Los relatos que revelan quién fue Menajem Beguin – y las fotos que se publican por primera vez – Por Nina Fucks (Yediot Ajaronot)

Por Nina Fucks (Yediot Ajaronot)

A su secretaria le preguntó: “¿Así se baila en medio del día?”; a Olmert lo llamó “Ehud, hijo mío” después de que este le pidiera que renunciara; y terminó sus años como figura pública “sin propiedades”. Con motivo de los 25 años de la fundación del Centro de Patrimonio Menajem Beguin, se revelan por primera vez relatos personales de quienes acompañaron de cerca al ex primer ministro: “Almorzaba con su esposa y no buscaba nada más. Huía de lo ostentoso”.

Con motivo de los 25 años desde la fundación del Centro de Patrimonio Menajem Beguin, se revelan por primera vez fotos e historias personales y poco comunes por parte de quienes conocieron de cerca al ex primer ministro y lo acompañaron en distintas etapas de su vida: su secretaria, asesores, figuras públicas e incluso miembros de su familia. No se trata de discursos ni de decisiones políticas, sino de pequeños momentos, humanos, que dibujan una imagen íntima de uno de los líderes más destacados en la historia del Estado.

“Una actitud afectuosa de uno de los grandes líderes”

En medio de las profundas divisiones públicas que atraviesan hoy a Israel, el presidente del Estado, Itzjak Herzog, compartió sobre su relación con Beguin, cuando aún era un joven adolescente, y destacó: “Incluso en los días más agitados, Beguin escribió: ‘No iremos a una guerra civil’”.

“No olvidaré mis primeros encuentros con Menajem Beguin, siendo aún un muchacho joven, en los que recibí un trato afectuoso, cálido y cordial de uno de los más grandes líderes que ha conocido nuestro pueblo. Y también hoy, como presidente del Estado, en uno de los períodos más difíciles, complejos y desafiantes que hemos vivido, me encuentro no pocas veces contemplando su figura, su liderazgo y los valores que representó y expresó, en primer lugar, su firme defensa del principio de la paz, tanto dentro de la sociedad israelí como con nuestros vecinos”, relató Herzog.

“Beguin fue quien, incluso en los días agitados del ‘Seasson’ (nombre del enfrentamiento que sostuvo la Haganá contra el Etzel), escribió que ‘no iremos a una guerra civil. Pase lo que pase, nuestros soldados no levantarán sus armas contra judíos rivales’” – un principio firme que también fue puesto a prueba durante el caso Altalena, cuando Beguin declaró: “No habrá guerra civil mientras el enemigo esté en las puertas”. Ese lema inequívoco – ‘somos hermanos’ – fue su legado, y sigue siendo relevante hoy, cuando nuestra cohesión nacional está siendo puesta a prueba.

“Así también en lo que respecta al anhelo y la búsqueda de la paz con nuestros vecinos. Recuerdo la emoción que nos embargó con la visita de Sadat a Jerusalén y la firma de los Acuerdos de Camp David, y la instrucción de Beguin a mi padre, Jaim Herzog, de bendita memoria – entonces embajador en la ONU – de reunirse con su homólogo, el embajador egipcio. Beguin dijo que si el tratado de paz resultaba exitoso, ‘habría esperanza de que también otros vecinos se unieran al círculo de la paz’. Y aunque no llegó a ver el acuerdo de paz con Jordania, y ciertamente no los ‘Acuerdos de Abraham’, él fue el líder que allanó el camino para todos ellos, y también para aquellos acuerdos que, con la ayuda de Dios, aún veremos firmarse”.

Iona Klimovitzky, la secretaria legendaria de Beguin, contó que llegó a trabajar con él a pesar de estar ideológicamente alejada, ya que venía de una familia socialista: “Le dije a Beguin que venía del extremo opuesto, y él dijo que apreciaba a las personas con ideología. Dijo que el hebreo de Emil Habibi era mejor que el de algunos miembros judíos de la Knéset. Dijo sobre Moshé Snéh que, si no fuera comunista, podría haber sido un primer ministro excepcional. En aquellos tiempos había ideología, era otra época”.

