La narrativa del victimismo palestino es un obstáculo para la paz – Por Coronel (retirado) Dr. Eran Lerman

RESUMEN: La falsa narrativa palestina de la victimización unilateral es un obstáculo importante para todos los esfuerzos hacia la paz entre israelíes y palestinos. Los actores globales deben ayudar a los palestinos a moverse más allá de seguir revolcándose en la autocompasión y los rituales de ataques hacia Israel, realizando difíciles compromisos con Israel.

El discurso pronunciado por el líder de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, en la Asamblea General de la ONU la semana pasada fue una prueba, una vez más, que el “relato” palestino de ser la víctima se ha convertido en una amenaza para cualquier perspectiva práctica hacia la paz. Los líderes palestinos fomentan consistentemente una interpretación de la historia que está en contradicción no sólo con los hechos, sino también con los mejores intereses para su pueblo.

En el centro de la narración quejumbrosa de Abbas se ubica la noción que los palestinos son víctimas inocentes, cuyo derecho a la estadidad y la independencia se la han quitado y han sido brutalmente ignorados durante demasiado tiempo. En este relato de la historia, los palestinos merecen ser respaldados por una intervención coercitiva, lo antes posible, con el fin de imponer a Israel una solución que ejecute sus “derechos”.

Esto incluiría la aplicación de “todas las resoluciones pertinentes de la ONU” – lo que significaría para ellos la resolución de la Asamblea General de la ONU 194 (el llamado “derecho de retorno”), así como la mal interpretación de la resolución 242 que según ellos exige el retiro israelí a las líneas del 4/6/1967.

Más aún, esto se traduce en la demanda, hecha explícita por Abbas, para una “protección internacional” (Himayah Duwwaliyyah); un término de importancia práctica incierta, pero que es indicativa de la resistencia palestina para trabajar en la ardua labor de alcanzar un compromiso viable con Israel.

No hay lugar, en sus palabras, para la larga letanía de los errores del pasado y los errores de juicio palestinos. Estos son hábilmente borrados del expediente. No se hace mención del reciente aumento de las actividades terroristas palestinas; ninguna mención de la decisión palestina de alejarse del marco propuesto por el secretario de Estado estadounidense, John Kerry; tampoco se habla sobre los bombardeos habituales del Hamás contra objetivos civiles israelíes.

Tampoco se hace mención del fracaso de todos los esfuerzos de paz del pasado; del hecho de que sólo en 1988 la OLP (supuestamente) reconoció el derecho de Israel a existir. No se hace referencia a los largos años de terror, incluyendo el ataque de Munich en los Juegos Olímpicos de 1972; ningún indicio de su rechazo a la partición en 1947; ninguna mención de la relación Hajj Amin al-Husseini con Hitler y Himmler; ninguna mención de la masacre de los  judíos en Hebrón en 1929 y Yafo en 1921.

En otras palabras, todo lo que los palestinos han sufrido – y aunque su sufrimiento es real, palidece en comparación con lo que se ha abatido sobre el pueblo sirio y sobre otros de la región en los últimos tiempos – y todo eso es “culpa de otra persona”. Es culpa de Israel, por encima de todo, y del mundo.

Con los años, esta narrativa de victimización se ha vuelto tan arraigada que ha pasado a ser parte integral de la identidad palestina. Yasser Arafat, incluso tenía una manera de insinuar que Jesús de Nazaret debía haber sido palestino, dado su sufrimiento. El reconocimiento de los aspectos trágicos de la historia palestina, incluyendo la “Nakba” (catástrofe), que viviendo en el año 1948, se ha convertido en algo común en Israel y en otros lugares.

Sin embargo, las referencias al papel propio jugado por los palestinos en la cadena de acontecimientos que llevaron a sus derrotas siguen siendo bastante raro – más aún entre escalafones políticos más altos. Esto, a su vez, alimenta no sólo el sentimiento de agravio y las justificaciones que siguieron a la violencia. Es una barrera activa para cualquier compromiso práctico y para la reconciliación y la paz.

