Protestas en Irán: Desafíos sociales frente a las ambiciones en política externa – Por Dr. Doron Itzchakov (BESA)

RESUMEN: Las protestas sociales que se están registrando ahora en Irán reflejan las profundas tensiones entre el compromiso del régimen islámico de vastos recursos a la afirmación de hegemonía regional de Teherán y el anhelo de los iraníes de clase media por una mejora en su entorno y bienestar económico. Y aunque la institución islamista que tomó el poder en la revolución de 1979 se le ve muy consciente de los peligros motivados por dicha inquietud popular, la historia nos enseña que el retener prolongadamente el poder a menudo hace que los regímenes se olviden de las necesidades y anhelos de sus súbditos. Esto pudiera alterar el delicado equilibrio entre el estado y la sociedad.

Imagen: Ciudades iraníes afectadas por las protestas en la última semana de diciembre, 2017 (rojo: 28 de diciembre, naranja: 29 de diciembre, amarillo: 30 de diciembre), imagen de Uwe Dedering vía Wikipedia

Las protestas sociales que se registran actualmente en Irán surgen de la brecha entre la ambición del liderazgo islámico por la hegemonía regional y el deseo del pueblo de abaratar el costo de la vida, por unas mejores en las condiciones de vida, y por las expectativas derivadas de las promesas hechas por el Presidente Hassan Rouhani durante su primer mandato en el cargo y reforzado por el acuerdo en materia nuclear de julio, 2015 (PIDAC) junto a la liberación de bienes y activos iraníes a nivel mundial.

Esta inquietud difiere de las protestas masivas que estallaron luego de las elecciones de junio de 2009 por varios motivos. Primero, en el 2009, los manifestantes tenían líderes declarados (Mir-Hossein Mousavi y Mehdi Karoubi, quienes se encuentran bajo arresto domiciliario hasta el día de hoy). Al contrario, las actuales protestas se extienden a través de un amplio eje, pero no tienen un solo líder que goce de amplio apoyo político. Segundo, las actuales protestas son el resultado de una insatisfacción acumulada durante un largo período de tiempo, mientras que las protestas del 2009 estallaron en torno a un tema específico (el fraude electoral).

Una tercera diferencia es el eje geográfico de los eventos. Las protestas de hoy comenzaron en la periferia y las provincias, mientras que el foco de las protestas del 2009 fue Teherán, la capital. Finalmente, parece ser que, por el momento, la fuerza principal de la protesta reside en su descentralización más que en el número de manifestantes involucrados.

Aún así, existe una clara línea que conecta las dos protestas: el uso generalizado de las redes sociales para hacer que los ciudadanos tomen las calles. Según los medios locales, detrás de la movilización de las masas a las protestas se encuentra un periodista exiliado que le llega a la gente a través de la red de la plataforma Telegram.

En contraste con el malestar social que condujo a la Revolución Islámica en 1979, en la que se utilizaron ampliamente grabadores de cintas y mensajes escritos, las redes sociales ahora constituyen la principal herramienta mediante la cual las masas son movilizadas. Este enfoque reduce la necesidad de un líder carismático durante la primera etapa, aunque la aparición de dicho líder es esencial para que el proceso se mantenga.

Los servicios de seguridad iraníes, que luchan por frustrar a los manifestantes, se han vuelto más agresivos, lo que ha llevado a un aumento en el número de bajas y detenidos. Además, los líderes y comandantes del actual régimen surgieron de la combinación de razas y culturas de la Revolución Islámica, donde adquirieron una experiencia considerable socavando la estabilidad de un régimen actual en el poder.

También cabe señalar que las actuales protestas, que comenzaron en la ciudad de Mashhad, inicialmente iban dirigidas contra el Presidente Rouhani y no contra el Líder Supremo Ali Jamenei. El hecho de que Mashhad sea la ciudad natal de Ibrahim Raisi, rival de Rouhani en las elecciones de mayo de 2017 sugiere que las protestas fueron el resultado de una iniciativa de la institución conservadora opuesta a Rouhani.

El papel de Raisi como encabezado de la poderosa organización benéfica “Ostan-e Qods-e Razvi” y su conexión familiar al líder de los rezos en la mezquita donde está enterrado el octavo imam de los Doce Chiitas, motivan directamente a su círculo de seguidores en Mashhad. Según fuentes iraníes, entre los manifestantes de Mashhad se encontraban destacados miembros del Basij y otros asociados leales a Raisi. Pero las protestas se extendieron como pólvora y tomaron un carácter totalmente diferente al previsto por sus iniciadores.

Inicialmente, la protesta se centró en el alto costo de la vida y la corrupción que se ha extendido a través del poder ejecutivo. En poco tiempo, sin embargo, giró hacia al Líder Supremo y la forma en que este lleva las riendas del poder. Contrariamente a las consignas utilizadas en las protestas anteriores (las protestas estudiantiles de 1999 y las protestas del 2009), esta es la primera vez que se hace un llamado a restaurar el mandato de la dinastía Pahlavi. Aunque fue hecho por individuos, tal llamado constituye un rechazo rotundo al régimen revolucionario y el legado del padre fundador de la República Islámica, el Ayatolá Ruhollah Jomeini.

