Presidente iraní Rouhani: Parte del problema y no de la solución – Por Udi Evental

Resumen: La controversia en torno a la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado con Irán en el 2015 (PIDAC) resume el continuo debate entre dos contendientes enfoques sobre la mejor manera de provocar un cambio positivo dentro del régimen islamista de Teherán y sus políticas.

Muchos, incluso en Israel, identifican al (supuestamente) moderado Presidente Hassan Rouhani como la mejor esperanza a tal cambio, advirtiendo que el colapso del acuerdo nuclear y la reintroducción de sanciones internacionales jugarán a favor de los intransigentes y debilitarán a Rouhani y al “bando reformista” de manera más general.

Aunque intrigantes, tales puntos de vista no solo son infundados sino que perjudican los esfuerzos de presionar a Irán para que ponga fin a sus represiones internas y a sus agresiones externas.

En primer lugar, son las sanciones internacionales y no una persuasión amigable, lo que trajo a Teherán a la mesa de negociaciones. Por otra parte, tal como lo demuestran las protestas populares en todo Irán desde comienzos del 2018, la sostenida presión económica no debilita la demanda interna iraní a un cambio sino que lo refuerza.

Si bien la retórica de Rouhani puede sonar más moderada que la del Líder Supremo el Ayatola Ali Jamenei, su historial político, su visión ideológica y su verdadera conducta durante las últimas décadas le muestran claramente similar a los demás: un islamista revolucionario no-reconciliador. Como tal, este constituye una importante barrera al cambio real en la situación interna de Irán y sus ambiciones hacia una política exterior hegemónica.

Peor aún: debido a su imagen aparentemente moderada, Rouhani ha logrado aliviar las presiones internacionales sobre Teherán en un momento en que sus actividades agresivas a lo largo y ancho de la región, del terrorismo hasta la subversión y la intervención militar en los estados vecinos, solo se han acelerado durante su mandato como presidente.

Perspectivas a un cambio positivo en Irán

El retiro por parte de la administración Trump al acuerdo nuclear con Irán en el 2015 (Plan Integral de Acción Conjunto o PIDAC) ha generado un cisma entre Washington y los países firmantes europeos al acuerdo, quienes se apresuraron a asegurarle a Teherán que las próximas sanciones estadounidenses no afectaran sus relaciones económicas con Europa o las continuas exportaciones de petróleo iraní hacia el continente.

A nivel inmediato, esta respuesta representa las diferencias transatlánticas fundamentales sobre el acuerdo PIDAC, en donde Francia, Alemania y Gran Bretaña ven el acuerdo como el mejor medio para frenar las ambiciones nucleares de Irán y Washington considerándolo un escalón a la nuclearización y hegemonía regional de Teherán. Además, Europa ve las sanciones secundarias estadounidenses como un dictado destinado a obligarlo a acatar la política de Washington respecto a Irán.

A nivel mucho más profundo, sin embargo, la controversia del acuerdo PIDAC representa un continuo debate entre dos enfoques contendientes respecto a las perspectivas de un cambio positivo en Irán y las formas y medios a su incentivo.

De acuerdo a la tesis presentada por los firmantes europeos al acuerdo PIDAC, ampliamente compartida por académicos occidentales, periodistas y aquellos que toman decisiones, “el acuerdo PIDAC puede muy bien ser un acuerdo de no-proliferación, pero este se encuentra intrínsecamente vinculado a la lucha interna entre dos visiones rivales para Irán”. Por lo tanto, su colapso y restauración de las sanciones internacionales tendrán un impacto devastador dentro del bando moderado, liderado por el Presidente Rouhani, que lucha contra sus rivales conservadores con el fin de incrementar las libertades políticas dentro de Irán, frenar las políticas regionales agresivas de Teherán y reconstruir sus relaciones con Occidente.

Mucho se ha dicho sobre la profundización de las tensiones entre Rouhani y los ayatolas conservadores y generales en Teherán al papel que juega el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en la economía iraní, así como también sobre la autoridad gubernamental y las actividades subversivas en todo el Medio Oriente. Algunos observadores incluso han descrito el supuesto enfrentamiento de Rouhani con el CGRI, en especial con sus Fuerzas Quds élite y con el influyente comandante Qassem Suleimani, de “excepcionales”.

