Manifestación de debilidad – Por Ben-Dror Yemini (Ynet)

Dejemos a Israel por un momento. El problema es Estados Unidos. Se reveló en toda su debilidad. La palabra ya no vale. La fuerza ya no es fuerza. El bloqueo ya no es bloqueo. Estos debían ser los mejores días de Estados Unidos como potencia mundial. Después de todo, Rusia, tras más de cuatro años de guerra con Ucrania y un desgaste cada vez mayor, dejó el escenario del poder global en manos de Estados Unidos. A Rusia le tomó cuatro años. A Estados Unidos le tomó apenas unas semanas.

Los nombres grandilocuentes del enfrentamiento con Irán —“Furia Épica” y “El Rugido del León”— se desvanecieron como si nunca hubieran existido. Irán sufrió golpes severos. Pero con la fuerza que le quedó logró poner a Estados Unidos de rodillas.

Parece que hacía mucho tiempo que no existía tal unidad en Israel. Desde Yair Golan hasta Bezalel Smotrich existe consenso en que el acuerdo que debería firmarse el viernes, si no hay sorpresas, constituye un fracaso estratégico. Un fracaso para Israel. Un fracaso para Estados Unidos. Un fracaso para cualquiera que quisiera ver un nuevo Medio Oriente. Un fracaso para los Estados sunitas moderados, o relativamente moderados, para quienes Irán representa una amenaza constante, entre otras razones por la histórica enemistad entre sunitas y chiitas.

Pero esta vez, al menos esta vez, Netanyahu no es el principal culpable. No importa qué movimiento hubiera realizado Netanyahu: Trump estaba decidido a alcanzar un acuerdo. Difícilmente haya existido alguna vez una demostración semejante de ansiedad por llegar a un acuerdo, una ansiedad que no es más que debilidad, por parte del líder de una superpotencia. Es cierto que había señales previas de que Trump era un apoyo frágil. Llegó a un acuerdo con los hutíes sin conocimiento de Israel y abandonando a Israel tanto frente al bloqueo marítimo como frente a nuevos lanzamientos de misiles y drones. También elaboró el acuerdo de veinte puntos, nuevamente sin consultar a Israel. Es posible que el alto el fuego con Hamás, al menos en ese momento, fuera lo correcto para Israel. Pero sin duda iba en contra de la voluntad del gobierno israelí y, sobre todo, de la voluntad de Benjamín Netanyahu.

Y aun así, después del ataque conjunto contra Irán, parecía que Trump comprendía que la potencia chiita representa una amenaza real para los intereses estadounidenses, incluso independientemente de Israel. Después de todo, Irán constituye una amenaza permanente para los países vecinos del Golfo. Irán fortalece a Hezbollah, Hamás y los hutíes, generando así un desorden regional. Pero resulta que aquella determinación fue de corto plazo. Trump no es Churchill. No quería sangre, sudor y lágrimas para derrotar al eje del mal. Quería una baja en los precios del combustible. Y al diablo con los intereses estadounidenses a largo plazo. Y al diablo con todas sus declaraciones y promesas. Y al diablo con Israel.

Y peor aún. No está claro si Yahya Sinwar tenía un plan maestro diabólico. Pero si existió un plan así, Trump lo está sirviendo. Y esto no comenzó esta semana. El acuerdo de alto el fuego y liberación de todos los rehenes con Hamás también se logró gracias a la intervención de Turquía y Catar. Esos dos países, que actúan bajo la ideología de los Hermanos Musulmanes, obtuvieron una mejora estratégica de su posición. Arabia Saudita no permaneció indiferente. En lugar de avanzar hacia la normalización con Israel, se acercó al eje turco-paquistaní. En este asunto, al menos, la responsabilidad de Netanyahu no es menor que la de Trump. Porque incluso meses después de iniciada la guerra del 7 de octubre, Arabia Saudita seguía dispuesta a avanzar en la normalización. Pero Netanyahu, siendo Netanyahu, se negó incluso a pagar el precio de unas simples declaraciones simbólicas sobre el tema palestino. Entre construir una coalición regional con los Estados sunitas y mantener una coalición con Ben Gvir y Smotrich, Netanyahu eligió a estos últimos.

Conviene recordar que Trump también fue elegido como reacción contra la ola progresista que había cansado a muchos estadounidenses. A nivel global, apostó por la carta de MAGA – Make America Great Again. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Durante unas horas, en la noche entre domingo y lunes, la mayor potencia del mundo entró en pánico porque Israel se atrevió a responder a una organización terrorista, Hezbollah, que había violado repetidamente el alto el fuego. La ira se dirigió contra Israel. No contra Irán. No contra Hezbollah. Las demostraciones de poder quedaron relegadas a los videos de inteligencia artificial que Trump produce, donde se presenta a sí mismo como un superhéroe mundial. En la realidad no hay rastro de ese poder.

Y es aún peor. Irán publicó los 14 puntos del memorando de entendimiento. Trump intentó negarlo. Allí aparece una cláusula sobre la transferencia de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de Irán. Una suma astronómica. Una especie de compensación por los daños de la guerra. No puede ser. Normalmente es el derrotado quien paga indemnizaciones. Si Irán recibe compensaciones, entonces es el vencedor. Por eso esa cláusula parecía una fantasía iraní. ¿Una fantasía? Ojalá. Ayer, J. D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, confirmó que efectivamente existirán esas compensaciones. Solo prometió que no las pagarán los estadounidenses, sino los países del Golfo. ¿Perdón? ¿También fueron atacados y además tendrán que pagar? Cuesta creerlo. Pero esa es exactamente la historia.

Jamás, pero jamás, una superpotencia tan fuerte había mostrado una debilidad tan alarmante frente a un país que supuestamente fue derrotado de manera tan contundente. Pero llegó Trump. Y resulta que esto es lo que sucede.

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