Para entender las raíces de la protesta, uno debe analizar la difícil situación del pueblo iraní, enfatizando los sectores más débiles de la sociedad. Mientras que los portavoces del régimen han dedicado su tiempo a elogiar los logros de la República Islámica en expandir el “eje de la resistencia” a través de agentes estados que actúan en su nombre, la escala del desempleo interno ha superado el 12%. De hecho, en recientes declaraciones al parlamento, el ministro del interior iraní admitió que la situación de desempleo en las regiones periféricas es peor al promedio nacional y pudiera llegar al 60%.

Además, el costo de la vida sigue siendo una carga muy pesada para los hogares iraníes, tal como se refleja en una reducción significativa de la canasta básica de productos entre las familias de clase media y baja. Esto es… a pesar del éxito de Rouhani en reducir la tasa de inflación en comparación a la de su predecesor. Además, el nivel de narcotráfico y adicción en Irán es uno de los más altos en el Medio Oriente y representa un desafío importante para el sistema de aplicación de leyes por parte del régimen revolucionario.

No es de extrañar, por lo tanto, que la asignación de grandes sumas de dinero al “eje de la resistencia” a raíz del acuerdo nuclear condujera a una gran frustración entre los iraníes comunes que tenían sus esperanzas que parte del dinero se destinara a aliviar sus cargas domésticas.

La magnitud del descontento popular hacia las políticas del Presidente Rouhani no se relacionan únicamente con el incumplimiento de sus promesas electorales, incluyendo el reducir la corrupción en el sistema político. Se deriva, primero y ante todo, del hecho que en su segundo mandato, Rouhani no parece enfrentarse al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en la forma en que lo hizo en su primer mandato.

Es cierto que Rouhani es parte integral de la institución revolucionaria, donde se desempeña como presidente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán. También es cierto que la constitución de la República Islámica le presenta al presidente con desafíos considerables, ya que las riendas finales del poder recaen sobre el Líder Supremo y no en él. Además, la estructura dual del régimen iraní, incluyendo el sistema económico, le deja al presidente muy poco espacio para maniobrar.

Dicho esto, durante su primer mandato, Rouhani se esforzó por implementar una política que a menudo fue criticada por sus rivales conservadores y por la institución de seguridad. Su segundo periodo, en cambio, se caracterizó por un cambio de dirección hacia las líneas dictadas por el CGRI. Ese cambio ha sido a expensas del bienestar económico de los ciudadanos iraníes.

El eminente historiador del siglo XIV Iben Khaldun sostenía que la solidaridad tribal (Asabiya) es el pegamento social que une a la gente y les permite enfrentar al “Otro”. Al mismo tiempo, argumentó que las dinastías y las culturas tienen una vida útil incorporada, porque la misma solidaridad que permite el crecimiento también contiene las semillas de su eventual desintegración. Para decirlo de otra manera, el ciclo de expansión afecta directamente la cohesión social y, por ende, es su peor enemigo.

La búsqueda de hegemonía regional por parte de Teherán ha llevado a logros considerables ya que el vacío dejado por la “Primavera Árabe” abrió una ventana de oportunidades únicas para que la República Islámica expandiera su influencia regional. Sin embargo, el compromiso de vastos recursos a esta ambición hegemónica ha creado el malestar social que vemos hoy dentro del país.

Es imposible saber qué depara el futuro, pero la brecha entre el régimen islámico y la sociedad iraní no puede ser ignorada. Las protestas sociales que estallaron como resultado de las angustias socio-económicas contienen una premisa indiscutible, sobre todo porque esta no es la primera grieta que se haya abierto en la República Islámica. La primera surgió no mucho después del establecimiento del régimen islámico en 1979 como resultado de la decisión de Jomeini de rechazar a sus socios revolucionarios que le ayudaron a derrocar al shah. Las fisuras también surgieron por motivos étnicos, religiosos, geográficos e inter-generacionales y, por supuesto, como resultado de las luchas políticas y personales por el poder, estatus y control.

Existen pocas dudas que la institución de seguridad que surgió de la Revolución Islámica está altamente consciente de los peligros del descontento social y sabe cómo manejarlos; después de todo, los líderes del régimen fueron ellos mismos parte de la revolución social que derrocó a la monarquía en 1979. Pero si la historia nos enseña algo, es que el retener prolongadamente el poder a menudo ciega a los regímenes a las necesidades y anhelos de sus súbditos. Tal ceguera puede dar lugar a errores que pudieran dejar a la población profundamente marcada y alterar el delicado equilibrio entre el estado y la sociedad.

 

 

El Dr. Doron Itzchakov es investigador asociado en el Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat, el Centro Alianza para Estudios Iraníes (CAEI) y el Centro Dayan en la Universidad de Tel Aviv.

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