Este enfrentamiento, especialmente ante las extendidas protestas a lo largo de Irán desde comienzos del 2018, reforzó la percepción generalizada que Rouhani es alguien con el que Occidente puede congeniar y a quien puede persuadírsele frene las ambiciones hegemónicas de Teherán a cambio de un paquete económico generoso que mejorará el bienestar socioeconómico de Irán.

¿Pero están justificadas estas grandes expectativas o son realistas? ¿La visión de Rouhani es fundamentalmente diferente a la de sus compañeros ayatolás extremistas y dogmáticos, incluyendo al Líder Supremo Jamenei? ¿Se considera este a sí mismo el líder de un bando liberal que busca mejorar las libertades y la democratización? ¿Sus diferencias con el CGRI reflejan un desacuerdo fundamental sobre los objetivos estratégicos a largo plazo? Si esto es así, ¿tiene Rouhani suficiente poder para controlar esta fuerza formidable? Por encima de todo, ¿estará dispuesto Rouhani a descartar la prolongada lucha de Teherán por ir en búsqueda de armas nucleares, o al menos lograr el estatus de estado con capacidades dentro del ámbito nuclear?

Si bien la respuesta a todas estas preguntas es negativa, Rouhani ha sido un individuo muy exitoso en reducir la presión internacional sobre Teherán en un momento en que su represión interna y su agresión externa se han intensificado drásticamente. En este sentido, Rouhani es más un problema que una solución al eterno peligro iraní.

Rouhani no es Gorbachov

La expectativa generalizada que Rouhani alejaría a Irán de su legado islamista de 40 años hacia una moderación interna y extranjera, ya sea en su actual condición de presidente o en cualquier papel futuro que este pueda desempeñar (tal vez incluso como Líder Supremo después de la muerte de Jamenei), comete el error fundamental de malinterpretar el pragmatismo por la moderación.

Rouhani puede, de hecho, ser el pragmático por excelencia, pero no es ningún moderado. Como Stephen Ditto, quien exploró convincentemente el pensamiento y la conducta política de Rouhani, Rouhani es parte integral del régimen islamista y su visión ideológica, política y estratégica. Jugó un papel importante en la lucha revolucionaria dirigida por el Ayatolá Jomeini en los años anteriores a la revolución de 1978-79 y trabajó incansablemente para cultivar el culto a la personalidad en torno a Jomeini, siendo aparentemente el primero en definirlo como Imam (en un sermón de 1977 durante un memorial dado a su hijo).

Al igual que su “moderado” predecesor, el anterior presidente Muhammad Jatami, Rouhani nunca ha cuestionado los principios fundamentales sobre los que se basa la República Islámica. Este está totalmente comprometido con la visión de Jomeini del “mandato del jurisprudente” (wilayat al-faqih) y a menudo lo ha defendido, incluso a través de la censura de los medios de comunicación cuando fuere necesario (por ejemplo, cerrar diarios, prohibir las antenas parabólicas, etc.).

En el 2008, Rouhani afirmó que “en una sociedad musulmana, el ‘sistema islámico’ es más importante que cualquier otra cosa y su preservación es un deber religioso”. Rouhani reiteró este mensaje durante las recientes protestas en Irán, declarando, “No intercambiaremos nuestro sistema islámico”. Para cumplir con este deber, este ha adoptado un enfoque pragmático e instrumental en todos los aspectos de la gestión estatal. A su manera de ver, el desarrollo económico, las relaciones internacionales y las reformas sociales y políticas no son fines en sí mismas, sino herramientas útiles para fortalecer la legitimidad y la legitimidad del régimen islamista, en especial frente a sus enemigos jurados domésticamente y en el exterior: primero y ante todo, Estados Unidos e Israel.

Cuando se enfrentaron en el 2018 con decenas de miles de manifestantes en todo Irán cantando consignas en contra del régimen, incluyendo “Muerte a Jamenei (pero también a Rouhani)”, el presidente actuó de la misma manera en que se comportó en ocasiones anteriores similares (tales como en el verano de 1999 y las protestas del 2009): defendió el régimen y su legitimidad, mientras que elogiaba el derecho del pueblo a criticar.

