¿Por qué el Islam necesita de una reforma? – Por Ayaan Hirsi Ali

Para derrotar a los extremistas de una buena vez, los musulmanes deben rechazar aquellos aspectos de su tradición que incitan en algunos creyentes a recurrir a la opresión y a la guerra santa.

“Las fronteras del Islam son sangrientas”, escribió el fallecido científico político Samuel Huntington en 1996, “y también lo son sus entrañas”. Casi 20 años después, Huntington parece estar más acertado que nunca. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, al menos el 70% de todas las muertes en conflictos armados de todo el mundo el año pasado fueron en guerras en las que participan musulmanes. En el 2013, hubo cerca de 12.000 ataques terroristas en todo el mundo. La mayor parte se localizaron en países de mayoría musulmana, y muchos otros fueron llevados a cabo por musulmanes. Por mucho trecho las víctimas más numerosas de la violencia musulmana incluyendo ejecuciones y linchamientos no incluidos en estas estadísticas son de los propios musulmanes.

No toda esta violencia está explícitamente motivada por la religión, pero una buena parte de ella sí lo está. Pienso que es absurdo insistir, como lo hacen los líderes occidentales habitualmente, de que los actos violentos cometidos en nombre del Islam de alguna manera pueden separarse de la propia religión. Durante más de una década, mi mensaje ha sido simple: el Islam no es una religión de paz.

Cuando afirmo esto, no quiero decir que la creencia islámica hace que todos los musulmanes sean violentos. Esto no es manifiestamente el caso: Existen muchos millones de musulmanes pacíficos en el mundo. Lo que si digo es que la llamada a la violencia y la justificación para ello están explícitamente declaradas en los textos sagrados del Islam. Por otra parte, esta violencia teológicamente sancionada está ahí para ser activada por cualquier número de delitos, incluyendo pero no limitado a la apostasía, el adulterio, la blasfemia e incluso algo tan vago como las amenazas al honor de la familia o al honor hacia el propio Islam.

No es sólo Al Qaeda y el Estado Islámico que muestran el rostro violento de la fe y la práctica islámica. Es Pakistán, donde cualquier declaración crítica del Profeta o el Islam es etiquetado como blasfemia y castigable con la muerte. Es Arabia Saudita, donde las iglesias y sinagogas están prohibidas y donde las decapitaciones son una forma legítima de castigo. Es Irán, donde la lapidación es un castigo aceptable y los homosexuales son ahorcados por su “crimen”.

Tal como yo lo veo, el problema fundamental es que la mayoría de los otros musulmanes pacíficos y respetuosos de la ley no están dispuestos a reconocer ni mucho menos repudiar, la garantía teológica a la intolerancia y la violencia incrustada en sus propios textos religiosos. Simplemente los musulmanes no reclamaran que su religión ha sido “secuestrada” por extremistas. Los asesinos del Estado Islámico y el grupo nigeriano Boko Haram citan los mismos textos religiosos que cualquier otro musulmán en el mundo considera sacrosanto.

En lugar de librar de culpa al Islam con blandos clichés sobre la religión de paz, nosotros en Occidente tenemos que cuestionar y debatir la propia sustancia del pensamiento y la práctica islámica. Tenemos que responsabilizar al Islam por los actos de sus más violentos partidarios y exigir que se reforme o desautoricen las creencias claves que son utilizadas para justificar esos actos.

Como resultado, Occidente tiene algo de experiencia en este tipo de proyecto reformista. Es precisamente lo que ocurrió en el judaísmo y el cristianismo durante los siglos, ya que ambas tradiciones consignaron gradualmente al pasado los pasajes violentos de sus propios textos sagrados. Muchas partes de la Biblia y el Talmud reflejan normas patriarcales, y ambos también contienen muchos relatos de duras retribuciones divinas y humanas. Tal como dijo el Presidente Barack Obama en un discurso en el Desayuno Nacional de Oración el mes pasado, “Recuerden que, durante las Cruzadas y la Inquisición, se cometieron actos terribles en nombre de Cristo”.

Aun así hoy, debido a que sus creencias pasaron a través de un largo y significativo proceso de Reforma e Iluminación, la gran mayoría de los judíos y cristianos han llegado a poner de lado las escrituras religiosas que instan a la intolerancia o a la violencia. Existen literalistas no convencionales en ambas religiones, pero son verdaderos extremistas convencionales. Lamentablemente, en el Islam, es al contrario: Son aquellos que buscan la reforma religiosa quienes son los elementos convencionales.

