La renuncia de Lieberman y el “legado de paz” de Rabin- Por Profesor Efraim Karsh (BESA)

Es toda una ironía histórica que la renuncia del ministro de defensa Avigdor Lieberman la semana pasada se produjo poco después del 23avo aniversario del asesinato de Itzjak Rabin, ya que puede verse claramente como la última víctima del “legado de paz” del primer ministro asesinado. No solo porque la acción fue provocada por la última conflagración a lo largo de la Franja de Gaza, transformada por el “proceso de paz” de Oslo en una entidad terrorista imposible de erradicar que ha asesinado y mutilado a miles de israelíes y le ha hecho la vida imposible a muchos otros, sino porque el proceso ha desestabilizado el sistema político israelí y lo ha hecho rehén a los caprichos de los líderes palestinos.

En los 25 años transcurridos desde la firma de los Acuerdos de Oslo en septiembre de 1993, solo uno de los 10 gobiernos israelíes reinantes ha completado su periodo en su totalidad y un periodo finalizado con el sin precedentes asesinato del primer ministro titular. Mientras tanto, el promedio de vida útil del parlamento se ha reducido de 3.6 años a 3 años y se han formado, hecho trizas y disuelto un número impresionante de partidos.

Dado que el conflicto con los árabes palestinos ha empañado el renacimiento nacional judío durante casi un siglo, era natural que la aparente promesa de su inminente resolución generara una ola de euforia entre los judíos israelíes. Durante más de un año, ignoraron el largo rastro de sangre y destrucción provocado por el acuerdo, cuyas numerosas víctimas fueron definidas por Rabin como “las víctimas del acuerdo de paz”. No fue hasta finales de enero del 1995 cuando se las sacudió de su auto-ilusión por las salvajes celebraciones en Gaza al asesinato de 19 israelíes en un atentado suicida, en donde el Presidente de la OLP Yasser Arafat, desafió públicamente la petición de Rabin de condenar tal atrocidad.

Para el momento de su asesinato el 4 de noviembre, 1995, Rabin le seguía muy de cerca a Binyamin Netanyahu en la mayoría de las encuestas. Y si bien esta tendencia se revirtió instantáneamente con el asesinato y la repulsión nacional resultante al hecho, fue restablecido a comienzos de marzo, 1996 mediante una serie de ataques terroristas que pusieron fin a las vidas de 58 israelíes en el lapso de una semana y catapultaron a Netanyahu al cargo de primer ministro dos meses después.

Sin embargo, tal fue el alcance del anhelo de paz de los israelíes que muchos de ellos continuaron haciéndose la vista gorda ante la creciente evidencia por la perfidia de la OLP, viendo la insistencia de Netanyahu de que la organización cumpla con sus obligaciones como un obstáculo para la “paz”. Y fue así que a pesar de la fuerte reducción en las muertes por el terrorismo durante su permanencia, de 210 durante los gobiernos de Rabin-Peres a 72, precisamente 3 años después de haber alcanzado el cargo de primer ministro en la cima de la desilusión con el “socio de la paz” palestino, Netanyahu fue sacado de su cargo al reavivar esperanzas de restablecer esta “asociación”. De que un período empañado por ataques terroristas asesinos (1993-96) fue una vez más malinterpretado como un “proceso de paz” mientras que uno caracterizado por la disminución del terrorismo y la mejora de las condiciones socioeconómicas en los territorios (1996-99) fue visto como antiético a la paz, fue un triste testimonio de la disonancia cognitiva de la mayoría de los israelíes para ese momento.

Sin embargo, en poco tiempo, el primer ministro para ese entonces Ehud Barak había dejado de serle útil a Arafat y se vio obligado a seguir los infelices pasos de su predecesor: el cuarto primer cambio ministerial inducido por los palestinos en Israel en 6 años.

Cuando, en julio del año 2000, en la cumbre de paz convocada por Estados Unidos en Camp David, Barak cedió virtualmente todo el territorio de Cisjordania y la Franja de Gaza al naciente estado palestino e hizo impresionantes concesiones respecto a Jerusalén, la respuesta de Arafat fue una guerra terrorista total, a un nivel de violencia local inigualable en alcance e intensidad desde el intento de abortar la creación del estado judío en 1948.

En un intento desesperado por salvar a su tambaleante gobierno, Barak aceptó las concesiones propuestas por el entonces presidente Clinton (diciembre del año 2000), que Arafat de plano desestimó. Barak hizo aún más concesiones durante la cumbre de enero del 2001 en el balneario egipcio de Taba, en el Mar Rojo, que según el informe palestino incluyó el reconocimiento del “derecho al retorno”, el lema palestino para la destrucción de Israel a través de subvertirlo demográficamente. Esto tampoco logró salvar el día y el 6 de febrero, 2001 Barak sufrió la peor derrota electoral en la historia de Israel. Fue reemplazado en el cargo de primer ministro por el líder del Likud Ariel Sharon.

La derrota de Barak fue principalmente un voto de no-confianza a su capacidad de lidiar el conflicto con los palestinos, justo cuando su aplastante victoria 2 años antes fue una condena a Netanyahu. Sin embargo, fue emblemático al intratable declive del partido laborista. Así como el fracaso del partido en anticiparse a la guerra de octubre de 1973 resultó en su pérdida de poder por primera vez desde la creación del estado de Israel, al igual que el sangriento colapso del proceso de Oslo le asestó un golpe mortal a sus aspiraciones de liderazgo nacional.