Ante este aspecto, Rouhani no solo presagia el fin del gobierno de los ayatolás, ni siquiera un cambio en sus políticas extremistas, sino que sirve como “amortiguador” al régimen, utilizando su “moderada” reputación para protegerlo de desafíos internos y externos. Tal como bromeó perceptiblemente Ray Takyeh, “el presidente de Irán no es un reformista. Es un facilitador”.

Blindaje al GCRI y a sus fuerzas Quds

Es muy cierto que Rouhani, quien posee su propia agenda y orden de prioridades, prefiere el uso del “enfoque persuasivo” y las herramientas diplomáticas sobre los crudos métodos de subversión y terrorismo del CGRI. Pero estas son diferencias de forma y no de esencia. El tema en cuestión es el medio más adecuado para promover los objetivos del régimen y la mejor manera y momento a su uso y no los objetivos en sí mismos. En lo que a estos respecta, no existe diferencia entre Rouhani y el CGRI.

Al contrario: Rouhani siempre ha apoyado elocuente y públicamente los objetivos a largo plazo de la República Islámica: su expansión y hegemonía regional, logros en su capacidad nuclear y el exportar la revolución islámica. De hecho, Rouhani ha estado a la vanguardia de los esfuerzos del régimen para avanzar sobre estos objetivos. Como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, participó activamente en la promoción de actividades terroristas en toda la región. Como jefe del equipo de negociación en materia nuclear de Irán, jugó un papel clave en embaucar a la comunidad internacional.

Se ha argumentado que las prioridades económicas de Rouhani lo hacen más susceptible a las presiones y las sanciones internacionales que sus rivales de línea dura. Este puede o no ser el caso, pero el hecho incontrovertible es que la imagen moderada de Rouhani ha reducido el apetito internacional, especialmente europeo, de imponerle sanciones internacionales a Irán en primer lugar.

Pero incluso si Rouhani estuviese totalmente comprometido con la moderación del régimen islamista (tal como algunos de sus campeones europeos creen erróneamente), su capacidad de hacer cumplir tal agenda en el CGRI, que posee masivos recursos económicos no gubernamentales y que este controla, según estimados de la CIA, el 20% de la economía iraní es prácticamente nula.

Pero la historia no termina allí. No solo Rouhani carece de influencia y de poder político para restringir al CGRI, pero bajo su tutela, el apoyo gubernamental a la organización se ha incrementado sustancialmente (los gastos de defensa crecieron un 18%), donde el presidente elogió públicamente al CGRI y defendió sus actividades agresivas en todo el Medio Oriente. Tal como lo expresó en una reunión de gabinete en octubre, 2017 y en una entrevista televisada iraní:

“El CGRI no es solo una unidad militar; el CGRI se encuentra en el corazón del pueblo y en días peligrosos, protegerá nuestros intereses nacionales. El pueblo iraní no solo es querido y apreciado por el CGRI, sino que también es amado por el pueblo iraquí, porque salvó Bagdad y Erbil. También es amado por el pueblo en Damasco y Siria, porque salvó a Damasco. Y también es amado en el Líbano, porque apoyó su honor y su independencia. El CGRI siempre ha ayudado a los oprimidos y se ha opuesto a los terroristas… No existen desacuerdos entre nuestros partidos respecto a la lucha contra los complots del enemigo. Todos estamos unidos y estamos en el mismo frente. El CGRI, el pueblo iraní, el pueblo de Irak, el pueblo de Siria, el pueblo de Yemen y la población de la región combaten y se mantienen firmes contra los grupos terroristas creados por Estados Unidos, tal como lo admitió Trump y no descansarán hasta que los destruyan”.

Cuando el CGRI estuvo bajo presión internacional, fue Rouhani quien dirigió los esfuerzos para evitar ser designados como una organización terrorista para protegerlos de las sanciones internacionales, entre otras situaciones por el Grupo de Acción Financiera (GAFI), que combate el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo.

