hecho, lo era? La libertad académica en Occidente suele ser un hecho – o lo fue.

Recientemente, sin embargo, las universidades estadounidenses han permitido que sus estudiantes bajen del podio a sus conferencistas a gritos de “retiren la invitación” a otros y castiguen – o amenacen con castigar – a estudiantes simplemente por expresar sus puntos de vista respetuosamente. Estas reducciones a la libertad académica y a la libertad de expresión al parecer se llevan a cabo sin ningún tipo de consecuencias para aquellos que la restringen, agitan o interrumpen. Irónicamente, a menudo los mismos que ponen el cerrojo a la libertad de expresión son tratados como héroes de la libertad de expresión.

La última exhibición del (repetido) y extremadamente cuestionable, si no ilegal, juicio por la administración de una universidad implicó un asalto académico del Decano de Estudiantes en la Universidad Brandeis Jamele Adams, sobre un graduando con honores Daniel Mael. [1] “Estos intentaron”, dijo Mael, “intimidar a los estudiantes para que callaran, en interés de que los sentimientos de la gente no fuesen heridos, en lugar de fomentar el debate”.

Estos problemas, por desgracia, parecen ser generalizados. La libertad académica, aunque a veces abusada, fue provista originalmente, incluyendo los profesorados honorarios, de darle a los estudiosos el derecho a comunicar ideas libremente, sin represalias, incluso si estas ideas son a veces vistas como “inconvenientes”.

Recientemente, sin embargo, ha habido un cambio. La libertad académica en Occidente se ha reducido a un punto donde en lugares apenas existe. Los estudiantes, elegidos cuidadosamente, supuestamente vienen a aprender, pero últimamente parece que han estado tratando de hacerse cargo de la institución – muy a menudo, por desgracia, con la complicidad de las administraciones.

Los conferencistas no solo se les “retiran las invitaciones”, son callados a gritos o echados fuera de la tarima. ¿Quién permite este comportamiento?

En un mitin en la Universidad de Massachusetts Amherst incluso hace unos años, se podía ver el odio y la rabia en los ojos de los cobardes manifestantes encapuchados pidiendo la destrucción de Israel. Muchos no eran obviamente estudiantes en lo absoluto, y muchos no eran tan jóvenes e impresionables. Parecían haber sido llevados allí tan sólo para gritar consignas y asustar a todos.

Muchos, sin embargo, que si parecían ser estudiantes, basados en lo que se dijo no tenían conocimiento del propio conflicto palestino-israelí, pero parecían haber venido sólo para manifestar en contra de Israel. Muchos incluso parecían buena gente, chicos sumamente capaces, de hogares liberales de clase media alta, que acababan de ser etiquetados, pero no tenían idea de qué hacer frente a amenazas reales de violencia. Parecían mayormente preocupados por sus calificaciones.

Esta vez, sin embargo, en una reciente gira de libros a través de Norteamérica, había guardias en la sala, “para mantener el orden”, dijeron. “¿Por qué se necesita ‘mantener el orden?'”, Pregunté. “¿Es esta alguna dictadura del Oriente Asiático?”

Dijeron que a veces los grupos de oposición comenzaban manifestaciones violentas, ya sea para asegurarse de que los eventos no procedieran; o, si sucedían, silenciar al conferencista y asustar a todos en la universidad a fin de que nadie que tuviese esos puntos de vista jamás pueda hablar allí de nuevo. Era censura, era autoritaria, y no era lo que uno pudiera esperarse en Occidente de un lugar de enseñanza superior, o de cualquier instituto de enseñanza.

El 29 de octubre, 2013 una conferencia en la Universidad Brown del Comisionado del Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York Raymond Kelly (centro, detrás del podio en la parte delantera de la sala) fue cortada abruptamente y cancelada luego que manifestantes revoltosos interrumpieron repetidamente el discurso de Kelly y no pararon.

