¿Por qué vira Irán hacia Asia? – Por Emil Avdaliani (BESA)

RESUMEN: La presión estadounidense pudo haber sido el ímpetu inmediato tras el recientemente filtrado acuerdo Irán-China, pero los dos estados poseen profundos lazos históricos e ideológicos que los unen. Dicho esto, el objetivo final del régimen iraní no le permitirá a China utilizar su enorme influencia sobre este. Teherán no tolerará ningún intento de Pekín por frustrar el progreso de Irán hacia dichos objetivos, lo que significa que el éxito del acuerdo está muy lejos de verse como algo ya garantizado.

Pekín y Teherán están preparando un enorme acuerdo económico y de seguridad de 25 años según el cual China invertirá hasta $400 billones en Irán. No necesitamos entrar en detalles sobre el acuerdo propuesto, ya que este ha sido discutido extensamente, pero vale la pena profundizar en los antecedentes geopolíticos e históricos que impulsan a los dos países a acercarse mutuamente.

Cuando el documento provisional se filtró a las agencias de noticias, muchos analistas expresaron su opinión de que China e Irán ahora están más estrechamente alineados debido a una mayor presión ejercida por los Estados Unidos. Esta es una suposición muy comprensible, pero hay mucho más en juego. El giro de Irán hacia China no apareció de la nada; este viraje ha estado en preparación durante años. El acuerdo representa una reacción lógica de la élite política iraní al cambiante orden geopolítico en Eurasia, es decir, el ascenso de China.

Como la mayoría de los estados del mundo, Irán tiene interés en comprometerse con la potencia emergente de Eurasia. China fue el principal socio comercial de Irán durante la administración del ex-presidente Mahmoud Ahmadinejad, quien inició el programa de la República Islámica “Mirar hacia Oriente”.

Irán está siendo de hecho oportunista, ya que el centro del consumo energético mundial se está desplazando del Atlántico al Indo-Pacífico. Entre los años 2017 y 2040, se proyecta que la demanda de petróleo y gas crecerá significativamente e Irán naturalmente, desea una buena parte de ese mercado.

El giro que da Teherán hacia Asia también se debe a la falta de opciones. Las relaciones del régimen con Rusia generalmente son descritas como cercanas, pero su desconfianza mutua en varios de los diferentes escenarios geopolíticos impide que Teherán “se dirija hacia el norte” en busca de la alternativa euroasiática de Rusia. Tampoco el Occidente colectivo vendría a ser una opción, ya que la presión estadounidense continúa aumentando. Eso deja a China como la única alternativa viable para aliviar la difícil situación económica de Irán.

Pero el acuerdo propuesto no trata solo del orden geopolítico en evolución dentro de Eurasia. Históricamente China e Irán poseen mucho en común. Ambas son civilizaciones continuas y milenarias que preceden al concepto occidental de Westfalia en las relaciones estado-a-estado y de hecho se oponen efectivamente a tal noción. Un fuerte sentido de la historia tanto en China como en Irán hace que sus élites políticas sean particularmente sensibles a una presencia militar o económica occidental cercana o dentro de sus países de origen. Ambos detestan el colonialismo occidental y llevan décadas intentando neutralizar los últimos vestigios de aquella época pasada.

Pero la desconfianza que China e Irán comparten hacia el Occidente colectivo (pudiéramos incluir a Rusia) también se ve impulsada por la similar geografía de los estados. Tanto Irán como China están efectivamente en cercanía. Desiertos, montañas, estepas y mares rodean las densamente pobladas zonas centrales de Irán y China. Históricamente, esto ha ayudado a ambos a estar mejor defendidos contra los invasores, pero también ha creado temor al cerco extranjero que se encuentra profundamente arraigado en la psique de ambas élites políticas. Esta ansiedad común acerca más a los dos estados a medida que aumenta la presión por parte de Occidente.

Ambos estados también tocan puntos comunes respecto a la conectividad a través del territorio continental euroasiático y se ven a sí mismos como fundamentales a cualquier proyecto de infraestructura a gran escala o rutas comerciales que abarquen el continente. Esta centralidad en la antigua o moderna Ruta de la Seda es un bloque fundamental en las auto-percepciones geopolíticas de China e Irán. No es de extrañar que una de las cláusulas más importantes del acuerdo propuesto profundice la integración de Irán dentro de la Iniciativa Belt & Road (Franja y Ruta) de China (IBR). Esto también explica la visión de Irán de la IBR como una iniciativa geoeconómica más que imperialista. Esta perspectiva contrasta con la de Occidente, que a menudo llama al IBR un proyecto “neocolonialista”.