En otras palabras, lejos de representar una alternativa a la perspectiva y práctica de línea dura del régimen, claramente resumida por el CGRI y sus actividades, Rouhani provee cobertura para la organización, permitiéndole sostener sus actividades violentas y subversivas en toda la región sin incurrir en la retribución de los requisitos internacionales. Dentro de este marco, durante el mandato presidencial de Rouhani, el CGRI/FQ ha:

  • Actualizado persistentemente la amenaza de Hezbollah dirigida a Israel, mejorando las capacidades tecnológicas de la organización (por ejemplo, la precisión de sus misiles capaces de atacar objetivos en la mayor parte de Israel) y ha brindado conocimiento y capacidades tecnológicas, incluso para la construcción de fábricas de producción de armamento en el Líbano.
  • Ayudado a salvar al brutal régimen de Bashar Assad junto a consolidar la presencia militar de Irán en Siria estableciendo bases, el despliegue de milicias chiitas y el proveerles armas y entrenamiento y esfuerzos para establecer un corredor terrestre desde Irán hasta el mar Mediterráneo. Esto fue hecho con el objetivo de crear, entre otras cosas, un terrorismo adicional y frentes de misiles contra Israel.
  • Ampliado drásticamente la intervención de Irán en Yemen junto a las líneas del “modelo libanés” suministrándole a sus agentes Houthi y construyendo sus fuerzas armadas con énfasis en los misiles tierra-tierra, creando así una amenaza estratégica para Arabia Saudita, a los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y libertad de navegación en el Estrecho Bab al-Mandab al extremo sur del Mar Rojo.
  • Apoyado y entrenado a las milicias chiitas en Irak que combatieron a ISIS (pero que también asesinaron a decenas de sunitas inocentes) y que luego se convirtieron en parte legítima de las fuerzas de seguridad iraquíes, aumentando de esta manera la influencia de Teherán en Irak y su penetración en el país, incluyendo las esferas económicas.
  • Estado profundamente involucrado en las operaciones del gobierno iraquí en Kurdistán tras el referéndum de septiembre, 2017 que decidió la independencia de la región kurda, incluyendo el uso de la fuerza para expulsar a los kurdos de las áreas que habían ocupado durante su guerra contra ISIS.
  • Continuado sus actividades subversivas en lugares remotos, incluyendo Marruecos, que cortó relaciones diplomáticas con Teherán y lo acusó de apoyar al irrendentista Frente Polisario a través de Hezbollah, entre otros factores.

Ante este contexto, las esperanzas de un cambio importante en las políticas regionales de Irán bajo la administración Rouhani no podían estar más alejadas de la realidad.

Facilitar la transformación de Irán hacia un estado con capacidad nuclear

Mientras Rouhani ha reiterado su afirmación (supuestamente enunciada en una fatua especial por el Líder Supremo) que el Islam prohíbe el desarrollo de armamento nuclear, este ha apoyado constantemente, tanto en terreno religioso como estratégico, la provisión de capacidades nucleares para Irán a fin de fortalecer el régimen y asegurar su capacidad de alcanzar sus objetivos hegemónicos y estratégicos.

Rouhani fue profundamente influenciado por el Ayatolá Motahhari, su mentor espiritual y un enérgico campeón del derecho de Irán a obtener armamento nuclear, lo cual justificó tanto por razones religiosas en el Corán como por razones estratégicas.

De hecho, varias de las primeras declaraciones de Rouhani indican un claro apoyo a la opción nuclear. A comienzos de la década de 1980 por ejemplo, este elogió el papel de la energía nuclear en poner fin a la Segunda Guerra Mundial y en el 2005 declaró que Irán suscribió el TNP no por un compromiso ideológico, sino como resultado de presiones políticas.

Fiel a esta perspectiva, Rouhani ha defendido a lo largo de su carrera el derecho de Irán a obtener un programa nuclear, incluyendo el control del ciclo de combustible nuclear y una infraestructura tecnológica avanzada. Al mismo tiempo, su enfoque ha sido abiertamente pragmático. En contraste con el enfoque brutalmente sincero de su predecesor, el anterior presidente Ahmadinejad, Rouhani se ha esforzado por convertir gradualmente a Irán en un estado con capacidad nuclear a fin de evitar los costos económicos y políticos de tales acciones.