Ella compartió que el momento más emotivo junto a Beguin fue la noche de su asunción como primer ministro, en 1977, tras el ‘maapaj’ (el histórico cambio de gobierno): “No sabía si seguiría trabajando con Beguin, pero de todas formas organicé para que toda mi familia estuviera presente. Le deseé éxito, y él me dijo que seguiríamos trabajando juntos, y eso me emocionó mucho”.

“Cuando iba a almorzar en su pausa, yo me iba a bailar jazz en la YMCA. Estaba segura de que no volvería, pero volvió y me vio con los zapatos de baile. Me preguntó a dónde iba – ‘a bailar’. Me dijo: ‘¿Así se baila en medio del día?’. Poco antes de fallecer, en su cumpleaños, lo visité, y me dijo: ‘¡Mamaleh! Cambiaste el color del pelo’, después de no haberme visto en años”.

“Para Beguin la lealtad y la amistad eran muy importantes, y valoraba mucho esas cualidades en las personas. Confiaba en la gente y les daba espacio. Se generaba confianza, y me dio responsabilidades más allá de lo que podía imaginar. Su personalidad, su calidez, su entrega – eso fue lo que hizo que la gente lo siguiera y lo quisiera”.

Dan Meridor, quien fue secretario del gobierno durante parte del mandato de Beguin como primer ministro, contó que mantuvo una relación cercana con él incluso después de su retiro:
“Todos los viernes nos encontrábamos a la tarde durante una hora, para conversar sobre temas de seguridad, historia judía y la Europa de antes de la guerra. Eran charlas fascinantes, en las que Beguin estaba lúcido y concentrado. Aprendí muchísimo de él”.

Tras la renuncia de Beguin en 1983, Meridor relató que surgió la pregunta de dónde viviría:
“No tenía casa, vivía en un departamento alquilado con contrato de alquiler protegido en Tel Aviv, que devolvieron al propietario. Un hombre que sirvió durante décadas al público en todos sus cargos, y al final de todo no tenía propiedades. Busqué dónde podría vivir, encontré un departamento de alquiler en el barrio Yafé Nof de Jerusalén, firmamos un contrato, 600–700 dólares. Durante años, el tema económico no le interesó. No compró propiedades ni acumuló bienes. Pagó el alquiler con su pensión de la Knéset durante seis o siete años, y luego se mudaron a Tel Aviv”.

“Cuando se convirtió en primer ministro, en su primer encuentro con el entonces jefe del Shabak, Ajituv, Beguin le dijo: ‘Te prohíbo usar la fuerza durante los interrogatorios’, algo que ningún primer ministro había dicho antes, ‘excepto con la inteligencia del investigador’. Incluso para un objetivo importante como evitar el terrorismo, no se cruza la línea de la violencia.

Cuando presentó el acuerdo de Camp David ante la Knéset, miembros del bloque Gush Emunim se opusieron, y él discutió en la Knéset: ‘Los amo, pero ustedes tienen un complejo de mesianismo como ideología nacional frente a un mandato religioso’”.

Meridor relató que para Beguin el lugar del sistema judicial era el de “árbitro entre disputas”:
“Un equilibrio del poder de la mayoría y la protección del individuo frente al gobierno. ¿Quién garantizará eso? ¿La Knéset, el presidente? No se puede dejar que el gato cuide la crema. Tiene que haber alguien que vigile que el poder no se use de forma indebida – y Beguin dio esa función a la Corte Suprema. Que los jueces no sean independientes y que quienes los eligen no dependan del poder – eso no se puede permitir”.

Meridor también contó que después de que Meir Kahane fuera elegido a la Knéset en 1984, él mismo recolectó información sobre él: “Se decía que había similitudes entre él y algunos miembros del Likud – y Beguin dijo: ‘Es exactamente lo opuesto a lo que nosotros enseñamos, totalmente contrario’. Lo comparó con los peores de nuestros enemigos. Beguin odiaba el racismo con un odio profundo, por lo que había vivido”.

Aryeh Naor, quien fue nombrado secretario del gobierno por Beguin cuando el Likud llegó al poder en 1977, contó que los derechos humanos eran muy importantes para Beguin: “Un ejemplo es el caso de un barco con refugiados que huían de Vietnam. Beguin dio la orden de que se les permitiera ingresar al país, se ocupó de que recibieran visados y de que pudieran trabajar aquí. Otro ejemplo fue la decisión de ayudar a los cristianos en Líbano contra los sirios y los musulmanes”.

