¿Qué piensan los iraníes-norteamericanos del Acuerdo en materia nuclear? – Por Reza Aslan (Times New York)

Mi familia salió de Teherán en 1979, a raíz de la revolución que creó la República Islámica de Irán. Llegamos a los Estados Unidos nada más que con una sola maleta cada uno, suponiendo que esto iba a ser algo temporal. Una vez que las cosas se calmaran, seguramente regresaríamos a nuestras vidas en Irán.

Eso fue hace 36 años.

Hoy, soy uno de los casi medio millón de iraníes que viven en el sur de California, la mayor población de iraníes en cualquier parte del mundo fuera de Irán. De hecho, hay tantos iraníes en Los Ángeles que la hemos llamado “Tehrangeles”. Casi un cuarto de la población de Beverly Hills por sí sola es iraní, incluyendo a un ex alcalde.

La mayoría de nosotros llegamos aquí como exiliados o refugiados huyendo de persecuciones religiosas o políticas. Hemos pasado las últimas tres décadas y media con un pie en Irán y otro en los Estados Unidos, viviendo vidas algo esquizofrénicas, como niños de padres divorciados que se detestan mutuamente.

Como pueden imaginar, le hemos estado prestando especial atención al progreso de las negociaciones del grupo de los P5+1 con Irán en referencia a su programa nuclear que, para bien o para mal, están a punto de concluir en Viena. Entre los iraníes-norteamericanos, las opiniones tienden a dividirse entre las diferentes generaciones.

Tomen como ejemplo a mi tía, una artista que apenas pudo escapar de Irán y ahora vive en el Condado Orange. Ella es de la generación anterior de iraníes-norteamericanos que tienden a ser políticamente conservadores, no religiosos y algo aislados.

Mi tía ha estado en los Estados Unidos durante casi tres décadas y aún así apenas habla inglés. ¿Por qué iba a hacerlo? Sólo come en restaurantes persas, sólo va de compras en tiendas persas, ve sólo las estaciones de televisión en persa, de las cuales existen hoy al menos de 30 canales que transmiten por satélite. En lo que a ella respecta, puede que todavía esté en Teherán.

Pero no lo está. Y el hecho de que no se llene de una rabia al rojo vivo que enfoca sobre los mullas que le arrebataron su amado país.

Últimamente esa rabia se refracta ligeramente, de manera que algo de eso recae ahora sobre el Presidente Obama, a quien ella considera un tonto por tratar de llegar a un acuerdo con Irán. A su manera de ver las cosas, la República Islámica no se le puede confiar bajo ninguna circunstancia.

He escuchado el sentimiento de muchos iraníes-norteamericanos ya mayores en Los Angeles, muchos de los cuales están convencidos que la única manera de asegurarse que Irán no adquiera armas nucleares es derrocando al régimen – incluso si eso significa un ataque militar. Esta es también la opinión de la mayoría de los judíos iraníes en Tehrangeles, unos 50.000 de ellos, que desconfían de los mullas tanto como o si no más, de lo que mi tía desconfía.

Mi padre, ateo devoto que nunca confió en nada dijo junto a un hombre que usaba un turbante, murió esperando que Estados Unidos derrocara al gobierno iraní para que pudiese regresar a casa. Cuando le pregunté si le hubiese gustado ver a Teherán bombardeada, este me dijo que los iraníes son prisioneros en su propio país. A veces una fuga en prisión requiere de bombas.

Ese punto de vista es sin duda no compartido por la generación más joven de iraníes-norteamericanos – los nacidos aquí o que como yo, vinieron muy chicos. Muchos de nosotros nos sentimos muy lejos de la agitación política y religiosa de la revolución iraní y así, en su mayor parte, hemos sustituido la ira y la amargura de nuestros padres con un sentido de nostalgia y fascinación por Irán.

Mi hermana menor, por ejemplo, es la única en mi familia que nació en los Estados Unidos. Sin embargo habla mejor persa que cualquiera de nosotros. Ella lleva puesto un hiyab. Hace unos años escandalizó a mi familia exigiendo un matrimonio arreglado en Irán. Para ella, las negociaciones que tienen lugar en Viena no son sólo para frenar el programa nuclear de Irán; estas representan los primeros pasos para la normalización de las relaciones entre Estados Unidos e Irán.

Si mi padre estuviera vivo diría que mi hermana es ingenua, que no tiene ni idea de lo malvado que el régimen iraní es, cuanto sufrimiento ha causado. Sin embargo, esa es precisamente el porqué de la opinión de mi hermana – y para aquellos jóvenes iraníes-estadounidenses – es tan vital.

Después de todo, una delicada diplomacia como ésta requiere el no apasionarnos tanto. No debemos ignorar las terribles violaciones a los derechos humanos en Irán. Pero si queremos hacer algo respecto a las violaciones – en lugar de simplemente quejarse de estas – debemos apoyar las negociaciones en materia nuclear.

Creo que el éxito en Viena facultará a los moderados en Irán, fortalecerá a la sociedad civil iraní y estimulará el desarrollo económico. Esto dará lugar a relaciones comerciales interdependientes entre Irán y Estados Unidos, lo que le dará a los líderes de Irán el incentivo para comportarse de manera responsable y castigarlos cuando no lo hagan.

El hecho del asunto es que tres décadas y media de ira y amargura, de sanciones y aislamiento, no han tenido ningún efecto positivo en lo absoluto sobre la naturaleza del régimen iraní. Eso es porque el aislamiento de un país no cambia su comportamiento. Involucrarlo si lo cambia.

Aliviando las sanciones y dándole a los iraníes (particularmente al 60% de la población menor de 30 años) acceso al resto del mundo, un acuerdo nuclear puede lograr lo que todos los iraníes en el sur de California – la generación de mi padre y la mía – sueñan: con un Irán que será actor responsable en el escenario global, que respeta los derechos de sus ciudadanos y que tiene buenas relaciones con el resto del mundo. Tal como nosotros, a los iraníes nos gusta decir, Inshallah. Si Dios quiere.

 

Reza Aslan, es profesor de la Universidad de California, Riverside, es el autor, más reciente, de Fanático: La Vida y Obra de Jesús de Nazaret.

 

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