Sadat y Beguin – Los Pacifistas – Por Dr. Martin Kramer

RESUMEN: Asumimos ampliamente que Menajem Beguin y Anwar Sadat hicieron las paces a pesar de sus profundas incompatibilidades personales. Pero, de hecho, hubo paralelismos significativos en la vida de ambos hombres y es muy posible que hayan facilitado el alcanzar un acuerdo. Las similitudes entre ellos, sus tempranas experiencias en los movimientos “clandestinos”, sus períodos en prisión, sus luchas contra los británicos y el odio hacia la Unión Soviética, sus años en los márgenes del poder y sus claramente definidos conceptos de patria, pueden haber aliviado para llegar a su compromiso final.

Han pasado treinta y ocho años desde la firma del tratado de paz israelí-egipcio, el más famoso, evocado por el triple apretón de manos en el césped de la Casa Blanca que cambió al Medio Oriente. El Primer Ministro israelí Menajem Beguin y el Presidente egipcio Anwar Sadat pasaron la página de la guerra tras de Israel y Egipto y al hacerlo, pusieron fin al conflicto árabe-israelí. El conflicto israelí-palestino continúa, y también la lucha israelí-iraní. Pero la paz israelí-egipcia puso fin a las destructivas guerras en el campo de batalla entre Israel y los estados árabes que irrumpieron en 1948, 1956, 1967 y 1973. Desde aquel famoso apretón de manos entre Beguin, Sadat y Jimmy Carter, no ha habido guerras en el campo de batalla entre Israel y un ejército árabe convencional. Egipto e Israel han estado ahora en paz más tiempo de lo que estuvieron en guerra.

Se ha dicho a menudo de Beguin y Sadat que los dos eran como el agua y el aceite. “Los dos individuos eran totalmente incompatibles”, recordó Jimmy Carter, describiendo las negociaciones de Camp David que produjeron el tratado. “Hubo intensas perturbaciones entre ellos, griterías, golpes en las mesas, salían de los salones. Así que, durante los siguientes siete días, estos nunca se vieron. Y de esta manera negociamos con ellos aislados el uno del otro”.

Sin embargo, en un documento preparado para el equipo estadounidense antes de las negociaciones de Camp David, aparecen estas frases: “Ambos, Beguin como Sadat, han evidenciado objetivos personales y nacionales similares a lo largo de su transformación familiar de combatientes clandestinos a líderes políticos. A pesar de sus comentarios a menudo amargos y abusivos, cada uno debería poder reconocer al otro como un político básicamente capaz de cambiar, comprometido y responsable”. La idea que las similitudes entre Beguin y Sadat hicieron posible la paz ha sido omitida en la interpretación de las negociaciones que mostraban a Jimmy Carter como un héroe.

Esto no es ninguna sorpresa. No existen dos líderes que pudieran haber sido más diferentes y es como demasiado fácil enumerar los contrastes. Para empezar, Anwar Sadat provenía de un pueblo pobre en el delta del Nilo, un lugar de permanencia casi inmemorial. Beguin comenzó con el desmoronado mundo de los judíos de Europa Oriental, que luego fue borrado de la faz de la tierra. Sadat fue un simpatizante del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Los padres y el hermano de Beguin fueron asesinados por los nazis. Sadat realizo una carrera en el ejército, e incluso murió con un uniforme militar. Beguin fue un civil de principio a fin. Los estadounidenses vieron a Sadat como seductor y tranquilo, un hombre sociable con traje de ocio. Estos consideraban a Beguin como rígido e ideológico; un funcionario estadounidense comentó que, incluso en Camp David, Beguin siempre estaba vestido “como si estuviera a punto de ir a un funeral”. Sadat era un dictador autoritario que envió a sus oponentes a la cárcel. Beguin fue un liberal clásico con un firme compromiso con la democracia y el estado de derecho.

Pero las similitudes entre los dos son igual de llamativas, tal vez incluso más y pueden ser precisamente los paralelos personales los que los unieron en el momento crucial, e hicieron posible el logro de la paz.

Individuos marginales

Una similitud obvia es la que aludió el documento informativo estadounidense al describir a ambos como “combatientes clandestinos”. De hecho, ambos ingresaron a la política por la puerta trasera, como conspiradores que planearon violencia política y se vieron fortalecidos por largas temporadas en prisión por culpa de la misma política.

Sadat, como joven revolucionario, se sumergió a sí mismo en complots conspirativos, tanto contra los británicos (que entonces controlaban Egipto) así como también contra los líderes egipcios que este consideraba colaboradores. Como resultado, se encontró dentro y fuera de una prisión. En 1945, Sadat, de 27 años y sus amigos decidieron asesinar al irregular primer ministro de Egipto Nahhas Pasha. El grupo vigiló la caravana de Nahhas; uno de los miembros arrojó una granada, pero falló en su intento a su auto.