De vez en cuando, algunos intentos – muy escasos – se han hecho para destetar a los líderes palestinos y a la gente de estos hábitos. El ex coordinador de la paz estadounidense en Oriente Medio Dennis Ross recuerda (en su libro de 2004 The Missing Peace: La historia interna de la Lucha por la Paz en Oriente Medio) cómo el presidente Bill Clinton tejió inesperadamente este tema entre sus comentarios ante el Consejo Nacional Palestino en Gaza en diciembre de 1998, “actuando tanto más como un predicador y maestro que como líder mundial”. Lo hizo mediante la invocación de un discurso pronunciado por el primer gobernador de Arkansas después de la Guerra Civil de Estados Unidos, obviamente, un tema de gran importancia emocional para un Presidente que había servido en la misma posición muchos años más tarde, y que estaba dolorosamente familiarizado con la trágica historia del sur. Las palabras que citó eran concisas y directas: “Todos hemos hecho mal”. Este hecho pudo haber sido, como sintió Dennis Ross, “el mejor discurso dado nunca para la paz”. Pero se equivocaba al afirmar que “los palestinos en la sala estaban visiblemente emocionados” – por lo menos no por la historia de Arkansas. Aquellos de nosotros que observaron el discurso señalamos que el texto se había alejado del original pero que en realidad este había caído en oídos sordos. Su significado no parecía afectar al público palestino.

Hablar de la paz se ha convertido en algo aceptable, pero cruzar el umbral de la aceptación del mutuo victimismo – y la responsabilidad moral mutua – va más allá de las capacidades palestinas, tanto entonces como ahora. Aún así, este esfuerzo debería perseguido persistentemente. Pero no lo es.

Esto no quiere decir que Israel tiene que apoyar una estrategia de contra-acusación, destacando el victimismo judío. A pesar de todo lo que ha ocurrido desde el año 2000 (o Oslo, o Madrid) el punto no es que aunque el otro no se haya comprometido eso nos da derecho a rechazar la posibilidad de un acuerdo negociado. Abbas parecía usar esa línea de argumentación en su reciente discurso de la ONU. Pero esto no es la mejor opción para Israel. De hecho, en su discurso ante la ONU el primer ministro Netanyahu eligió hacer hincapié en que la mano de Israel estando extendida para la paz y que un gran avance es todavía posible.

Lo que hay que hacer, sin embargo, sobre todo en la disputa o en el discurso con aquellos que simpatizan con la causa palestina (ya se trate de los BDS o los interlocutores más pronunciados) es señalar una y otra vez que la aprobación de la narrativa victimista palestina daña el propio futuro de los palestinos.

Al etiquetar el proyecto sionista como “colonialista” en su naturaleza (es decir, transitorio y perecedero), los que lo hacen es ayudar a consignar al pueblo palestino a un callejón sin salida ideológica, política y diplomática.

Han pasado más de dos años desde que Kerry utilizase una fórmula sencilla para llegar el éxito, mientras trataba de lanzar en julio de 2013 una nueva fase en las negociaciones. Kerry hablaba de “compromisos razonables sobre temas difíciles, complicadas, emocionales y simbólicos”.

De hecho, cualquier evaluación sobria sobre lo que se necesitaría para lograr un acuerdo entre israelíes y palestinos conduce inevitablemente a la clara comprensión que compromisos políticos dolorosos aunque prácticos se requieren desde ambos lados. Por desgracia, este concepto parece extraño para muchos en la región, sobre todo entre los palestinos; y la comunidad internacional no está haciendo su parte para ayudar a los palestinos a madurar hacia esta realización.

La falsa narrativa palestina de ser las únicas víctimas es un obstáculo importante para todos los esfuerzos en la dirección hacia la paz. Los actores globales que quieren ayudar a lograr la paz tienen que ayudar a los palestinos a moverse más allá de revolcarse en la autocompasión y en sus rituales de ataques contra Israel.

* Dr. Eran Lerman se ha unido al Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos como investigador asociado. Durante los últimos seis años, se desempeñó como diputado para la política exterior y asuntos internacionales en el Consejo de Seguridad Nacional en la Oficina del Primer Ministro israelí. Durante 20 años antes de eso, ocupó puestos de responsabilidad en la Inteligencia Militar de las FDI, y también fue director israelí del Comité Judío Americano.

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