La retirada de Israel del sur del Líbano analizada 20 años después – Por Profesor Efraim Karsh y Mayor General (ret.) Gershon Hacohen (BESA)

RESUMEN: En mayo del año 2000 la evacuación apresurada de Israel de su zona de seguridad en el sur del Líbano y la deserción de sus antiguos aliados locales del lugar empañó la postura disuasoria del Estado judío y ayudó a provocar una serie de enfrentamientos armados a gran escala con Hezbollah (2006), (la así-llamada “Intifada Al-Aqsa”) por la OLP y Hamas (años 2008/9, 2012 y 2014). La retirada transformó la zona sur del Líbano en una entidad terrorista inextirpable que puede hostigar el norte de Israel a voluntad y que aceleró la evolución de Hezbollah como una formidable potencia militar armada contando con un arsenal de 150.000 cohetes y misiles capaces de alcanzar cualquier parte de Israel. Esta también abolió el espíritu de lucha y de competencia operativa de las FDI, tal como lo ilustra su tibio desempeño durante la Segunda Guerra del Líbano (2006) y la Operación Margen Protector (en el año 2014).

Al calor de la noche, casi de madrugada del 24 de mayo 2000, 18 años después de invadir el Líbano con el objetivo explicito de eliminar la antigua amenaza terrorista a sus pueblos y aldeas del norte, Israel abandonó apresuradamente su auto-proclamada zona de seguridad al sur del Líbano y se desplegó del otro lado de la frontera. La evacuación, autorizada por el entonces primer ministro Ehud Barak un día antes para evitar que la organización terrorista Hezbollah, que acosó durante mucho tiempo a las fuerzas israelíes en el Líbano, la interrumpiera, fue ejecutada sin dejar ni una sola víctima en el camino.

Sin embargo, la humillación que siguió a la salida de las FDI bajo fuego de artillería de Hezbollah, dejando atrás armamento pesado y equipos militares (algunos de los cuales fueron bombardeados rápidamente por la fuerza aérea israelí para no dejar que caigan en manos de Hezbollah), así como también su abandono al Ejército del Sur del Líbano (ESL), que ayudó a sus operaciones antiterroristas durante años y que colapsó mientras muchos de sus combatientes y sus familias se retiraron en busca de asilo en Israel. Un destacado periodista israelí de izquierda, muy hostil a la retirada, comparó incluso “el aroma de la humillación [que] impregnaba el aire” con el del “último helicóptero sobre el tejado de la embajada [estadounidense] en Vietnam”.

Disuasión hecha trizas

Muy consciente por estas inquietantes imágenes, Barak rápidamente elogió la retirada como un éxito brillante en los que de un solo plumazo puso fin a la “tragedia libanesa israelí de 18 años” y neutralizó la amenaza terrorista impuesta por Hezbollah a la Galilea. “Combatir contra el terrorismo es como luchar contra los mosquitos”, le dijo Barak a la revista Time: “Uno puede perseguirlos uno a uno, pero no es nada rentable. Un enfoque más profundo sería drenar el pantano. Así que estamos drenando el pantano [marchándonos del Líbano]… Una vez que estemos dentro de territorio israelí, defendiéndonos dentro de nuestras fronteras, el gobierno libanés y el gobierno sirio son responsables de asegurarse de que nadie se atreva a atacar a los ciudadanos civiles israelíes o a las propias fuerzas armadas dentro de Israel. Cualquier violación de esto podría engendrar un acto de guerra y será tratado tal como le corresponde. No le recomiendo a nadie que intente probarnos una vez que estemos dentro de territorio israelí”.

Este pronóstico optimista no podía estar más lejos de la verdad. Lejos de drenar el “pantano terrorista” creado por Hezbollah, el retiro sirvió para expandirlo a proporciones gigantescas. Hezbollah aprovechó la desaparición de la zona de seguridad de Israel para transformar el sur del Líbano en una fortaleza militar inextirpable entrecruzada con defensas fortificadas, tanto en la superficie como en un complejo sistema de túneles subterráneos, diseñados para servir como trampolín para los futuros ataques terroristas dentro de territorio israelí, proteger el prospero y floreciente arsenal de cohetes y misiles de Hezbollah, (que se duplicó rápidamente luego de la retirada de 7.000 a 14.000) soldados e imponerle un alto costo a las fuerzas de ataque en caso de presentarse una conflagración general. De hecho las operaciones terrestres no-concluyentes de las FDI en la Segunda Guerra del Líbano (12 de julio al 14 de agosto, 2006), en los que apenas se aventuraron a incursionar unas pocas millas de la frontera durante los 34 días de combate, en marcado contraste con la invasión de 1982, que rápidamente se extendió alrededor de esta área y alcanzó Beirut en cinco días. Y, por lo tanto, el número de víctimas humanas fue relativamente alto: 164 víctimas mortales, o el 70% de las bajas en la zona de seguridad durante los 15 años anteriores a la retirada del año 2000.