Ese punto de vista fue visto de nuevo – esta vez con amenazas de violencia – cuando un reconocido profesor musulmán, de una respetada universidad norteamericana, dijo que le gustaría publicar un artículo en conjunto sobre los jóvenes musulmanes que participan en terrorismo, pero que temía utilizar la palabra “terrorismo” porque él y su familia podrían ser lastimados o condenados al ostracismo, y su hija quizá nunca encuentre un marido.

Así que a pesar de estar de acuerdo sobre el tema, al final tuvimos que aceptar que no había manera de que pudiésemos reportar ninguno de los resultados sin colocarlo a él en peligro. Para evitar publicar mentiras, optamos por abandonar el proyecto. Este temía por su vida. En Estados Unidos.

Otra bienvenida extraña tuvo lugar en la Universidad de Florida en Gainesville, en una plática sobre la participación de mujeres y niños en terrorismo. A la audiencia se le aseguro que, como criminólogo, yo no discutiría ninguna cuestión política, sino que hablaría de los efectos psicológicos de la discriminación de sexos y cómo se relacionan con el aumento del terrorismo islámico radical. Hubo dos cortometrajes primero, uno de Pakistán y otro de Irak, en el cómo las jóvenes niñas fueron tentadas a contraer matrimonio y el “sacrificio” (shahada); y en el uso masivo de mujeres y niños en la industria del terrorismo.

Pero unos cuantos minutos en la charla, un grupo de estudiantes (a juzgar por cómo se veían, no todos ellos pueden haber sido alumnos) caminaron hacia el escenario y se sentaron en primera fila.

La mujer llevaba puesto el vestido tradicional islámico, con el rostro totalmente cubierto; los hombres llevaban pantalones de vaqueros y chaquetas de cuero rasgadas. Después de un rato, se pusieron de pie, se dieron vuelta, y se desabrocharon la ropa exterior para revelar carteles pro-jihad y anti-Israel, que sostenían; luego comenzaron a gritar, agitando sus carteles y burlándose de los estudiantes, que para ese entonces se veían aterrorizados en silencio.

El grupo probablemente vino a interrumpir a un “demoníaco” israelí, y porque el hablar sobre terrorismo les molesta. Ellos estarían mejor, dije, protestando en Siria, donde los terroristas fueron gaseados junto a la matanza de mujeres y niños. Eso no fue, al parecer, lo que ellos esperaban. Se miraron unos a otros, y luego se apresuraron a salir de la sala.

Cuando la audiencia se calmó, un estudiante preguntó si me había asustado. Le explique que después de más de veinte años de ir a las cárceles en Israel para entrevistar a asesinos terroristas en serie, tenía cosas peores que lidiar que gente que interrumpe mis charlas. Explicaron que esas tácticas eran utilizadas a menudo allí, y que la mayoría de las veces la conferencia era interrumpida y la gente se iba a casa.

Así, bajo el manto de la libertad de expresión, las pandillas de matones en Norteamérica aparentemente han ido silenciando la libertad de expresión en muchas universidades. Mientras que antes el pluralismo y la libertad de pensamiento eran de suma importancia, estos esparcían la propaganda del odio.

Fue inquietante que llevó a alguien de un país extranjero el preservar su derecho a saber, pero lo que era realmente aterrador era ver la erosión de la libertad académica en tal grandiosa democracia. ¿Necesitan ahora los conferencistas detalles de seguridad? ¿Se adaptara el calendario académico para que encaje en la imaginación de quien está tratando de silenciar las opiniones con las que pueden discordar? ¿Infunde miedo ahora la educación?

¿Decidirán los auto-declarados yihadistas y otros “policías del discurso” lo que es y lo que no es, discutido y enseñado en las universidades occidentales? ¿Dónde están las autoridades universitarias? ¿Por qué no expulsan a quien es intolerante de los valores académicos? Nadie obliga a estos estudiantes a estar allí. Pueden estar disfrutando de su libertad de expresión, pero no están permitiendo que otros disfruten de sus libertades de expresión. El primer derecho a enmienda no debería extenderse para privar a otros de su primer derecho constitucional.

