Población árabe en aumento: La demografía refuta las teorías de genocidio – Por Ilan Eichner

Según la Real Academia Española de la Lengua, el término genocidio se refiere al “exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad.”

En el año 1948 habían 156 mil árabes en Israel, actualmente son más de 2.1 millones, durante el mismo periodo, la población árabe de Gaza aumentó de 80 mil a 2 millones. Al examinar las estadísticas demográficas, que indican un incremento notable de la población árabe-israelí y gazatí en las últimas décadas, se constata la ausencia de una campaña sistemática de exterminio y se demuestra todo lo contrario.

De acuerdo con un estudio del respetado académico Sergio Dellapergola, en 1948 se concentraban en Algeria, Egipto, Iran, Iraq, Líbano, Libia, Marruecos, Siria, Tunisia y Yemen la cantidad de 978 mil judíos, cifra que actualmente es de 12 mil.

El término “genocidio” porta una carga histórica significativa y una definición precisa que no tolera malinterpretaciones ni manipulaciones indebidas. Aunque las perspectivas sobre el Estado de Israel, única democracia en Medio Oriente, son vastamente heterogéneas, la transición de la crítica política hacia imputaciones de genocidio no es solo incorrecta sino también irresponsable y un claro signo de judeofobia.

Es esencial reconocer que las alegaciones imprudentes de que Israel presuntamente está cometiendo un genocidio en Gaza no sólo son absolutamente falsas, sino que resultan inexactas y además trivializan la gravedad de lo que verdaderamente es un genocidio de acuerdo con el Derecho internacional. La moderna Israel, en el seno de las operaciones para desarticular el terrorismo radical islámico y devolver la paz a la región en la que se sitúa, se encuentra en el epicentro de alegaciones que desafían toda lógica.

En cuanto a las actuaciones del Estado de Israel, prevalecen múltiples opiniones. No obstante, existe un umbral que distingue la opinión de la calumnia. Imputar a Israel la comisión de un genocidio contra el pueblo palestino es pasar por alto la intencionalidad y el elemento esencial de la “eliminación sistemática”, que conforman la definición de genocidio.

Lejos de explorar las particularidades del término desde el punto de vista de la exégesis legal, la historia ha sido la principal instructora sobre el significado del genocidio, pues, tristemente, abundan los ejemplos. Un verdadero genocidio fue el cometido por los turcos contra los armenios, el de los hutus contra los tutsis en Ruanda, el perpetrado por Pol Pot en Camboya, el causado en Srebrenica contra los bosnios o el que consumó el Estado Islámico (ISIS) contra los yazidíes, casos en los que la intención de aniquilar era manifiesta, a diferencia de lo que ocurre con los árabes israelíes, que lejos de ser asesinados, como demuestran las cifras, viven en un país en el que forman parte activa de la sociedad, gozando de la totalidad de sus derechos civiles y políticos, ocupando altos puestos de prestigio en el gobierno, el sistema judicial, las Fuerzas de Defensa de Israel y famosas empresas.

Sobra mencionar lo obvio. Israel, dotado de un arsenal militar significativo, no ha perseguido el exterminio de ningún civil inocente. De haber sido ese el objetivo, la guerra habría terminado un día después de comenzada, Israel podría haber ejecutado su poderío militar de manera abrumadora, lo cual no se ha materializado, ni será el caso. Suponiendo sin conceder que Israel estuviera perpetrando un genocidio, es claro que su objetivo estaría lejos de lograrse, primordialmente porque la realidad demográfica es que la población palestina ha crecido desde 1948.

La narrativa judeófoba desatiende la historia de la región y la complejidad del conflicto. Israel ha evidenciado reiteradamente su disposición para negociar y alcanzar la paz, incluso ante amenazas existenciales y agresiones constantes. Israel es una nación cimentada en la resiliencia, que ha procurado la seguridad y prosperidad de su población, judía y árabe, manteniendo un compromiso firme con los principios democráticos y humanitarios. La imputación de genocidio, entonces, no solo tergiversa la defensa de los valores occidentales sobre los que está construido el mundo libre, y la esencia de nuestra sociedad, sino que desvía la atención de los verdaderos desafíos que encara la región.

A pesar de su considerable capacidad militar, Israel ha ejercido una contención ejemplar. El Estado de Israel no ha empleado su tecnología avanzada para la aniquilación, sino que ha desarrollado sistemas defensivos para salvaguardar a su ciudadanía de amenazas palpables e inminentes. La discrepancia entre las acciones defensivas de Israel y las tácticas de grupos terroristas islámicos es patente y debe ser ponderada en cualquier análisis de la situación actual.

Incluso durante los picos de la confrontación, Israel ha sostenido una política humanitaria consistente, facilitando asistencia médica y ayuda a la población civil palestina. Incluso el mismo 7 de octubre, los hospitales israelíes continuaron atendiendo a pacientes sin distinguir su procedencia, incluso a los asesinos que perpetraron la masacre, lo cual refleja un compromiso con los valores humanitarios universales. En épocas de guerra, cuando la desinformación prevalece, es precisamente la respuesta humanitaria de Israel la que debería ser subrayada, en vez de proclamar acusaciones infundadas.

Mientras que el escrutinio y el debate son fundamentales en cualquier sociedad libre, las imputaciones infundadas de genocidio socavan la legitimidad del debate público y obstaculizan los esfuerzos hacia una paz duradera. Para aquellos que propagan las falsas imputaciones de genocidio, resulta crucial considerar no solo su falta de exactitud sino también las motivaciones subyacentes. La propagación de tales aseveraciones a menudo manifiesta una postura antisemita, ignorancia histórica y un desconocimiento de la normativa internacional. Es esencial que el diálogo sobre Israel y Hamás se fundamente en datos fidedignos y no en prejuicios o mitos nocivos.

Finalmente, aquellos que acusan vehementemente a Israel de genocidio, mientras que deberían censurar a organizaciones como Hamas por sus actos de violencia, frecuentemente exhiben su odio y el apoyo tácito al terrorismo, tal situación expone una tendencia alarmante a juzgar a través de un prisma de prejuicios en vez de justicia.

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