Tampoco hizo mella sobre Hezbollah las advertencias hechas por Barak contra cualquier intento de “probarnos una vez estemos dentro de Israel” (o, en este caso, la amenaza del canciller David Levy de que “el Líbano arderá” en caso de que ocurran ataques terroristas desde su territorio). Junto al ya famoso comentario del Secretario General Hassan Nasrallah ridiculizando a Israel de “entidad más débil que una telaraña”, la organización lanzó repetidos ataques contra objetivos al norte de Israel a razón de 6 ataques por año. Estos ataques se iniciaron el 7 de octubre, del año 2000 – apenas cuatro meses después de la retirada – con el secuestro de tres soldados de las FDI que iban en una patrulla fronteriza (quienes, se supo luego, murieron en el ataque), culminando el 12 de julio, 2006 con el secuestro de dos soldados más (quienes también fueron asesinados en el proceso) y el asesinato de otros tres soldados en una redada a través de la frontera que desencadenó la Segunda Guerra del Líbano. Durante dicha guerra, Hezbollah disparó unos 4.000 cohetes y misiles contra pueblos y aldeas israelíes, el mayor ataque contra los centros de población del Estado judío desde la Guerra de la Independencia en 1948, matando a 45 civiles, infligiendo una destrucción masiva y enormes daños económicos y haciendo que miles de israelíes huyan de sus hogares hacia las partes más al sur del país.

Mientras los arquitectos israelíes de la guerra, censurados por una comisión oficial de investigación como “una gravísima torpeza”, intentaron representarlo como un brillante éxito que condujo a un prolongado período de calma, la conflagración no disuadió a Hezbollah de realizar ataques esporádicos contra objetivos israelíes en años posteriores o por la expansión sustancial de su acumulación militar en flagrante violación de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad, que puso fin a la guerra. Esto incluyó la expansión de sus ya considerables existencias de cohetes y misiles a un monstruoso arsenal de 150.000 de ellos junto al despliegue de miles de combatientes fuertemente armados y muy bien protegidos en el sur del Líbano en un constante estado de alerta con un fin en mente de invadir masivamente a Israel, ya sea directamente o a través de los ofensivos túneles subterráneos que penetran dentro de territorio israelí (algunos de los cuales fueron destruidos por las FDI en el año 2019).

Incluso la relativa calma de la posguerra ha tenido mucho menos que ver con el efecto disuasorio de la Guerra del Líbano (aunque Nasrallah luego admitió que hubiese evitado el secuestro a los soldados si hubiese sabido que esto conduciría a una guerra total) que la década en la que Hezbollah estuvo inmerso en la guerra civil siria y la renuencia de su amo y patrón iraní de desatar el total poderío de su protegido, pudiera muy bien disuadir un ataque directo israelí contra sus instalaciones de armas nucleares. Si la supuesta intención del Ministro de Defensa Barak y del Primer Ministro Netanyahu de lanzar tal ataque en el 2010-11 no hubiera sido cortada de raíz por sus cuerpos de seguridad y por la administración Obama, es muy probable que hubiese estallado una guerra total Hezbollah-Israel. Tal como están las cosas, dicha conflagración sigue siendo una posibilidad muy inequívoca, con amenazas impuestas a la seguridad por Hezbollah vía su arsenal de cohetes y misiles, que pueden dar en el blanco en cualquier lugar del Estado judío junto a la infinitamente mayor capacidad de invadir Israel y ocupar localidades israelíes de lo que fue en mayo del año 2000.

Precipitando la guerra terrorista palestina

Al defender su decisión en el Líbano 20 años después, Barak argumentó que la retirada mejoró la posición militar de Israel frente a los palestinos, ya que la continua presencia de las FDI en el Líbano hubiese limitado seriamente su capacidad para lanzar la Operación Escudo Defensivo (abril del 2002), que frenó por completo la guerra terrorista palestina (eufemizada como “la Intifada Al-Aqsa”) la cual comenzó año y medio antes.

En cuanto a su afirmación que la retirada del Líbano neutralizó la amenaza terrorista de Hezbollah, esta afirmación no solo es falsa sino totalmente inversa a la verdad: si no hubiese ocurrido la humillante retirada del Líbano, la “Intifada Al-Aqsa” pudiera muy bien no haber surgido ni mucho menos a la escala masiva en que se dio.