En este respecto, existe un vínculo directo entre el acuerdo de octubre, 2003 negociado por Rouhani con la UE3 (Gran Bretaña, Francia y Alemania), sobre la suspensión de las actividades relacionadas al enriquecimiento de uranio y el acuerdo PIDAC que le otorga a Teherán un panorama nuclear claro en el que podrá avanzar su proyecto nuclear sin obstáculos y con legitimidad internacional, convirtiéndolo efectivamente en un estado con capacidad nuclear.

Así, por ejemplo, Rouhani presentó el acuerdo del EU3 al liderazgo iraní como una concesión temporal frente a las presiones internacionales en áreas donde Irán ya había alcanzado los conocimientos tecnológicos necesarios, mientras que en áreas donde todavía se necesito del progreso, como la producción y montaje de los repuestos para las centrífugas, no hubo suspensión de actividades. Una década más tarde, Rouhani comparó la firma del acuerdo PIDAC con el acuerdo de Jomeini para poner fin a la guerra entre Irán e Irak, considerada por el lineamiento político iraní como una concesión necesaria pero temporal.

Esta combinación de apoyo fundamental a las capacidades nucleares y al pragmatismo político, en conjunto con la vinculación internacional de su supuesta moderación con la necesidad de salvar el acuerdo PIDAC, hace que Rouhani sea el líder iraní más importante, quizás el único capaz de convertir a Irán en un estado con capacidad nuclear sin incurrir en las sanciones internacionales requeridas.

Rouhani, Estados Unidos e Israel

Como discípulo por excelencia de Jomeini, Rouhani ha sido un acérrimo detractor de la influencia y participación de Estados Unidos en el Medio Oriente con pocos reparos en culparlo por haber provocado los ataques del 11-S.

Ni tampoco Ruhani fue disuadido de expresar las más bajas teorías de conspiración sobre la culpabilidad “sionista” por esos ataques, argumentando en un importante discurso que “en Europa algunos analistas escribieron que este evento pudo haber sido perpetrado por los sionistas, pero este tema no se le permitió ser tomado en cuenta”.

Ante este modo de pensar, no es sorprendente que Rouhani se haya referido a Israel como un “cáncer” (un peyorativo acuñado por Jomeini); alabó las presuntas hazañas militares de Hezbollah durante la Guerra del Líbano del 2006 como “una victoria gloriosa para el umma islámico” que anunciaba “el comienzo de las próximas conquistas musulmanas” (aghazi) y los fracasos posteriores de Estados Unidos e Israel”; y ofreció su apoyo incondicional al terrorismo palestino, incluyendo los atentados suicidas. El 1 de agosto de 2013 dos días antes de comenzar su presidencia, Rouhani dijo en una manifestación masiva sobre el Día de Al-Quds en Irán de que “el régimen sionista ha sido una herida en el cuerpo del mundo islámico durante años y la herida debía ser removida”.

Además, Rouhani a menudo ha pronunciado declaraciones que tocan el tema de la negación del Holocausto, aunque, como es su costumbre, lo hizo de manera sutil y evasiva.

En una entrevista en septiembre, 2013 con el canal de televisión NBC, por ejemplo, el recién inaugurado presidente evadió una clara respuesta sobre si compartía la afirmación de su antecesor inmediato de que el Holocausto no había ocurrido. Ese mismo mes, mientras estuvo bajo escrutinio internacional durante su primera aparición presidencial en la sesión anual de la Asamblea General, condenó el Holocausto en una entrevista con la presentadora de la televisión Christiane Amanpour, pero se negó a comentar su magnitud de una manera que recuerda la afirmación de los negadores del Holocausto de que las proporciones del genocidio habían sido enormemente infladas por los judíos con fines políticos.