Naor también compartió una perspectiva humana de Beguin relacionada con el ataque al reactor nuclear en Irak: “El número de personas que sabían del plan era muy reducido – solo dos en la oficina: el coronel Efraim Foren, su secretario militar, y yo. Un día, Beguin salió de su despacho y le dijo a Foren y a mí: ‘Ayer pasé junto a un parque de juegos en Rejavia y vi a unos niños jugando. Me dije a mí mismo que no permitiríamos que ese malvado (Saddam Hussein) hiciera a nuestros Shlumiks y Shlomoeles lo que les hicieron allá (en Europa del Este)’”.

La escritora Galila Ron-Feder Amit contó sobre su relación con Beguin, incluso desde antes de que fuera primer ministro: “Cuando llegué a Jerusalén como estudiante, Menajem Beguin era ministro sin cartera en el gobierno de unidad nacional encabezado por Eshkol. En los recreos entre clases, solía visitar la Knéset”.

“En una de esas visitas, Beguin me presentó ante sus colegas y dijo: ‘Esta es Galila, la niña que escribe para niños’. Le respondí: ‘La novela histórica sobre el Etzel que le di no es para niños’. Beguin me miró con una mirada profunda y dijo la frase que marcó el destino de mi escritura: ‘¡Eso es un error!’. Levantó la mano y añadió: ‘Después de todo, sólo los corazones de los niños están abiertos, ¿y tú no quieres llegar a los corazones, verdad?’”.

“En una de mis visitas a la oficina del primer ministro Beguin, fui testigo de lo siguiente: Dan Pattir, su asesor de prensa, salió sonriendo del despacho de Beguin y dijo: ‘El primer ministro rechazó la entrevista con el reportero de la televisión austríaca, también la entrevista con la BBC… ¿y a quién me pidió que hiciera pasar de inmediato? ¿A quién? ¡Al periodista del periódico juvenil de Arad!’ – y señaló a un muchacho de 16 años que estaba sentado en un rincón esperando”.

El ex primer ministro Ehud Olmert relató que al comienzo de su carrera política, en 1966, como estudiante en la célula estudiantil de Herut–Liberales, participó en la octava convención del movimiento Herut, donde llamó a Beguin a renunciar, ante las protestas enérgicas del público.

“Subí al escenario, bastante nervioso y avergonzado. Solté una bomba que convirtió el evento en algo tumultuoso. Dije, en pocas palabras, que el movimiento Herut había fracasado en todos sus intentos por reemplazar al gobierno, como Menajem Beguin, su líder, lo había declarado antes de cada elección. Por lo tanto, dije, era necesario cambiar el liderazgo, y Beguin debía renunciar”.

“La reacción de los delegados fue tumultuosa. La gente se levantó de sus asientos y gritó. Menajem Beguin entendió que las reacciones tan acaloradas podían escalar en violencia. Se levantó de su asiento, se acercó al frente del escenario y alzó las manos para hacer señas al público: todos a sentarse. En aquellos días no hacía falta más que eso. El público se sentó y se hizo silencio”.

“El señor Beguin me miró y dijo: ‘Ehud, hijo mío’ (así me llamaba siempre), ‘tú naciste en Shuni, eres hijo del legado de Jabotinsky, alumno de Beitar, vienes de una familia de combatientes y beitarim – por favor, continúa con tus palabras’. Y luego, dirigiéndose al público, agregó: ‘Si no permiten que nuestro Ehud hable, me levantaré y me iré a casa’. No hacía falta decir más. El público guardó silencio. Con pocas palabras, con sangre fría, con esa cortesía que lo caracterizaba, Beguin transformó aquel momento vergonzoso en una muestra de grandeza”.

“Lo recordaré por su grandeza como líder histórico, pero también por su humanidad, su humildad y su tolerancia, tanto hacia sus amigos como hacia sus adversarios – una combinación que ningún otro líder político en Israel ha tenido en igual medida”.

El exdiputado del Likud Amal Nasereldin fue incorporado al partido por Beguin en 1971. Nasereldin, líder druso-israelí, relató sobre su vínculo personal con Beguin: “Yo era su representante en el Líbano, para actuar en favor de la comunidad drusa, acercarlos a nosotros lo más posible, y garantizar que nuestras fuerzas no los dañaran. Entonces intentaron atentar contra mí, tanto árabes como cristianos”.