Al igual que la mayoría de sus hermanos árabes, los palestinos vieron la retirada del Líbano como una derrota humillante para el formidable ejército israelí que le fue propinada por una pequeña pero decidida fuerza guerrillera. Hamas y la organización Yihad Islámica aplaudieron el logro de Hezbollah como prueba de lo indispensable que es la “lucha armada”, mientras que miles de palestinos celebraron la retirada con pancartas que leían “El Líbano hoy, Palestina mañana”. Incluso los árabes israelíes se vieron cada vez más atraídos por la expansión de la red terrorista y de espionaje de Hezbollah dentro de Israel en los años posteriores a la retirada.

Mucho más importante fue que la naturaleza humillante de la retirada ayudó a convencer al Presidente de la OLP Yasser Arafat, quien vio el “proceso de paz” de Oslo (iniciado en septiembre de 1993) como un medio estratégico no para una solución de dos estados sino para sustituir un estado palestino por el estado de Israel, de que las ventajas de retornar a la violencia generalizada superaron con creces sus desventajas potenciales ya que Israel no tenía afán de involucrarse en un conflicto prolongado. Si los israelíes no podían soportar 20-25 bajas por año (menos de una décima parte del número de muertos que ocurren en accidentes de tránsito en sus autopistas) en su lucha contra Hezbollah, seguramente no soportarían una cifra de muertes mucho más alta asistiendo a una prolongada y total “campaña de resistencia” palestina. En la cumbre de Camp David celebrada en julio del año 2000 que buscó alcanzar un acuerdo de paz integral palestino-israelí, Arafat les advirtió explícitamente a sus homólogos israelíes de que “nosotros podemos asegurarnos que el precedente de Hezbollah se repita en los territorios” y esa amenaza fue amplificada rápidamente por sus principales secuaces luego de celebrarse la cumbre. Una encuesta de opinión pública palestina halló que dos tercios de los encuestados estaban ansiosos por ver que su liderazgo sigue los pasos y el camino violento de Hezbollah.

Esto es en realidad lo que sucedió con el estallido de la “Intifada Al-Aqsa” en septiembre del año 2000, la confrontación más sangrienta y destructiva entre israelíes y palestinos desde la guerra de 1948 – que cobró más de 1.000 vidas israelíes. Y aunque el terrorismo de Cisjordania fue reducido en gran medida a comienzos de la década del año 2000 a través de continuas operaciones de contrainsurgencia y la construcción de una barrera de seguridad, la Franja de Gaza se convirtió en una entidad terrorista formidable que representa un claro y presente peligro para la gran mayoría de la población de Israel. Si bien esta puede ser contenida a través de repetidas campañas militares (como por ejemplo, la de los años 2008-9, 2012 y 2014), no puede ser erradicada en su totalidad.

Debilitando a las FDI

Un elemento fundamental por el cual Barak justificó la retirada fue su supuesto beneficio para las FDI. “Si actuamos para cambiar la realidad en la dirección correcta, esto nos fortalece. No nos debilita”, le dijo a la revista Time Magazine luego de la retirada. “Yo no he visto fuerzas armadas que se hayan fortalecido o alguna nación que se haya vuelto más segura de sí misma combatiendo contra guerrillas en otro país”.

Por supuesto, existe un mundo de diferencia entre una gran potencia que combate contra grupos guerrilleros a miles de kilómetros de su suelo natal y un pequeño estado que defiende a sus ciudadanos y a sus centros de población de los posibles ataques terroristas lanzados desde el otro lado de la frontera, incluso si esto significa llevar la lucha al territorio del estado agresor. Al abdicar este componente crucial de autodefensa, la retirada del Líbano no solo llevó a una organización terrorista comprometida con la destrucción de Israel a estar prácticamente a distancia visual de sus vecindarios fronterizos e hizo que el desalojarlos de esta área fuese una tarea extremadamente difícil de realizar: este también abolió el espíritu de combate y las operaciones de competencia de las FDI. El espíritu audaz, emprendedor y proactivo que caracterizó a esta fuerza desde su inicio dio paso a una disposición reactiva, dogmática y pasiva que respondía a eventos y situaciones en lugar de anticiparlos y que se contentaba con contener la confrontación en lugar de derrotar al enemigo.

Para ser justos con Barak, esta transformación reflejó un malestar conceptual que ha ido impregnando los escalafones superiores de las FDI durante algún tiempo. Este malestar se profundizó con el lanzamiento del “proceso de paz” denominado Oslo, mediante el cual la lucha por la victoria fue reemplazada por la convicción de que la naturaleza cambiante del conflicto árabe-israelí — desde las guerras internas estatales hasta guerras de poca y baja intensidad entre Israel y las organizaciones terroristas y de guerrillas — hizo que las decisiones militares fuesen prácticamente imposibles debido a que estos grupos (mucho más débiles) representaban “movimientos de resistencia auténticos”, para utilizar las propias palabras de Barak, que debían de ser aplacados políticamente.