Cualquier discusión seria sobre el Islam debe comenzar con su credo básico, el cual tiene como base el Corán (se dice que las palabras habrían sido reveladas por el Ángel Gabriel al Profeta Mahoma) y los hadiths (las obras que la acompañan y detallan la vida y las palabras de Mahoma). A pesar de algunas diferencias sectarias, este credo une a todos los musulmanes. Todos sin excepción, se saben de memoria estas palabras: “Doy testimonio de que no hay Dios sino Alá; y Mahoma es su mensajero”. Esta es la Shahada, la profesión de la fe musulmana.

La Shahada pudiera parecer ser una declaración de creencia no diferente de cualquier otra. Pero la realidad es que la Shahada es ambos un símbolo político y religioso.

En los primeros días del Islam, cuando Mahoma iba de puerta en puerta en la Meca tratando de persuadir a los politeístas para que abandonen sus ídolos de culto, les invita a aceptar de que no había dios sino Alá y que él era el mensajero de Alá.

Luego de 10 años de tratar este tipo de persuasión, sin embargo, él y su pequeño grupo de creyentes fueron a Medina, y desde ese momento, la misión de Mahoma adquirió una dimensión política. Los incrédulos todavía fueron invitados a someterse a Alá, pero después de Medina, fueron atacados si se negaban. Si eran vencidos, se les daba la opción de convertirse o morir. Judíos y cristianos podían conservar su fe si se sometían a pagar un impuesto especial.

Ningún símbolo representa el alma del Islam más que la Shahada. Pero hoy existe una competencia dentro del Islam por la propiedad de ese símbolo. ¿Quién es dueño de la Shahada? ¿Son esos musulmanes que quieren enfatizar los años de Mahoma en la Meca o aquellos que se inspiran en sus conquistas después de Medina? Sobre esta base, creo que podemos distinguir tres grupos diferentes de musulmanes.

El primer grupo es el más problemático. Estos son los fundamentalistas que, cuando recitan la Shahada, quieren decir: “Debemos vivir por la palabra estricta de nuestro credo”. Ellos visualizan un régimen basado en el Sharia, la ley religiosa islámica. Abogan por un Islam en gran parte o totalmente sin cambios a su versión original del siglo séptimo. Lo que es más, lo toman como una exigencia de su fe que imponen sobre todos los demás.

Les llamaré los musulmanes de Medina, en eso ven la imposición forzosa del Sharia como su deber religioso. No sólo tienen como objetivo obedecer las enseñanzas de Mahoma sino también emular su conducta bélica luego de su traslado a Medina. Incluso si ellos mismos no participan directamente en la violencia, no dudan en justificarla.

Son los musulmanes de Medina que llaman a los judíos y cristianos “cerdos y monos”. Son los musulmanes de Medina que prescriben la muerte por el crimen de apostasía, muerte a través de lapidación por adulterio y el ahorcar por homosexualidad. Son los musulmanes de Medina que les colocan burkas a las mujeres y las golpean si salen solas de sus casas o si no se colocan el velo correctamente.

El segundo grupo y la clara mayoría a través de todo el mundo musulmán consiste de musulmanes fieles al credo básico y adoran con devoción, pero no tienen inclinación en practicar la violencia. Yo los llamo musulmanes de Meca. Al igual que los cristianos devotos o judíos que asisten a servicios religiosos todos los días y se atienen a las normas religiosas en lo que comen y visten, los musulmanes de Meca se enfocan en la observancia religiosa. Yo nací y crecí en Somalia como musulmana de Meca. Así eran la mayoría de los musulmanes desde Casablanca a Yakarta.

Sin embargo, los musulmanes de Meca tienen un problema: Sus creencias religiosas existen en una incómoda tensión con la modernidad – el complejo de las innovaciones económicas, culturales y políticas que no sólo reconfiguraron el mundo occidental, sino que también transformaron radicalmente el mundo en desarrollo tal como lo exportó Occidente. Los valores racionales, seculares e individualistas de la modernidad son fundamentalmente corrosivos a las sociedades tradicionales, especialmente las jerarquías basadas en el sexo, edad y condición hereditaria.