En resumen, mientras la retórica de Rouhani es más sutil y menos descarada que la de Ahmadinejad y si bien este se cuida de evitar declaraciones controversiales que atraerán la censura internacional, su perspectiva respecto a Estados Unidos e Israel no parece desviarse significativamente de la línea representada por los altos funcionarios iraníes que reverencian las enseñanzas de Jomeini y su enemistad religiosa e ideológica hacia los Estados Unidos y el sionismo (el “gran Satanás” y el “pequeño Satanás”, como él les denominaba). Esto se evidencia fácilmente en las declaraciones y discursos públicos de Rouhani, que a menudo hacen eco de los temas e ideas de Jomeini. Así, por ejemplo, en su discurso militante ante la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) el 18 de mayo, 2018 el presidente elogió el legado de Jomeini, que “introdujo la movilidad del umma islámico contra los sionistas como la forma más efectiva [de liberar Palestina]”.

Conclusión

Las grandes esperanzas puestas en el Presidente Rouhani como agente de cambios profundos y positivos dentro de las políticas internas y externas de Irán, en especial suavizando el hegemonismo islamista del régimen, parecen desligarse de la realidad. Al contrario, un examen minucioso de la visión del mundo, el historial, la conducta verdadera y la influencia de Rouhani en el sistema político de Irán demuestra que el presidente:

  • Es un “amortiguador” efectivo que permite que el régimen islamista sofoque la demanda de una verdadera reforma política y consolide a largo plazo su control del poder sin incurrir en la ira internacional;
  • Ha aprovechado exitosamente su imagen moderada para debilitar la presión internacional sobre Teherán, aunque su agresión regional ha aumentado sustancialmente durante su mandato y aunque su visión básica no le hace diferir de la de sus compañeros ayatolas; y
  • Juega un papel clave en el avance de Irán hacia el convertirse en un estado con capacidad nuclear estableciendo una brecha entre los Estados Unidos y los demás firmantes al acuerdo PIDAC, que consideran que la preservación del acuerdo es un requisito previo para la moderación de Irán y su reintroducción a la comunidad internacional.

Parece ser que, con la notable excepción de los Estados Unidos la mayoría de las naciones occidentales continúan predicando sus políticas frente a Irán en una percepción de blanco y negro a una lucha continua dentro del régimen islamista entre moderados supuestamente encabezados por Rouhani y extremistas liderados por el CGRI y los alineados ayatolas.

Esta percepción es fundamentalmente errónea. Por una parte, el espectro político iraní es mucho más matizado y diverso que la dicotomía moderada-conservadora. Por la otra, a pesar de la diversidad y las tensiones dentro del régimen iraní, sus diversos componentes, incluyendo a Rouhani y su gobierno, están trabajando hacia los mismos objetivos estratégicos: la consolidación de la posición nacional e internacional de la República Islámica y su capacidad para difundir su mensaje revolucionario.

Mientras esta realidad no sea reconocida por las cancillerías occidentales (o por Moscú y Pekín, por ende), será extremadamente difícil reunir una presión internacional efectiva necesaria para frenar las políticas agresivas de Teherán en la región y sus peligrosas ambiciones, especialmente ante la probada capacidad del régimen iraní de aprovecharse de las diferencias internacionales para sus propios fines.

De hecho, fue el deseo erróneo de consolidar a los supuestos moderados iraníes lo que limitó la presión ejercida sobre Teherán durante las negociaciones al acuerdo PIDAC y que trajeron consigo al problemático acuerdo, que efectivamente allanó el camino de Irán hacia lograr la condición de país con capacidad nuclear de una manera que finalmente condujo a la administración estadounidense a retirarse del acuerdo.

La comunidad internacional debe aprender sus lecciones de este error. La ya sostenida presión económica y las sanciones no debilitan la demanda interna iraní a un cambio, sino que lo refuerzan, tal como lo demuestran las protestas populares en Irán desde comienzos del 2018. Las estrictas medidas internacionales y la unidad más que la persuasión amistosa fueron los elementos que llevaron a Teherán a la mesa de negociaciones y le impulsó a retrasar su programa nuclear, aunque solo fuese temporalmente.

La retirada estadounidense al acuerdo PIDAC sienta las bases para la renegociación del acuerdo de una manera que garantice realmente su objetivo final el cual es bloquearle el camino a Teherán hacia el obtener la bomba. Pero esto dependerá en gran medida de que los europeos vean al régimen iraní tal como es, juzgándolo por sus acciones sobre el terreno junto al apoyo de Washington.

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