Sobre su primer encuentro con Beguin, contó: “Fui a Metzudat Zeev (sede del Likud), subí al piso 11, y en la entrada de la puerta veo a Menajem Beguin de pie, esperándome. Yo, este pequeño Amal Nasereldin, el jovencito. Y ahí estaba el gran Menajem Beguin, esperándome. Le dije: ‘Escuchá Menajem, soy un padre en duelo, hice mi aporte al Estado, y te digo: ojalá todos hicieran lo que yo hice. Pero tengo miedo de que vos y tus muchachos me den otro golpe, y me decepcionen’. Él me dijo: ‘Estás equivocado. Vos tenés que estar con nosotros, tu lugar es aquí. Sos un luchador, sos un joven agradable, sabés que no hacés las cosas por interés personal. Leí sobre vos, te conozco’”.

“Menajem Beguin cambió las cosas e hizo historia entre los drusos. Se merece amor, respeto, aprecio. Quedará grabado en la historia de cada uno de nosotros. Beguin dio la orden de abrir todas las unidades del ejército a los drusos, no vino del público”.

Dan Pattir, que fue asesor de prensa de Beguin, relató que fue invitado por él a permanecer en el cargo tras la finalización del primer mandato de Yitzhak Rabin. “Beguin escribía sus discursos él mismo, tanto en hebreo como en inglés”, contó. “El inglés era su segundo idioma. Alemán nunca quiso usar. Francés entendía, pero no hablaba. Por alguna razón, sabía bien español. Un día vino a visitar Israel el primer ministro de Italia, Amintore Fanfani. Beguin tenía un gran amor por Italia. Fanfani no sabía inglés, y resultó que ambos hablaban español. Así que el primer ministro de Italia y el primer ministro de Israel conversaron en español”.

Pattir dijo que Beguin no solo mostraba modestia, sino también “casi ascetismo”: “Era una vida de austeridad, no solo de forma pública, sino también en lo personal. Iba a almorzar a su casa con su esposa. Una comida completamente sencilla – pollo, sopa, compota. No buscaba nada más, huía de lo ostentoso”.

“Cuando el presidente Jimmy Carter vino de visita a Israel por tres días, antes de la firma del tratado de paz con Egipto, Beguin decidió hospedar a los Carter en su casa, solo ellos dos y la pareja Beguin. Se sentaron los cuatro en la residencia del primer ministro para cenar. En cierto momento, las mujeres se retiraron y ellos continuaron conversando – creo que hasta la medianoche o la una de la madrugada”.

Según él, Beguin no consideraba la residencia oficial como lugar de celebraciones y recepciones:
“Recibía a personas si se trataba de alguna organización que venía a entregarle algo, o si quería felicitar a alguien, entonces iban a su casa. Pero no había cenas formales ni oficiales. Eso no le gustaba en absoluto, y menos aún en su hogar”.

El general de brigada (res.) Azriel Nevo, quien fue secretario militar de Beguin, contó sobre una ocasión en la que llegó a enfurecer mucho al ex primer ministro: “Una vez se enojó muchísimo conmigo. Llegué a su casa después de que se lesionara y regresara del hospital. Tenía una habitación especial en su casa, y fui a informarle y a entregarle materiales”, relató.

“Su esposa me dijo: ‘Entrá, está en la habitación detrás del dormitorio’. Entré, y él me miró con una expresión muy severa y me dijo: ‘Esperame, por favor, en el salón’. Me fui al salón, y le llevó bastante tiempo llegar porque venía con muletas. Entró con una cara tan severa, no puedo olvidar esa expresión, y me dijo: ‘¿Sabés que yo podría ser tu padre?’. Le respondí: ‘Sí, pero ¿qué pasó acá?’. Repitió lo mismo y luego dijo: ‘¿Sabés que no se entra al dormitorio de una pareja casada?’, porque simplemente había atravesado el dormitorio. Le dije: ‘Sí, pero su esposa me invitó a pasar’. Y él respondió, enojado: ‘¿Vos escuchaste lo que yo te dije?’”.

Nevo también contó sobre una ocasión en que Beguin habló con el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, durante los bombardeos israelíes en Beirut: “Estábamos en la Knéset, y él tenía una especie de cabina, un pequeño cuarto al lado de su oficina. Se fue a dormir un rato, y de pronto suena el teléfono: el presidente Reagan quiere hablar con Beguin.