Más allá de su percepción común a la Ruta de la Seda, existen muchas ideas inherentes a las ideas históricas e ideológicas persas y chinas que atraen mutuamente a los dos estados. Tanto Teherán como Pekín apoyan el concepto de un mundo multipolar, le buscan límites al poderío de los estadounidenses e intentan aplicar políticas en relaciones exteriores independientes.

Por lo tanto, lo que Irán y China están tratando de lograr, aunque motivados en cierta medida por desarrollos geopolíticos inmediatos – reflejan motivos ideológicos y civilizacionales a largo plazo.

Incluso puede argumentarse que el acuerdo de Irán con China encaja perfectamente en su estrategia histórica de protegerse contra rivales geopolíticos mayores. Hoy son los Estados Unidos; en el siglo 16 fue el Imperio Otomano contra el cual los persas intentaron crear coaliciones con los europeos. A comienzos del siglo 19, los persas se aliaron con la Francia de Napoleón aparentemente en contra del Imperio Británico, pero sobre el terreno, el movimiento fue más bien contra los rusos y sus conquistas al sur del Cáucaso – tierras tradicionalmente consideradas por los persas parte de su dominio imperial. En la década de los años 1820, los persas trabajaron con Londres para detener el ataque de Rusia. Este patrón de coberturas continuó en el siglo 20, cuando la poderosa Unión Soviética hizo acercar a Irán a los Estados Unidos. El jugar la “carta china” es, por lo tanto, un método diplomático tradicional iraní arraigado en la historia del país y en la percepción de los cambiantes equilibrios de poderes regionales o globales.

El acuerdo propuesto entre Irán y China es enorme y bien pudiera tener una influencia decisiva en el equilibrio de poder regional y sobre la expansión económica de China en el Medio Oriente y el Golfo Pérsico. Sin embargo, el ya generalizado presuponer de que el acuerdo se cumplirá en su totalidad es discutible.

Contrario a lo que muchos argumentan, la participación económica mutua pasada de China e Irán fue menos que uniformemente positiva. Los iraníes recuerdan la manera en que las empresas chinas intentaron aprovechar su falta de alternativas económicas exigiendo términos comerciales mucho más estrictos, fijando precios altos y obteniendo escasos resultados económicos para la fuerza laboral y para el presupuesto local. En el 2012, la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) detuvo sus operaciones en el campo de gas natural South Pars cuando Irán decidió derogar el contrato de la compañía. Posteriormente, la CNPC fue sustituida por Petropars. En el año 2014, otro de los contratos de la CNPC, el campo petrolero Azadegan, fue cancelado y las dificultades continuaron en los años subsiguientes.

Además, no está muy claro el qué tan efectivo será el acuerdo ante las ya existentes sanciones estadounidenses. Los chinos se han mostrado reacios a socavar su posición internacional sobre las sanciones contra Irán. Un comportamiento similar se ha observado en las relaciones de China con una Rusia afectada por sanciones.

En Irán existe también una desconfianza generalizada hacia las grandes potencias. Si se cumplen todos los puntos del acuerdo propuesto, la élite política iraní corre el riesgo de ceder parte de su soberanía estatal a China. Esta situación se presenta muy en contra de los principios de la revolución de 1979 y en el mejor de los casos, hace que las probabilidades a un éxito total del acuerdo sean cuestionables.

Irán está entrando en un momento difícil de su historia. La regional y mayormente amplia geopolítica euroasiática está impulsando al país hacia el Indo-Pacífico y específicamente hacia China. Pero el compromiso del régimen con Pekín se encuentra plagado de problemas. La experiencia pasada no fue positiva en lo absoluto y los iraníes son altamente sensibles a la presión extranjera, ya sea que provenga de los estadounidenses o de las empresas asiáticas que buscan aprovechar la débil postura negociadora de Teherán. Esto muy seguramente provocará tensiones políticas internas. De hecho, muchos miembros de la élite política iraní ya han criticado el acuerdo Irán-China. Esto significa que, a pesar de su enorme talla y ambición, este está muy lejos de quedar como un hecho concreto.

 

 

 

Emil Avdaliani es profesor de historia y de relaciones internacionales en la Universidad de Tbilisi y en la Universidad de Ilia. Ha trabajado para varias empresas consultoras internacionales y actualmente publica artículos sobre desarrollos militares y políticos a lo largo del antiguo espacio soviético.

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