Los líderes del bloque de centro-izquierda, y los empresarios sin entendimiento político que los apoyan, se niegan a internalizar que justamente la insistencia en la estrategia “Solo no Bibi” es lo que los condujo a un deterioro sin precedentes.
Recientemente, el Dr. Shmuel Harlap, presidente del grupo Colmobil y uno de los magnates más importantes del país, publicó un artículo en el que llamó a formar otro gobierno de cambio, encabezado por Avigdor Liberman y en asociación con Yair Golan. Harlap explicó que Golan y Liberman “comparten valores comunes y una visión similar para Israel. Ambos están comprometidos con la democracia liberal, la llegada a un acuerdo político con los palestinos y el fortalecimiento del vínculo de Israel con EE.UU. y los países occidentales”, y por tanto podrían formar un gobierno que “traiga un mensaje, esperanza y renovación, tanto en el ámbito interno de Israel como en su posición internacional”.
Si alguien del campo centro-izquierda hubiese escrito estas líneas hace cinco años, habría sido objeto de burla y escarnio. Liberman y Golan se hallan en extremos opuestos del espectro político, especialmente en cuanto a políticas hacia los palestinos (ya sea respecto a la ANP y Judea y Samaria, como hacia Hamás y Gaza), y ellos mismos no habrían aceptado ningún intento de vincularlos. La propuesta de Harlap está desconectada de la realidad y proviene de una falta de entendimiento político sobre lo que realmente podría llevar al reemplazo de Netanyahu.
En este artículo no pretendo criticar a Harlap, un empresario sumamente talentoso y persona brillante, que entre otras cosas hizo un doctorado en filosofía política en Harvard, sino al fenómeno que representa: magnates llenos de logros que creen que sus éxitos en el ámbito empresarial les otorgan conocimiento y entendimiento en el campo político. Es evidente que todo individuo tiene derecho —e incluso obligación— de sostener posiciones políticas, económicas y sociales, y es natural que actúe para promoverlas. Pero estos empresarios creen que también son expertos en estrategia y táctica política. Se niegan a comprender que la política es una profesión que exige habilidades y experiencia, y que no se puede aprender política leyendo análisis en el periódico.
En los últimos años he mantenido muchas conversaciones con magnates involucrados políticamente como Harlap, durante las cuales intentaron enseñarme cómo hacer política y promover movimientos políticos. Una vez me senté con un empresario brillante en su rubro, pero tan alejado de la política como el este del oeste, y durante media hora me explicó sobre estrategia política. Lo escuché atentamente, aunque su análisis carecía completamente de fundamento, y entonces le respondí: “Imagínate que yo te diera una cátedra de media hora sobre cómo deberías dirigir tus negocios, sin tener idea alguna sobre ellos. ¿Qué pensarías de mí? Pues eso mismo pienso yo de ti”.
Muchos de estos magnates financian los movimientos de protesta “kaplanistas” contra el gobierno y las iniciativas políticas que intentan derribarlo, y también tienen vínculos directos con los líderes de la oposición. Es decir, estos aficionados a la política tienen gran influencia sobre los movimientos políticos, tanto de la oposición parlamentaria como de la extraparlamentaria. No obstante, aunque oposición y protesta lograron algunos éxitos políticos en los últimos dos años —por ejemplo, en frenar la reforma judicial—, en su misión principal, derrocar al gobierno de Netanyahu, fracasaron estrepitosamente (y si el actual gobierno no fuera tan incompetente, habría logrado pasar toda la reforma a pesar de la oposición y de los manifestantes de Kaplan).
Este es un fracaso político que se arrastra hace más de una década. A pesar de cientos de millones que empresarios transfirieron a organizaciones de protesta y sociedad civil para reemplazar los gobiernos de Netanyahu, aún no logran vencer a la derecha en las urnas. De hecho, el “logro” principal de la protesta contra el gobierno es que los líderes del campo centro-izquierda temen confrontar a los kaplanistas más extremos en cualquier tema: los líderes se convirtieron en dirigidos.
La oposición y la protesta son tan fallidas que, aunque el gobierno y Netanyahu, que lo encabeza, son responsables del peor desastre que ha golpeado al pueblo judío y al Estado de Israel desde el Holocausto, en lugar de que la oposición desmantele la coalición, fue la coalición la que desmanteló a la oposición. A pesar de los ataques de Yair Lapid, Benny Gantz y Yair Golan contra Netanyahu, y a pesar de las campañas publicitarias millonarias que lanza la protesta kaplanista contra Bibi, el primer ministro se fortaleció políticamente. Muchos de sus votantes, que lo habían abandonado tras la masacre, ya volvieron a apoyarlo. Su gobierno hoy es más estable que antes del 7 de octubre, y las elecciones se celebrarán cuando él lo decida, o incluso antes.
Este fracaso de la oposición es una falla política estruendosa, producto de la sumisión de los líderes del centro-izquierda a los kaplanistas más extremos, lo cual provocó que la coalición se unificara cada vez que se debilitaba. Por eso, cuando hablo con magnates que donan tanto dinero a organizaciones e iniciativas kaplanistas, les digo que si dirigieran sus negocios como gestionan los esfuerzos por derrocar al gobierno, ya habrían quebrado hace tiempo.
