La soberanía israelí y sus improbables contribuyentes – Por Dr. Alex Joffe (BESA)

RESUMEN: El entusiasmo mostrado por el Primer Ministro Binyamín Netanyahu a la idea de aplicar la soberanía israelí a partes de Cisjordania puede ser explicado por su deseo de aprovechar esta histórica oportunidad creada por la excepcionalmente favorable actitud del Presidente Trump hacia Israel. Sin embargo, existe otro elemento que merece gran atención: La reacción de Netanyahu ante la implacable hostilidad por parte de la administración Obama.

Imagen de portada – Benjamin Netanyahu y Barack Obama, 6 de julio, 2010 – fotografía oficial de la Casa Blanca de Pete Souza

Respecto a una posible aplicación de la soberanía israelí sobre partes de Cisjordania, algunos aspectos a futuro están ya claros. Sería una culminación parcial de las aspiraciones sionistas de larga data con el propósito de controlar el antiguo centro del pueblo judío y la necesidad estratégica de crear fronteras defendibles para Israel. Los primeros sionistas se las arreglaron con áreas que podían ser adquiridas y establecerse y dudar sobre si presionar para controlar áreas tales como Siquem, Hebrón y las tierras altas centrales, a pesar de su antiguo significado judío. Pero aunque estas eran de mentalidad práctica y a menudo religiosas, estos reconocieron la importancia de dichas regiones para el pueblo judío y para el proyecto sionista a largo plazo.

Lo mismo ocurre con el tema de las fronteras defendibles. El Plan Allon, que surgió inmediatamente después de la Guerra de los Seis Días en 1967, previo el control israelí del Valle del Jordán. La construcción de comunidades alrededor de Jerusalén fue diseñada con el objetivo de crear una mayoría judía permanente dentro de una configuración defendible de la ciudad. La creación de Ariel y otros bloques de asentamientos tenía como intención crear profundidad estratégica y defender los centros de población ya existentes.

El tema de aplicar la soberanía en algunas áreas ha molestado por mucho tiempo a los líderes israelíes, que tienen que lidiar con el movimiento de los asentamientos y su derecho, así como también con los palestinos y la comunidad internacional. La sabiduría de los sucesivos gobiernos laboristas y del Likud que permiten o patrocinan los barrios judíos en áreas cercanas a las comunidades judías y en medio de las poblaciones árabes puede ser cuestionada desde el punto de vista de una política nacional e internacional. Las minorías crearon realidades estratégicas con las que los gobiernos tuvieron que lidiar. Como bloque electoral y demográfico, el movimiento de asentamientos ejerce una presión significativa y lo realiza en favor de aplicar soberanía.

Dejando de lado todas estas presiones de larga data, la realidad a corto plazo es que la administración Trump ha demostrado ser excepcionalmente favorable para Israel. Ninguna administración estadounidense ha estado dispuesta a apoyar a Israel diplomáticamente con la misma determinación y afecto. Los Estados Unidos bajo la tutela de Trump han sido constantemente pro-israelíes en lo que respecta a sus posturas, desde trasladar la Embajada de los Estados Unidos a Jerusalén hasta dejar de financiar a la UNRWA, al plan denominado “Acuerdo del Siglo” a adoptar la postura israelí de que la intransigencia palestina no solo ha sido el obstáculo más importante para el logro de la paz sino uno que ya no debería ser recompensado.

Mediante las señales del Embajador estadounidense David Friedman y del Secretario de Estado Mike Pompeo, los Estados Unidos han dejado claro que, a su manera de ver, la soberanía es una decisión interna de los israelíes. Esta postura contrasta fuertemente con las declaraciones de los gobiernos de Europa occidental para quienes la acción es definida como detestable. Los demócratas estadounidenses se les unen para condenarlo, incluyendo a los miembros de la ex-administración Obama como la ex-NSA Susan Rice. Todas estas advertencias también pronostican las muy probables políticas que tomará una posible administración Biden, que esencialmente sería una tercera administración Obama amplificada por la extrema izquierda y las cuadrillas musulmanas del nuevo progresista Partido Demócrata.

Estas objeciones sugieren un aspecto hasta ahora ignorado en la toma de decisiones por parte de los israelíes. Aplicar la soberanía no representara simplemente un deseo israelí de cambiar el estatus quo antes de las elecciones estadounidenses en noviembre. Hasta cierto punto, también constituirá una respuesta del Primer Ministro Benjamin Netanyahu a su trato recibido por la administración Obama. Obama puede que llegue a ser padrino involuntario en aplicar la soberanía israelí a partes de Cisjordania.

