¿Qué podemos y qué no podemos aprender de los acuerdo de paz que firmamos? – Por Moshe Arens (Haaretz 9/11/2015)

¿Qué se puede aprender de los acuerdos de paz que firmamos con Egipto y Jordania? ¿Y del acuerdo que alcanzamos con los palestinos, que no maduró hacia la paz, los acuerdos de Oslo? ¿Y del tratado de paz que estábamos cerca de alcanzar con Siria? ¿Y del acuerdo que alcanzamos con el Líbano, país que lo violó varios meses después de su firma?

El denominador común en el caso de Egipto y Jordania es que los dos estaban gobernados por regímenes dictatoriales durante la firma de los acuerdos, los que han sido conservados hasta ahora por regímenes no democráticos en estos mismos países. Los acuerdos de Oslo fueron firmados con Yasser Arafat, que sin duda no es un ejemplo de gobernabilidad democrática. El acuerdo con Siria, que no se completó, habría sido firmado con Hafez al-Assad, un dictador. El acuerdo con el Líbano fue aprobado por el presidente libanés Amin Gemayel, pero no podía garantizar su aplicación. En todos los casos, si los acuerdos hubiesen sido sometidos a un referéndum nacional libre, probablemente no contarían con el apoyo de la gente.

El aspecto territorial de los acuerdos se basaban en las líneas legítimas inculcadas en nuestras mentes desde tiempos inmemoriales. En el caso de Egipto, Siria, Jordania y Líbano, estas fueron las líneas definidas por el Mandato Británico de Palestina (Israel), fijados desde 1919. Sobre los Acuerdos de Oslo fueron las líneas de armisticio acordado entre Israel, Egipto y Jordania, al final de la guerra la independencia de Israel en 1949, aunque ninguna de las partes en el armisticio había planeado ver éstas líneas como “límites”. Cualquier desviación de estas líneas para beneficio de Israel fue percibida por el interlocutor árabe, ya sea Anwar Sadat, el rey Hussein, Hafez al-Assad, Amin Gemayel, Yasser Arafat o Mahmoud Abbas como una humillación, y por lo tanto no estaban abierto a una negociación sobre las mismas.

Egipto es un buen case study. Anwar Sadat, sin duda, pasará a la historia como un pacificador, aunque lideró a Egipto en una cuarta guerra de agresión contra Israel. Sadat era un dictador que impuso sobre el pueblo egipcio el tratado de paz con Israel. El asesinato fue una expresión de la oposición de muchos egipcios, quizás la mayoría, hacia una paz con Israel. Su sucesor, Hosni Mubarak, otro dictador, quien se aferró al lenguaje seco del acuerdo y no promovió la plena normalización entre Israel y Egipto, obligó la aplicación continua del acuerdo por parte de los egipcios. Parece que el actual gobernante de Egipto, Abdel Fattah El-Sisi, seguirá el camino de sus predecesores. Sadat exigió la retirada israelí de la línea trazada por la frontera entre el mandato de Palestina y Egipto, a pesar de esta línea no retornaba a la época de los faraones y se trataba de una frontera relativamente nueva que se determinó como resultado de la presión británica sobre el Imperio Otomano en 1906. Pero, para Sadat, se trataba de un “límite sagrado”.

El acuerdo de paz con Jordania fue relativamente simple después que el rey Hussein renunció a la reclamación de Jordania por Cisjordania a favor de la Organización de Liberación de Palestina en julio de 1988. Ninguna de las partes se oponía a delinear la frontera entre el este y el oeste de Palestina, según lo determinado por los británicos. El Rey Hussein tenía el poder de imponer el acuerdo sobre el pueblo jordano. Su política fue continuada por su hijo, el rey Abdullah II. El tratado de paz con Israel no es del agrado de la mayoría de la población jordana. La estabilidad de las relaciones pacíficas entre los dos países parece estrechamente relacionada con la estabilidad del reino Hashemita en Jordania.

El acuerdo de paz con Siria sigue siendo una posibilidad que no se ha concretado. Las conversaciones realizadas por Iztjak Rabin y Ehud Barak estuvieron cerca de llegar a un acuerdo. Las exigencias del dictador sirio, Hafez al-Assad, el principio de la retirada israelí de los Altos del Golán hasta la frontera entre la Siria del Mandato Francés de Palestina con las del mandato británico era aceptable para Israel. Pero había varias razones por las que nunca se firmó un acuerdo. Y a la luz de los acontecimientos que tienen lugar en Siria en los últimos años, son pocos los israelíes que lamento eso. El caso de Siria es un ejemplo dramático de las incertidumbres relacionadas con el hacer la paz con el mundo árabe.