El grupo se encontró decepcionado. Ansiosos por asesinar a alguien, decidieron hacerlo con el ex-ministro de Finanzas Amin Osman Pasha. Esta acción si tuvo éxito y aunque Sadat no fue quien disparo, fue juzgado como parte de la conspiración y solo fue absuelto luego de un largo juicio.

Menajem Beguin tuvo una carrera “clandestina” mucho más famosa. Primero fue enviado a prisión durante la Segunda Guerra Mundial por la policía secreta soviética, el NKVD, realizó trabajos forzados durante ocho meses que este narró en sus memorias ‘White Nights’ (Noches Blancas). Para ese entonces, este también había sido iniciado en una vida de conspiraciones clandestinas, métodos de operación que traería consigo a Palestina en los últimos días del Mandato Británico.

Allí, a la edad de 31 años, se elevaría al liderazgo de una organización clandestina, el Irgun. Este grupo fue responsable del atentado de 1946 al Hotel Rey David en Jerusalén, que asesinó a 91 personas. Beguin siempre afirmaba que una llamada telefónica se había realizado para advertir que las bombas habían sido plantadas. En 1947, Beguin ordenó ahorcar como represalia a dos sargentos británicos secuestrados. Beguin logró mantenerse escondido bajo tierra a lo largo de esta campaña; los británicos nunca lo llegaron a capturar.

La actividad “clandestina” nacionalista, que implicaba violencia contra el Imperio Británico y sus colaboradores, representaba un claro paralelo en las carreras de Sadat y Beguin. Así como también fue su eclipse durante sus años intermedios, cuando el Imperio británico se retiró del Medio Oriente y Egipto e Israel obtuvieron su total independencia. Ambos hombres pasaron muchos años a las márgenes políticas, eclipsados por líderes dominantes que tenían mayor control sobre la imaginación de sus pueblos.

Sadat fue miembro de la conspiración de Oficiales Libres en 1952 y parte de la camarilla de oficiales jóvenes que derrocó a la monarquía. Pero después que Nasser emergió decisivamente como el líder, Sadat llegó a ser considerado como el hombre más incoloro de la camarilla gobernante. Era socialmente conservador, bastante más religioso que sus colegas y aparentemente un poco menos sofisticado debido a sus orígenes rurales. Pasó 18 años ante la sombra de Nasser y se convirtió en su número dos solo al año anterior a la muerte de Nasser. Nadie podía haber adivinado durante la política peligrosa de Nasser, que Sadat le sucedería. La postura respetuosa de Sadat puede que evitó que Nasser se deshiciera de él, quien nunca lo consideró una amenaza. Cuando Sadat se convirtió en presidente tenía 52 años, la misma edad que Nasser cuando murió.

Beguin flaqueó aún más sobre los perímetros. La revolución sionista fue atribuida a David Ben-Gurion, el hombre asociado más directamente con la guerra de independencia de Israel y la construcción de las instituciones. Los revisionistas liderados por Beguin siempre afirmarían haber jugado un papel crucial en la lucha de Israel por la independencia, por sus actos de resistencia, algunos lo llamarían terrorismo contra los británicos y árabes. Pero esta fue una narración controvertida, presentada por Beguin en su libro ‘The Revolt’ (La Revuelta), y no logró convencer a la gran mayoría de los israelíes.

La evidencia de esto fue el débil desempeño del partido político de Beguin en las elecciones israelíes. Esto dejó a Beguin como morador perpetuo de la bancada de la oposición en el parlamento israelí. En un panorama político dominado por el Partido Laborista, este se pasó década tras década pronunciando discursos y haciendo muy poco.

Su apertura se produjo luego de la guerra de 1973, lanzada por Sadat, que finalmente precipitó una crisis de confianza en los líderes del Partido Laborista y le abrió las puertas a Beguin. Aquí había una paradoja: fue una decisión de Sadat la que despejó el camino a Beguin. Cuando Beguin se convirtió en primer ministro en 1977, luego de llevar a su propio partido a la derrota en ocho ciclos electorales, el mundo se vio asombrado. Tenía 64 años cuando asumió el cargo de primer ministro.

Sadat y Beguin pasaron décadas a la sombra de hombres que efectivamente emitieron las declaraciones de independencia de sus países. Ben-Gurion en realidad declaró la independencia de Israel en 1948 y Nasser efectivamente declaró la independencia de Egipto al nacionalizar el Canal de Suez en 1956. Pero ninguno de estos gigantes había logrado llevar la paz a sus pueblos. Nasser condujo a Egipto a la derrota en 1967, mientras que Ben-Gurion, a pesar de llevar a Israel a las victorias en 1948 y 1956, no había podido traducir su destreza militar en una paz. Esto también fue cierto para los sucesores del Partido Laborista. Dejaron legados sin completar, que proveyeron las vacantes para Sadat y Beguin.