El trato que le dio la administración Obama a Israel está bien documentado, desde las reiteradas condenas a la “construcción de asentamientos”, sin importar cuán insignificantes o teóricos eran, hasta la constante burla a los líderes israelíes representándolos de mentirosos y “cobardes”, hasta el último intento desesperado de orquestar la condena de las Naciones Unidas a todas las actividades israelíes a lo largo de la Línea Verde como “asentamientos” en la Resolución 2334 y en especial, su acuerdo PIDAC con Irán.

Las inquietudes y concesiones israelíes fueron puestas de lado y ridiculizadas por Obama en cada oportunidad posible. A los partidarios de Israel, incluyendo a miembros del Congreso estadounidense, se les espió ilegalmente y se les censuro información, ideas o creencias. La comunidad judía estadounidense fue deliberadamente separada en organizaciones construidas por aliados a la administración precisamente con el propósito de neutralizar la unidad judía estadounidense en apoyo a Israel. Incluso los tan preciados paquetes masivos en ayuda militar a Israel fueron en parte esfuerzos para desestabilizar las industrias y exportaciones de equipos militares israelíes.

Estas fueron solo algunas de las actividades realizadas por la administración Obama, las cuales incluyeron espiar ilegalmente a periodistas y conspirar con la campaña de Clinton para iniciar así investigaciones a la administración Trump en salones fraudulentos, con el propósito de privarlo de legitimidad y de capacidad para conducir políticas externas e internas sin impedimento alguno.

Pero una antipatía única y singular hacia Israel como el impedimento a un realineamiento masivo en las relaciones de Estados Unidos con el mundo árabe y musulmán, en especial Irán, lo convirtió en objetivo para la administración Obama. Para Obama, a nivel político y aparentemente personal, la paz pudiera lograrse en todo el Medio Oriente solo si se resuelve el conflicto árabe-israelí, lo que significa poner fin a la “ocupación” y a los “asentamientos”. Estos parámetros se hicieron explícitos en el discurso de Obama en mayo del 2011: La paz estará basada explícitamente en las “fronteras” de 1967. Un estatus quo que fuese beneficioso para Israel y tolerable para los palestinos era el objetivo de la administración Obama, pero la presión sobre el tema del acuerdo sirvió únicamente para alejar a los palestinos de las negociaciones y que internacionalizaran el conflicto.

Uno puede argumentar que lo implacable del desprecio de Obama por Israel fue un periodo traumático para Netanyahu y sus funcionarios. El trauma es un término relativo, pero la antipatía de la administración Obama era algo evidente incluso para los observadores casuales. ¿Cuánto más obvio fue para los funcionarios israelíes? Es muy posible que todo esto haya elevado el tema de la soberanía a prioridades mucho mayores en la mente de aquellos responsables de tomar las decisiones quienes desean consolidar ventajas estratégicas y hacer menos posible las futuras concesiones exigidas por los Estados Unidos.

Las reacciones de Netanyahu a los esfuerzos de Obama en su contra y contra Israel pueden deducirse tomando sus numerosas declaraciones y completándolas con información sobre sus decisiones políticas más específicas. Este fue un choque entre dos egos gigantescos, cada uno con un sentido de misión histórica que les confrontó en oposición directa a los aspectos más críticos. Sin ser amigos, intensamente no se agradaban.

De igual manera que muchos de los esfuerzos realizados por la administración Obama, sus políticas tuvieron un efecto contrario a lo pretendido. Creyéndose más inteligentes que los demás, seguros de siempre estar del “lado correcto de la historia” y convencidos de que sus oponentes no solo estaban equivocados, sino que eran estúpidos y faltos totales de ética y moral, Obama y los miembros de su antigua administración tuvieron que ver sus políticas colapsar o ser despedazadas por Trump.

La sabiduría de las políticas tomadas por Trump y muy ciertamente el estilo con el que fueron creadas y ejecutadas, merece amplias críticas, incluso en el Medio Oriente. Pero el hecho es que ya nada queda de los esfuerzos por Obama de reforzar a la Hermandad Musulmana, darle una mano a Irán, aplacar a Turquía, permanecer fuera de Siria o depender de las instituciones internacionales. La soberanía puede ser otro legado involuntario de Obama, junto a los escombros de Libia.

Desde que Obama dejó su cargo en la presidencia, Netanyahu se ha visto acorralado por las continuas acusaciones de corrupción, su incapacidad de formar un gobierno a pesar de realizar tres elecciones, por la pandemia del coronavirus y las señales contradictorias de la administración Trump, que por sus propias razones tardó en revelar su plan de paz. Con las elecciones en los Estados Unidos a la vista, Netanyahu puede haber jugado torpemente la carta de la soberanía y casi al último minuto posible. Pero en ironías de la historia, la administración Obama puede que haya ayudado a acelerar un tren que de hecho iba a media máquina hacia su estación.

 

 

Alex Joffe es académico sénior no-residente en el Centro BESA y compañero miembro del Shillman-Ingerman en el Foro del Medio Oriente

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