En 1992, el Partido Laborista liderado por Rabin ganó las elecciones con una cómoda mayoría de 44 escaños a 32. Para el año 1999, su representación parlamentaria disminuyó a 26 (aunque el Likud sufrió un retroceso similar debido a la generalizada desilusión con Netanyahu). El Partido Laborista descendió a 19 escaños en el 2003 (la mitad de la fuerza del Likud) y a un mero 13 en el 2009. Y mientras el Laborista logró una recuperación parcial en las elecciones del 2015 al unirse a un partido recién establecido, no ha logrado recuperar el liderazgo nacional desde la derrota de Barak en el 2001. El Likud, por el contrario, ha disfrutado de 4 victorias electorales durante el período (en los años 2003, 2009, 2013 y 2015).

Más aún, incluso la única derrota electoral del Likud durante esos años, en el 2006, cuando fue reducida a solo 12 escaños en el Knesset, fue un tema de forma en lugar de sustancia, derivado de la salida de Sharon del partido, junto a decenas de líderes políticos y la formación del Partido Kadima. Sharon quedó incapacitado por un derrame cerebral poco antes de las elecciones del 2006. Pero su gran popularidad por haber sofocado la guerra del terrorismo de Arafat bastó para catapultar a Ehud Olmert, su sucesor accidental, al cargo de primer ministro y permitirle a Kadima ganar las elecciones subsiguientes del 2009 por el más delgado de los márgenes (aunque fue Likud quien logró formar un gobierno), solo para desaparecer en el olvido en las elecciones del 2013.

Y es ahí donde radica la principal debacle política generada en Oslo. Mientras que el diverso sistema político israelí ha visto el ascenso y caída de los partidos sectoriales desde los primeros días de la creación del estado, la proliferación de “partidos alternos” prosperando del anhelo general de cambio mientras atienden servicial y efectivamente las ambiciones políticas de sus fundadores alcanzó nuevas alturas durante los años de Oslo, con el partido que una vez dominó en Israel hundido rápidamente en la total irrelevancia.

La disonancia cognitiva entre el reconocimiento de la perfidia palestina y el prolongado anhelo de paz llevó a muchos israelíes a aferrarse a la esperanza de cualquier celebridad que vendiese su imagen al escenario político. Así fue como logramos obtener al naciente Tercer Partido, que obtuvo 4 escaños en 1996, solo para esfumarse 3 años después. Este fue seguido por el Partido Centrista, dispuesto de manera similar, que obtuvo 6 escaños en 1999 antes de desaparecer de la escena política en las elecciones del año 2003, cuando otro partido de los así llamados ‘un solo período’ – Un Pueblo – llegó a existir brevemente y sin complicaciones. El partido de un único periodo Shinui (Cambio), una filial del Movimiento Democrático para el Cambio (DASH), que desempeñó un papel clave en el ascenso del Likud en 1977, logró obtener 6 y 15 escaños en las elecciones de 1999 y del 2003 respectivamente, antes de desaparecer por completo en el 2006.

Kadima, tal como vimos, tuvo una mejor actuación al obtener optar por el cargo de primer ministro en el 2006, pero también desapareció de la escena política para el momento de las elecciones del 2013. Lo mismo ocurrió con El Movimiento (Hatenua), formado por la desertora del Likud ahora convertida en refugiada de Kadima Tzipi Livni, quien se fusionó con el Partido Laborista en las elecciones del 2015 para formar la ya conocida Unión Sionista.

El partido Yesh Atid, liderado por la ex-personalidad de la televisión Yair Lapid, quien realizo su impresionante debut en el año 2013 (19 escaños, descendiendo a 11 en el 2015) y el Partido Kulanu, liderado por el desertor del Partido Likud Moshe Kahlon, que entró en la contienda política en el 2015 con (10 escaños), muy probablemente sobrevivirá a las elecciones del 2019. Sin embargo, estos están seguros de recibir una verdadera paliza por parte de los partidos alternos (aún por establecerse) liderados por el Miembro del Knesset Orly Levy y el ex-jefe de estado mayor de las FDI Benny Gantz.

La creciente popularidad de Gantz, a pesar de la falta total de conciencia pública a sus opiniones políticas y a su nada impresionante historial militar (habiéndose convertido en jefe del estado mayor por defecto tras la descalificación técnica del candidato electo), es particularmente confusa. En todo caso, este se asemeja al espectacular ascenso del medio ingenioso personaje Chauncy Gardner de la novela ‘Desde el Jardín’ de Jerzy Kosinsky (inmortalizado por Peter Sellers en su versión de la película de 1979), que logró conquistar a los capitanes de la economía estadounidense y al establishment político a través de su prolongado silencio reducido a expresiones obtusas, aun así ostensiblemente significativas.

La posibilidad nada irreal de que una de estas celebridades “alternas” pueda verse a sí misma en la oficina del primer ministro debería alarmar a los israelíes y es a mi entender un triste testimonio de hasta donde ha llevado el proceso de Oslo al estado de Israel y a su sistema político.

 

El Profesor Efraim Karsh es director del Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat, profesor retirado del tema estudios sobre el Medio Oriente y del Mediterráneo en el Instituto Universitario King´s College de Londres y editor de la publicación trimestral Medio Oriente.

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