Quien moró solo…

Beguin y Sadat también compartieron una orientación fuertemente pro-occidental y anti-soviética. Beguin fue arrojado en prisión por los soviéticos. A pesar que fue la lucha contra los nazis lo que le formó, su animosidad hacia la Unión Soviética, aunque menor en grado, fue similar. Un defensor de la condición de pueblo judío, ante todo, vio a la Unión Soviética como un régimen opresivo de maldad antisemita. Esto contrastaba con muchos en la izquierda israelí de la época, que recordaba a la Unión Soviética como el gran aliado de la Segunda Guerra Mundial y que persistía en admirar sus (supuestos) valores socialistas.

Sadat compartió esta aversión junto a los soviéticos. Durante los años de Nasser, Egipto se alineó directamente con la Unión Soviética, en el que este se convirtió en el principal proveedor de armas de Egipto, financista de la Represa de Asuán y principal fuente de respaldo diplomático. Pero Sadat nunca confió en los soviéticos. Estaba seguro que representaban otra forma de colonialismo y que sus políticas estaban destinadas a mantener a Egipto bajo sus servicios. Llegó al poder como presidente en 1970 y ya en 1972 había expulsado a miles de asesores soviéticos a quienes consideraba agentes de un imperio extranjero, no diferente a los británicos de una época anterior. Sería su deseo alinear a Egipto con Occidente y particularmente con Estados Unidos, lo que prepararía el escenario para su decisión de visitar Jerusalén.

Ambos hombres también confiaron mucho en la técnica de la sorpresa estratégica. Sadat había intentado, durante sus primeros años en el poder, lograr devolver la Península del Sinaí a Egipto a través de una diplomacia de canales secundarios. Finalmente llegó a la conclusión de que lo tomado por la fuerza solo podía restablecerse por la fuerza. Eso lo condujo a la audaz decisión de lanzar una guerra contra Israel en octubre de 1973, en cooperación con Siria. Sus objetivos de guerra eran limitados: obligar a Israel a sentarse a la mesa y obligar a los Estados Unidos a tomarse en serio a Egipto como su posible socio árabe.

La guerra produjo justo el suficiente éxito militar para ser presentada al pueblo egipcio como una victoria, por lo que Sadat pudo afirmar haber logrado el triunfo en el campo de batalla que había eludido a Nasser. Pero para traducir su (limitado) logro militar en algo más, tenía que existir un movimiento político de audacia comparable. Esto vendría en la forma de su decisión sorpresa de violar todas las normas de conducta de la política árabe y realizar una visita a Israel. Allí apareció en el Knesset, el parlamento de Israel y dio un famoso discurso de reconciliación.

Beguin también era muy dado a la audacia. Tres de ellos marcaron su condición de primer ministro. Primero, hubo la decisión de retirarse de todo Sinaí, lo que implicaba la demolición de Yamit, un gran asentamiento judío en la zona. Fue la primera vez que Israel desmanteló un asentamiento y fue una sorpresa, especialmente para los admiradores de Beguin. Segundo, su decisión en 1981 de bombardear el reactor nuclear de Irak fue una total sorpresa para el mundo, impulsado por la convicción interna de que estaba actuando para salvar a Israel. Esto fue seguido por su decisión de invadir el Líbano, una acción de Beguin pretendiendo complementar la paz con Egipto rehaciendo el entorno estratégico de Israel. Beguin, al igual que Sadat, podía sorprender a amigos y adversarios con acciones audaces.

Ambos hombres también fueron impulsados por un nacionalismo casi aislacionista. Nasser había colocado a Egipto de lleno dentro del círculo árabe: Egipto debía liderar el mundo árabe y los egipcios eran ante todo árabes. En 1958, incluso sumió brevemente a Egipto en algo llamado la República Árabe Unida, que unió a Egipto y Siria en una sola política. Sadat, por el contrario, liberó a Egipto de sus compromisos árabes. Lo consideraba una civilización en sí misma, con tanto peso que podía mantenerse apartada y sola. Sí, este se involucraría en alianzas y relaciones con otros estados árabes, pero Sadat estaba decidido a poner a Egipto primero, incluso si otros árabes pudieran rechazarlo.