“Fui a despertarlo, y él fue al teléfono sin medias y con la camisa por fuera. Me quedé con él en el cuarto, y Reagan protestó por los bombardeos aéreos sobre Beirut. Entonces le dijo: ‘Lo que están haciendo en Beirut es como el Holocausto’. El rostro de Beguin se endureció, y respondió: ‘Señor presidente, usted no me va a enseñar a mí qué es un Holocausto. Sólo quien lo vivió sabe lo que es. Y no me venga a dar lecciones sobre eso’”.

Nevo relató también que Aliza, la esposa de Beguin, nunca le pidió nada, excepto una sola vez:
“Fue en la víspera del inicio de la operación Paz para Galilea. Él le dijo que viajaba esa noche al norte y que no volvería a casa. Ella me llamó y me dijo: ‘Azriel, tengo un pedido para vos’. Un pedido de ella era realmente excepcional, porque nunca pedía nada a nadie”.

“Me dijo: ‘Sé que Menajem viaja al norte’, y me pidió si podía arreglar para que fuera con él Aryeh Giladi, el chofer. ‘Sabés que Aryeh es como de la familia para nosotros, sabe exactamente cómo cuidarlo, qué le gusta tomar, qué le gusta comer, qué pastilla tiene que tomar y qué medicina por la caída. Así que te pediría mucho que lo arregles’. Por supuesto que fue con él. Creo que esa fue la única petición que ella hizo alguna vez”.

El expresidente Efraim Katzir (mayo de 1973 – mayo de 1978) contó en el pasado que cuando Beguin llegaba a su despacho, lo primero que hacía era estrechar la mano de todas las secretarias:
“A cada secretaria le daba la mano, y me parece que incluso les besaba la mano. Y yo, como alguien que creció casi como un sabra (nativo de Israel), pensaba: ‘Esto es algo particular’. Pero además, lustraba sus zapatos para venir con los zapatos bien brillantes a ver al presidente del Estado de Israel. Eso era realmente excepcional, y el aprecio que me mostró fue muy significativo para mí”.

Antes de Camp David, Katzir contó que Beguin tenía planes muy interesantes: dar autonomía a los árabes, pero no un Estado. “En cualquier caso, él sabía que yo no estaba muy involucrado en los temas que se discutirían, pero me dijo: ‘Le voy a contar al presidente todo lo que voy a presentar en Camp David’. Así que vino, no solo él solo, sino también con oficiales del Estado Mayor, con mapas, con planes, se sentó conmigo durante una o dos horas, y me explicó todo lo que quería decir y hacer. Me impresionó profundamente”.

Yitzhak Hofi, el quinto director del Mossad, que sirvió durante el mandato de Beguin, contó que cuando ocurrió el mahapaj (el “giro histórico” de 1977), le dijo a su esposa: “No puedo imaginarme trabajando con Beguin. Para nosotros, él era considerado un marginado. Por supuesto, estaba el trasfondo del Altalena y del Sazón (la campaña de la Haganá contra el Etzel). Le dije a mi esposa: ‘Supongo que renunciaré. No me imagino poder trabajar con él’”.

“Y de hecho, tras su nombramiento, en nuestro primer encuentro le dije que si así lo deseaba, yo me iría. Por supuesto, sin dudar un instante, me dijo que ni se le pasaba por la cabeza y me pidió que me quedara. Lo acepté”.

A pesar de las diferencias entre ambos, Hofi relató: “Cuando llegaba a verlo, se levantaba de su escritorio, daba la vuelta y venía a darme la mano. Por supuesto, me llamaba ‘el general Hofi’. No recuerdo cuándo dejó de hacerlo. Le llevó bastante tiempo empezar a llamarme Haka, que era mi apodo”.

Sobre su relación con el sistema de defensa, agregó: “Yo hablo del Mossad, pero creo que se aplica a todo el sistema de seguridad: él tenía un trato muy cálido. Cuando yo le traía cada tanto a combatientes —a veces mujeres también— que habían llevado a cabo misiones excepcionales, él se les abalanzaba con abrazos. Y ellos siempre se quedaban algo incómodos. Para él era un gesto natural. Valoraba profundamente lo que hacían y a las personas en sí”.

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