En el caso de Líbano, Israel llevó a cabo negociaciones con un país árabe semi-democrático, que aunque por aquel momento estaba controlado por Siria, tambien lo estuvo por muchos años después, por lo que no estaba en sus manos la autoridad para establecer su propia política exterior. Este es un caso de un acuerdo firmado, pero que no se cumplió. En los últimos años, se ha sustituido el control de Siria en el Líbano por el evidente dominio iraní. Esto borrará toda esperanza de alcanzar un acuerdo de paz con el Líbano en un futuro previsible.

Los acuerdos de paz existentes son acuerdos con países no democráticos. ¿Esto implica que sólo estos países pueden hacer la paz con Israel? ¿Significa esto que Israel, en su búsqueda de la paz, debe apoyar regímenes dictatoriales en los países árabes? ¿Está Israel dando bienvenida a la intervención de la Rusia de Putin en los combates en Siria para promover la restauración del regimen de Assad bajo la expectativa de que un acuerdo de paz con Siria sea entonces una opción viable? Obviamente, estas son preguntas retóricas diseñadas para destacar los dilemas que enfrenta nuestra sociedad democrática en su intento de lograr la paz con sus vecinos.

Las negociaciones con los palestinos, a pesar de estar estancadas desde hace meses, es considerado por muchos como el único camino para un acuerdo de paz árabe-israelí general. También es visto como el tratado más urgente, dada la fricción diaria entre Israel y los palestinos. ¿Es que acaso realmente los palestinos son los próximos en ubicarse en la cola para hacer la paz con Israel?

Los contactos y negociaciones entre Israel y los palestinos han estado ocurriendo durante 20 años. Los primeros contactos, desde lo días en los que Arafat era el jefe de la OLP. Fue Israel quien lo reconoció como el representante de los palestinos, que lo trajo desde Túnez y la que impuso a Arafat y a la dirección de la OLP sobre los palestinos de Judea, Samaria y Gaza. Gracias a su régimen autocrático fue posible llegar a una serie de acuerdos que se consideraron pasos hacia un acuerdo de paz definitivo. Después de su muerte en 2004, la elección de su sucesor, Mahmud Abbas, y la sangrienta toma del poder por parte del Hamás en Gaza tras la retirada israelí, provocó que los palestinos ya no eran representados por un órgano político funcional capaz de negociar en su nombre, para llegar a un acuerdo en su nombre y para hacer cumplir dicho acuerdo. El régimen dictatorial de Arafat abrió tal posibilidad, aunque en las conversaciones de Camp David con Ehud Barak en 2000 se hizo evidente que él no estaba apuntando a la paz con Israel y permitió que explotase la ola de ataques terroristas. La única persona que podía llegar a un acuerdo con Israel no estaba interesada en dicho acuerdo. Nunca existió un líder palestino que posea aún tal autoridad.

Es posible que entre los israelíes que quieren la paz con los palestinos esten anhelando un dictador palestino, como Arafat, con el que se pueda llegar a un acuerdo. Israel carece de la fuerza para conseguirlo y, en todo caso, sería moralmente reprobable.

¿Qué sucederá entonces? Un acuerdo con Jordania en representación de los palestinos, en teoría, es muy fácil de conseguir. Jordania es un Estado palestino en todos los aspectos, excepto por su nombre, un país que en algún momento se anexionó Cisjordania y concedió la ciudadanía jordana a los residentes del lugar. La estabilidad del reino Hashemita de Jordania es buena para Israel y para la continuación de las relaciones pacíficas entre los dos países.

Abbas es incapaz de alcanzar un acuerdo de paz con Israel, su presencia continua en Ramallah, considerando las alternativas, actúa a favor de Israel. Su presencia continua depende, en no poca medida, del apoyo directo e indirecto por parte de Israel.

La paradoja del proceso de paz con los palestinos es que Israel apoya al régimen hashemita de Jordania y a la Autoridad Palestina en Ramallah, las cuales a la vez, cada una por sus propias razones, no pueden avanzar en este momento para reforzar o para hacer la paz con Israel.

Lo que nos deja en escena al factor humano – los ciudadanos árabes israelíes, palestinos, israelíes y palestinos en Judea, Samaria y Gaza. Aquí se puede hacer mucho, e Israel tiene el poder para hacerlo, aumentando la integración de los árabes israelíes en la sociedad israelí y mejorando las condiciones de vida de la población palestina en Judea, Samaria y Gaza. Esta es la verdadera receta, y, esencialmente es la única, para hacer en la actualidad la paz.

 

El escritor fue Ministro de Defensa y ex canciller, diputado del Likud.

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