Este enfoque, que efectivamente le transfirió la responsabilidad de derrotar el terrorismo al liderazgo político, se manifestó por primera vez en el fracaso de las FDI para reprimir la intifada palestina (entre los años 1987-93), que solo terminó con la firma de los Acuerdos de Oslo. En este punto también, Barak desempeñó un papel clave en su calidad de subdirector del estado mayor (1987-91) y jefe del estado mayor (1991-95). Este recibió un gran impulso con la retirada del Líbano hecho ocurrido en mayo del 2000 y la ilusión de eliminar la amenaza terrorista puesta por Hezbollah a través de una retirada política y que fue repetida durante los primeros meses de la “Intifada Al-Aqsa”, cuando las FDI (bajo el liderazgo directo del Ministro de Defensa Barak) buscó contener en lugar de suprimir la conflagración.

Incluso luego de la aplastante derrota electoral de Barak ocurrida en febrero del 2001 contra su oponente Ariel Sharon, muy probablemente el general más ilustre y siempre a la ofensiva de Israel, tomó algo más de un año lidiando con un terrorismo sin precedentes que puso fin a las vidas de cientos de israelíes y que extendió el caos en los centros de población de Israel antes de que las FDI pasaran a la ofensiva y quebraran la espina dorsal del terrorismo palestino en Cisjordania (más no en Gaza). Tanto es así que el Primer Ministro Sharon, quien fue elegido con la esperanza de reprimir rápidamente la guerra terrorista palestina, se vio obligado a justificar este extraordinario retraso con insignificantes y trillados cliché tales como “moderación es poder” y “lo que puede verse desde este lugar [la oficina del primer ministro] no puede verse desde otra parte”.

Otras desviaciones a los preceptos sagrados en las iniciativas, maniobras y en llevar los combates de las FDI al territorio enemigo se exhibieron durante la Segunda Guerra del Líbano y en la Operación Margen Protector (del año 2014), donde los líderes militares esperaban poner fin al conflicto mediante ataques aéreos y solo de mala gana, comprometieron a las fuerzas terrestres en una etapa posterior y de una manera muy prudente y cautelosa. A fin de ocultar su decreciente afán por las operaciones terrestres, el liderazgo de las FDI negó persistentemente las amenazas estratégicas impuestas por el terrorismo a la seguridad nacional de Israel, enfatizando la (supuesta) ausencia de una solución militar al problema y la necesidad de su resolución a través de medios políticos. Por lo tanto, la afirmación hecha por el Jefe del Estado Mayor Moshe Yaalon de que el debilitamiento político de Hezbollah culminara con todos sus cohetes y misiles “oxidados en sus plataformas de lanzamiento”; y de ahí la obstinada ignorancia a los túneles subterráneos terroristas de Hezbollah y Hamas y los riesgos y peligros que estos representan. Recientemente en los meses de julio-agosto del 2014, mientras Israel se veía involucrado en una guerra a gran escala con Hamas, el Ministro de Defensa Yaalon y el liderazgo de las FDI, junto a los jefes del Shin Bet y del Consejo de Seguridad Nacional, continuaron minimizando 1a importancia estratégica de tales túneles y ni hablar de proveerle al consejo de guerra un plan concreto para su destrucción, a pesar de que Hamas utilizó un túnel de este tipo antes del 2006 para infiltrarse en Israel, secuestrar a un soldado israelí y asesinar a otros dos.

El Jefe del Estado Mayor de las FDI Moshe Dayan (1953-58), bromeó de que preferiría contener caballos galopando que a mulas perezosas. La humillante retirada del Líbano en mayo del año 2000 aceleró la transformación del liderazgo de las FDI en la dirección opuesta, mientras que aumentó en gran medida los peligros a la seguridad nacional de Israel en los frentes libanés y palestino a niveles hasta ahora sin precedentes. Uno solo puede esperar que su vigésimo aniversario sea utilizado para realizar una reflexión genuina, un recuento de situaciones y un retorno a las formas atrevidas y a los días y maneras distintivas de victoria de las FDI.

 

El profesor Efraim Karsh es director del Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat, profesor emérito de Estudios del Medio Oriente y del Mediterranean King’s College de Londres además de editor de la publicación Middle East Quarterly.

 

El Mayor General (ret.) Gershon Hacohen, ex comandante del cuerpo y comandante de los Colegios Militares de las FDI, es investigador principal en el Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat.

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