Atrapados entre dos mundos de creencia y experiencia, estos musulmanes están comprometidos en una lucha diaria para adherirse al Islam en el contexto de una sociedad que desafía sus valores y creencias en cada vuelta de esquina. Muchos son capaces de resolver esta tensión sólo retirándose hacia enclaves (cada vez más autónomos) y encerrados en sí mismos. Esto se llama capullo, una práctica por la que los inmigrantes musulmanes intentan blindar las influencias externas, permitiendo sólo una educación islámica para sus hijos y desconectándose de la comunidad no musulmana más amplia.

Tengo la esperanza de que este segundo grupo de musulmanes, aquellos más cercanos a la Meca que a Medina pueda establecer un diálogo conmigo sobre el significado y la práctica de su fe. Reconozco que estos musulmanes no son propensos a prestar atención a un llamado de reforma doctrinal de alguien que consideran apóstata e infiel. Pero pueden reconsiderarlo si puedo persuadirlos a que piensen de mí, no como una apóstata sino como una hereje: Una de un número creciente de personas nacidas en el Islam que han tratado de pensar críticamente acerca de la fe en la que fuimos educados. Es con este tercer grupo de sólo unos pocos que han abandonado el Islam en conjunto, que ahora me identificare.

Estos son los disidentes musulmanes. Algunos de nosotros nos hemos visto obligados por experiencia a concluir de que no podíamos seguir siendo creyentes; aun así permanecimos profundamente comprometidos en el debate sobre el futuro del Islam. La mayoría de los disidentes están reformando a los creyentes -entre ellos a clérigos que han llegado a darse cuenta de que su religión debe cambiar si sus seguidores no serán condenados a un ciclo interminable de violencia política.

¿Cuántos musulmanes pertenecen a cada grupo? Ed Husain del Consejo de Relaciones Exteriores estima que sólo el 3% de los musulmanes en el mundo entienden al Islam en términos militantes que yo asocio con la época de Mahoma en Medina. Pero de los 1,6 billones de creyentes, o el 23% de la población del mundo, esos 48 millones parecen ser más que suficiente (yo pondría la cifra significativamente mayor, basados en datos de encuestas sobre las actitudes hacia el Sharia en los países musulmanes).

En cualquier caso, independientemente de los números, son los musulmanes de Medina que han capturado la atención del mundo en la radio, televisión, a través de los medios sociales, en demasiadas mezquitas y por supuesto en el campo de batalla.

Los musulmanes de Medina representan una amenaza no sólo para los no musulmanes. También socavan la postura de aquellos musulmanes de Meca que intentan llevar una vida tranquila en sus capullos culturales a través de todo el mundo occidental. Pero aquellos bajo una mayor amenaza son los disidentes y reformistas dentro del Islam, que se enfrentan al ostracismo y al rechazo, que deben enfrentarse a todo tipo de insultos, que deben hacer frente a las amenazas de muerte o a la propia muerte.

Para el mundo en general, la única estrategia viable para contener la amenaza planteada por los musulmanes de Medina es ponerse del lado de los disidentes y reformistas y ayudarles a hacer dos cosas: primero, identificar y repudiar aquellas partes del legado de Mahoma que convocan a los musulmanes a la intolerancia y a la guerra, y segundo, convencer a la gran mayoría de los creyentes musulmanes de Meca a aceptar este cambio.

El Islam está en una encrucijada. Los musulmanes necesitan tomar una decisión consciente para enfrentar, debatir y en última instancia rechazar los elementos violentos dentro de su religión. Hasta cierto punto, y sobre todo por la repulsión generalizada a las atrocidades del Estado Islámico, Al Qaeda y el resto, este proceso ya ha comenzado. Pero necesita del liderazgo de los disidentes, y ellos a su vez no tendrán ningún chance sin el apoyo de Occidente.

¿Qué debe ocurrirnos para derrotar a los extremistas de una vez por todas? Se han propuesto herramientas económicas, políticas, judiciales y militares y algunas de ellas han sido desplegadas. Pero creo que estas tendrán poco efecto a menos que el propio Islam sea reformado.

Tal reforma ha sido llamada repetidamente por lo menos desde la caída del Imperio Otomano y la posterior abolición del califato. Pero me gustaría especificar precisamente lo que necesita ser reformado.

He identificado cinco preceptos centrales al Islam que han hecho resistencia al cambio histórico y a la adaptación. Sólo cuando la nocividad de estas ideas son reconocidas y se les repudie será lograda una verdadera reforma musulmana.