¿Por qué se comportan estos estudiantes de esta manera? Porque pueden. La gente los deja. No hay rendición de cuentas y ningún costo – ya sea para ellos o para la gente que fracasa en educarlos. El mal comportamiento es recompensado; se les permite continuar.

¿No tienen las universidades los medios para proteger a sus estudiantes y más importante, sus instituciones? ¿Por qué no son despedidos estos administradores desventurados?

En otra universidad conocida, cerca de Washington, D.C., un estudiante dijo que uno de sus profesores le había dicho que Hamás no era una organización terrorista. Había que preguntarse si este profesor en realidad sabía algo de Hamás – no sólo sus actividades y su agenda para destruir a Israel – sino para asesinar a todos los judíos – y cómo se esfuerzan día y noche para lograr esos fines. ¿Qué criterios tenían el profesor – y para que hecho, gran parte de Europa – solía determinar que Hamás no es una organización terrorista, en oposición a los criterios utilizados por el gobierno de los Estados Unidos para determinar que, de hecho, si lo era?

Existe, sin embargo, lugar para la esperanza. También hubo muchos estudiantes musulmanes que huyeron de las catástrofes provocadas por el radicalismo islamista. Después de una plática, un estudiante llamado Muhammad dijo que su familia había huido de Somalia por temor a Al-Shabaab. Las ideas yihadistas, dijo, habían penetrado en las madrazas [escuelas islámicas religiosas] de Somalia, que habían seguido históricamente el Islam sufí (una versión espiritual, más pacífica). Este lamentando, dijo, que las mayores víctimas del terrorismo islamista radical eran los propios musulmanes.

Un estudiante sirio, sonriendo, dijo que toda la humanidad tenía el mismo enemigo.

Luego de otra platica al sur de la Florida, en un auditorio repleto de profesores y estudiantes, un anciano profesor de Túnez tomó la palabra. “En la escuela en Túnez, tuvimos ambos maestros judíos y cristianos que enriquecieron mi curiosidad intelectual. Pero vean lo que nos sucedió” dijo. “Nos perdimos”.

Un estudiante afgano nos contó cómo su familia huyó de los talibanes; este dijo que la ola de asesinatos islámicos extremos tuvo que ser detenido.

Los estudiantes locales se acercaron. El humanismo universal y el sentido común estaban siendo confrontados por la ignorancia y la coerción, ellos dijeron y avanzados por las amenazas de violencia.

Uno no debería tener que decir que las universidades deberían ser santuarios protegidos, y no teatros sin ley para el terrorismo ligero. Los administradores que se enfrentan a presiones autoritarias necesitan preguntarse con urgencia lo que pueden hacer para preservar la libertad de expresión y el libre pensamiento.

Existe un peligro real de que estudiantes idealistas pero ingenuos – que generalmente oscilan entre demasiada confianza y no lo suficiente – están siendo golpeado desde todos lados: por pura presión de sus compañeros; por el deseo de ser popular; por la censura desde fuera y dentro; por ser “políticamente correctos” y por el Islam radical. Estos estudiantes están obligados a unirse a cualquier grupo pensante en puerta sin siquiera ver cuán manipulados están.

 

 

 

La Dra. Anat Berko realiza investigaciones para el Consejo de Seguridad Nacional y es investigadora en el Instituto Internacional de Políticas para el Contraterrorismo en el Centro Interdisciplinario de Israel. Criminóloga, es autora de dos libros: El Camino Hacia el Paraíso, y la Bomba Inteligente: Mujeres y Niños como Terroristas Suicidas.

[1] Esta es la misma Universidad Brandeis que el pasado abril le retiró la invitación a Ayaan Hirsi Ali, una refugiada de Somalia, que se convirtió en miembro del Parlamento holandés y recibió un doctorado honoris causa en abril, 2014. Véase también: “Universidad Brandeis: Escuela para el Escándalo”; “Activista expone lista anti-Israel de la facultad en la Universidad Brandeis” (descubierta por Daniel Mael).

http://www.gatestoneinstitute.org/4992/universities-academic-freedom

 

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