Beguin procedió desde un conjunto similar de suposiciones. Los judíos estaban solos en el mundo, eran un pueblo en sí mismos y habían sido repudiados por Oriente y Occidente, incluso en aquellas tierras donde se habían emancipado por primera vez. Beguin no consideró esto una tragedia, sino como un destino. Los judíos estaban destinados a vivir solos y aceptó el hecho con ecuanimidad. Aquí también, habrá alianzas y relaciones, pero Israel no pertenecía a ningún club mayor y, en última instancia, solo podía confiar en sí mismo. Esto preparó el escenario para el acuerdo bilateral entre dos líderes que buscaban aislar a sus pueblos de las amenazas que les rodeaban. También significaba que la paz misma, por mucho que se intentara reconciliar a Egipto e Israel, también estaba obligada a aislarlos a unos de otros.

Los dos hombres también tenían un concepto compartido de los límites territoriales del pueblo. Para Sadat, el territorio egipcio era sagrado y el Sinaí era parte del territorio egipcio. El compromiso con los palestinos, en cambio, fue vago, disminuido, en gran medida, por la retirada total de Egipto del mundo árabe. Para Beguin, Cisjordania era sagrada y no un territorio ocupado, sino Judea y Samaria, el patrimonio de Israel. Sin embargo, el Sinaí era tierra extranjera. Si Beguin hubiese sido impulsado solo por consideraciones de seguridad, pudiera haberse resistido a retirarse de la valiosa zona amortiguadora estratégica representada por el Sinaí. (Algunos de sus consejeros pensaron que debió hacerlo). Pero su sentido preciso desde dónde partió y terminó la patria judía hizo posible un acuerdo basado en una retirada israelí total de la península.

Triunfo y tragedia

La saga de Camp David y la paz egipcia-israelí han sido contadas muchas veces. De que Jimmy Carter haya enfrentado un desafío formidable al conducir a Sadat y Beguin a un acuerdo es indiscutible. El propio Beguin, en comentarios que inmediatamente siguieron a las negociaciones, dijo que la conferencia de Camp David “debería ser re-bautizada como la conferencia Jimmy Carter”.

Pero los paralelismos en las vidas de Sadat y Beguin pueden haber funcionado, de manera sutil pero fuerte, a favor de un acuerdo. Aquí hubo dos hombres forjados por la cárcel y la violencia en creyentes de su propio destino, pero que habían sido anulados políticamente durante décadas. Para el momento en que llegaron al poder, tenían prisa por lograr algo que trascendiera el legado de sus célebres predecesores. Aquí hubo dos hombres que creían que sus pueblos estaban destinados a luchar solos, pero dispuestos a hacer todo lo posible para consolidar las relaciones con los Estados Unidos, en interés de sus pueblos, pero también para cerrarle el paso a la Unión Soviética en el Medio Oriente. Aquí había dos hombres que no rehuían a la apuesta audaz y que realmente veían mayores riesgos en una situación de inactividad. Y, por encima de todo, aquí existían dos hombres poseídos no solo por un fuerte sentido de pertenencia al pueblo, sino también por su geografía, que estos concibieron de una manera en que no dejaban ningún reclamo territorial sin cubrirlo.

Existe un paralelo más. Ambos individuos terminaron sus vidas trágicamente. Sadat fue asesinado en 1981 en la tribuna de supervisión durante la celebración anual de la ofensiva militar de Egipto el 6 de octubre, 1973. Mientras líderes mundiales asistían a su funeral, la multitud egipcia se quedo en casa y también lo hicieron los líderes árabes. Murió en un aislamiento espléndido (personal), reflejando lo que este le trajo a Egipto. Beguin también murió en aislamiento, uno impuesto a sí mismo luego de renunciar al cargo de primer ministro en 1983, tras la guerra del Líbano. En la década entre su renuncia y su muerte en 1992, entró en reclusión. Fue enterrado, como deseó, no entre los líderes de Israel en el Monte Herzl, sino en el Monte de los Olivos y no en un funeral estatal, sino en una sencilla ceremonia judía.

Para muchos egipcios, el logro de Sadat en la guerra estuvo manchado por una paz mal concebida. Para muchos israelíes, el logro de Beguin en la paz estuvo manchado por una guerra mal concebida. Los dos hombres que, junto a Jimmy Carter, compartieron el escenario mundial el 26 de marzo, 1979 con estruendosos elogios, partieron de esta tierra con reseñas mixtas.

Pero el tratado de paz ha resultado ser la característica más duradera del delineamiento del Medio Oriente y la base sobre el cual descansa la estabilidad de la región. Dos hombres “incompatibles” lo forjaron, tal vez porque, en última instancia, eran muy parecidos.

 

 

El Dr. Martin Kramer es presidente emérito fundador del Shalem College en Jerusalén y compañero becario visitante de Koret en el Instituto Washington de Política del Cercano Oriente.

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