Estas son las cinco áreas que requieren ser modificadas:

1. La condición sema-divina de Mahoma, junto con la lectura literal del Corán.

Mahoma no debe considerarse infalible, ni mucho menos como fuente de la escritura divina. Este debe ser visto como una figura histórica que unió a las tribus árabes en un contexto pre-moderno que no puede ser reproducido en el siglo 21. Y aunque el Islam sostiene que el Corán es la palabra literal de Alá, es, en la realidad histórica, un libro que fue moldeado por manos humanas. Grandes partes del Corán simplemente reflejan los valores tribales del contexto Árabe del siglo séptimo del cual surgió. Los valores espirituales eternos del Corán deben estar separados de los accidentes culturales del lugar y tiempo de su nacimiento.

2. La supremacía de la vida después de la muerte.

El atractivo del martirio se desvanecerá sólo cuando los musulmanes le asignen un valor mayor a los beneficios de esta vida que a lo prometido en el más allá.

3. Sharia, la mayor parte de la legislación religiosa.

Los musulmanes deben aprender a poner las leyes cambiantes y dinámicas creadas por los seres humanos por encima de aquellos aspectos del Sharia que son violentos, intolerantes o anacrónicos.

4. El derecho individual de los musulmanes para hacer cumplir la ley islámica.

No hay lugar en el mundo moderno para una policía religiosa, vigilantes y clérigos políticamente habilitados de poder.

5. El imperativo de emprender el yihad, o guerra santa.

El Islam debe convertirse en una verdadera religión de paz, lo que significa rechazar la imposición de la religión por la espada.

Sé que este argumento incomodará a muchos musulmanes. Algunos están obligados a verse ofendidos por mis enmiendas propuestas. Otros sostendrán que no estoy calificada para hablar sobre estos temas complejos de teología y derecho. También soy temerosa, genuinamente temerosa de que envalentonará a unos cuantos musulmanes a hacerme callar.

Pero esta no es una obra de teología. Está más bien dentro del carácter de una intervención pública en el debate sobre el futuro del Islam. El mayor obstáculo para el cambio en el mundo musulmán es precisamente su supresión de la clase de pensamiento crítico que estoy tratando aquí. Si mi propuesta de reforma contribuye a provocar una discusión seria sobre estos temas entre los propios musulmanes, lo consideraré un éxito.

Quiero dejar dos cosas claras. No busco inspirar una nueva guerra contra el terrorismo o el extremismo-violencia en nombre del Islam no puede ser derrotado sólo por medios militares. Ni soy ninguna clase de “islamófoba”. En varias ocasiones, yo misma he sido parte de los tres tipos de musulmanes: una fundamentalista, una creyente dentro de mi capullo y disidente. Mi viaje ha ido desde la Meca a Medina a Manhattan.

Para mí, no parecía haber una manera de conciliar mi fe con las libertades a las que vine a abrazar en Occidente. Dejé la fe, a pesar de las amenazas a la pena de muerte prescrita por el Sharia para los apóstatas. Las futuras generaciones de musulmanes merecen mejores tiempos, opciones más seguras. Los musulmanes deberían ser capaces de darle la bienvenida a la modernidad, y no verse obligados a encerrarse a sí mismos, o vivir en un estado de disonancia cognitiva, o arremeter en rechazo violento.

Pero no son sólo los musulmanes que se beneficiaran de una reforma del Islam. Nosotros en Occidente tenemos un enorme interés en la forma en que se desenvuelve la lucha por el Islam. No podemos permanecer al margen, como si el resultado no tiene nada que ver con nosotros. Ya que si los musulmanes de Medina ganan y la esperanza de una reforma musulmana muere, el resto del mundo también pagará un precio enorme no sólo en la sangre derramada, sino también en la libertad perdida.

Este ensayo es una adaptación del nuevo libro de Hirsi Ali, “Hereje: Por Qué el Islam Necesita de una Reforma Ahora”, a ser publicado el martes por HarperCollins (que, como El Wall Street Journal es propiedad de News Corp). Sus libros anteriores incluyen “Infiel” y “Nómada: Del Islam a América, Un Viaje Personal a Través del Choque de Civilizaciones”.

 

 

 

http://www.wsj.com/articles/a-reformation-for-islam-1426859626

 

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