Y sin embargo, surge la pregunta: ¿cómo puede alguien tan inteligente como Harlap proponer una estrategia política tan absurda como la de su artículo? Como muchos otros del campo centro-izquierda, Harlap está desesperado ante las repetidas victorias del bloque de derecha-ultraortodoxo liderado por Netanyahu. Quiere derrocar a Bibi a toda costa, y su solución al debilitamiento del apoyo público al centro-izquierda es crear una segunda coalición de cambio, esta vez encabezada por Liberman. Eso es un amateurismo político clamoroso. Más allá de que Bennett no cederá la jefatura del gobierno a su viejo rival, mucho menos si obtiene más escaños que Liberman, está claro que una coalición así sería tan frágil como la primera —o incluso más.
Los elogios que Harlap derrama sobre Liberman son testimonio inequívoco de la desesperación absoluta que se ha apoderado del campo centro-izquierda ante sus reiterados fracasos políticos. Asegura que Liberman está comprometido con un acuerdo con los palestinos, pero en realidad se trata de un ultraderechista que quiere anexar unilateralmente el Valle del Jordán y otras partes de Judea y Samaria, apoya la expansión de asentamientos incluso en zonas densamente pobladas por palestinos y quiere desmantelar la Autoridad Palestina. Habla de los “valores” de Liberman, el mismo hombre al que no hace mucho en el centro-izquierda se le llamaba “el político más corrupto de Israel” (cuando me atreví a defender a Liberman en su momento y a decir que era perseguido por la fiscalía, me atacaron con furia).
El nivel de desesperación de Harlap es tal que ahora se embelesa con el compromiso de Liberman con la democracia liberal, cuando apenas el mes pasado el propio Harlap explicó cómo la propuesta de Liberman de negar el derecho al voto a quienes no hacen el servicio militar “anula uno de los grandes logros de la democracia liberal”. Seguramente también olvidó cómo Israel Beitenu presentó en el pasado proyectos de ley para limitar el poder de la Corte Suprema, por ejemplo retirando su autoridad para intervenir en decisiones de la Comisión Electoral Central sobre permitir o prohibir la participación de candidatos o listas en las elecciones.
También los elogios de Harlap a Yair Golan resultan asombrosos. Golan, que apoya el movimiento de insumisión, que alienta la desobediencia civil y que pidió a los jefes del sistema de seguridad dar un golpe contra un gobierno electo, está muy lejos de una democracia liberal y mucho más cerca del bolchevismo.
Ninguna alternativa ideológica
No obstante, el error político de Harlap es aún más profundo que proponer una coalición políticamente inviable encabezada por un ultraderechista y con participación de un bolchevique. Simplemente no logra entender qué llevó al centro-izquierda a su deterioro político sin precedentes, y por eso sigue insistiendo en la estrategia RALB (Solo no Bibi), que solo ha destrozado al campo centro-izquierda.
Es importante recordar que, a pesar del repudio personal a Bibi, el campo centro-izquierda ha adoptado sus posiciones políticas y de seguridad. Por ejemplo, pese a lo que dicen desde el 7 de octubre, Lapid y Gantz (y Bennett) apoyaron durante años la política de contención hacia Hamás de Netanyahu. Incluso Golan, “el izquierdista”, explicó cómo la política de dividir Judea y Samaria de Gaza era “un activo de seguridad significativo”, y llegó a decir que “Hamás hace tiempo que es un socio”.
Esta semana, el presidente Isaac Herzog elogió los asentamientos en Judea y Samaria, a los que llamó “el muro de defensa de Israel” (cuando todos —en la derecha, el centro y la izquierda— saben que la finalidad de los asentamientos es llevar a la anexión y crear un Estado binacional), y Gantz coincidió con él diciendo que evacuar los asentamientos del norte de Gaza fue un error (Smotrich dice que al comienzo de la guerra Gantz incluso quiso restablecer tres asentamientos allí).
Harlap ni siquiera intenta reavivar el verdadero debate que antes existía entre la derecha —que apoya la anexión y el control sobre cinco millones de palestinos, lo que lleva a un Estado binacional con mayoría árabe— y el centro-izquierda, que aboga por un Estado judío con mayoría nacional sólida. Y cuando propone que un derechista como Liberman lidere el gobierno, está de hecho adoptando las posturas políticas y de seguridad de la derecha.
La razón principal por la cual el campo centro-izquierda no logra vencer a Netanyahu desde 2009 es la renuncia total a presentar una alternativa ideológica al bloque de la derecha, prefiriendo la estrategia RALB. Su fracaso político continuo ha hundido al centro-izquierda en una desesperación tan profunda que lleva a personas de ideas izquierdistas a apoyar a derechistas extremos como Bennett y Liberman, porque ya nada les importa salvo “Solo no Bibi” y la fantasía de que esos dos lograrán vencerlo en elecciones.
Por tanto, ha llegado la hora de cambiar de rumbo. El campo centro-izquierda debe abandonar la estrategia RALB, que lo condujo a derrotas electorales y a un abismo político sin precedentes, y volver a una política ideológica y constructiva. Netanyahu y los partidos de derecha jamás abandonaron su ideología anexionista, que conduce a un Estado binacional de apartheid, y el centro-izquierda debe enfocarse en presentar al público una alternativa ideológica clara, en el espíritu de la elección de Ben-Gurión: un Estado judío en parte de la Tierra de Israel en lugar de un Estado binacional en toda la Tierra de Israel. Lamentablemente, de los actuales líderes del centro-izquierda no vendrá salvación alguna, y deben irse a casa, cuanto antes mejor.



