La delirante solución de un solo estado – Por Matthew Mainen (Middle East Forum)

Mientras las ya generalizadas protestas vuelven a hundir al Líbano en una crisis política, se nos recuerda que las democracias multiétnicas en el Medio Oriente no son exactamente un modelo del buen gobierno. Aquellos que buscan soluciones al conflicto palestino-israelí deberían poner especial atención y ello debería detener a los defensores de la solución de un “único estado”.

Tal como su nombre lo indica, la solución de un único estado se centra en crear un estado binacional armonioso, con una mayoría palestina casi segura, entre el mar Mediterráneo y el río Jordán. Este estado cuenta con el apoyo de prominentes palestinos estadounidenses tales como la cofundadora de la Marcha de las Mujeres Linda Sarsour y el director de Intifada Electrónica Ali Abunimah. Justo cuando las cosas estaban a punto de estallar en el Líbano Yousef Munayyer, director ejecutivo de la Campaña Estadounidense para los Derechos Palestinos, amplió sobre su visión a la idea en un artículo titulado “Habrá solución a un único estado”, publicado en la edición de noviembre/diciembre de la revista Foreign Affairs.

Los actores responsables preocupados por la paz en el Medio Oriente no le prestaran mucha atención a este cuento de hadas ni siquiera durante un instante. El Líbano es un buen punto de partida del por qué.

Desde su creación, el Líbano ha estado al borde del colapso. Durante 15 años, las tensiones étnicas alimentaron una sangrienta guerra civil a medida que diferentes ramas del Islam, filiales islámicas y el cristianismo competían por el poder. El complicado acuerdo de compartir el poder que en última instancia puso fin a la guerra, el Acuerdo Taif, no ha logrado convertir al Líbano en una sociedad próspera. Tal como señaló el semanario The Economist, el Líbano posee una de las mayores relaciones deuda/PIB del mundo. La lucha sectaria mantiene al Líbano sumido en un estancamiento, lo que resulta en el tipo de ineficiencias que impulsan a las actuales protestas. Cuando se hacen compromisos dolorosos, como darle poder de veto efectivo a la organización terrorista chiita Hezbollah, a menudo estos resultan infructuosos.

El Líbano e Irak ejemplifican las trampas de forjar una democracia multiétnica en el Medio Oriente.

Aquellos defensores de un único estado puede que insistan en que hemos aprendido bastante desde que el sectario Acuerdo Taif fue ratificado en la constitución del Líbano hace 30 años. No es así. La constitución iraquí del 2005 evita compartir el poder sobre la base étnica, pero Irak está mucho peor que el Líbano. Desde las acciones de limpieza étnica de los sunitas en Bagdad, años de incesantes atentados suicidas y las atrocidades de ISIS contra los chiitas y no-musulmanes, Irak ejemplifica las trampas de intentar forjar una democracia multiétnica en el Medio Oriente. Irónicamente, el único lugar que no solo ha funcionado sino que ha prosperado en Irak es la Gobernación Regional Kurda, una región étnicamente homogénea autónoma.

Si bien los casos del Líbano y el de Irak son altamente esclarecedores, observar la historia de Israel y los territorios en disputa por sí solos puede ser suficiente. Desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la independencia de Israel en 1948, judíos y árabes vivieron juntos bajo una administración única en el Mandato Británico de Palestina. Fue una total catástrofe. Judíos y árabes vivieron juntos bajo una sola administración en la Palestina Mandatoria durante 28 años.

Eventos como los disturbios de Jaffa ocurrido en 1921 con un saldo de 95 muertos y los disturbios de 1929 (249 muertos) fueron un elemento común. Cuando la guerra total surgió inevitablemente en el año de 1948 debido al rechazo árabe a un estado judío, este finalizo con el exilio permanente de hasta el 90% de los palestinos del territorio controlado por Israel. Nada inusual aquí. Las transferencias de población son un resultado común en el conflicto étnico interno estatal. Aquellos que deseen aliviar las dificultades palestinas deberían considerar esto cuando contemplan una situación que resultaría en una lucha de poderes similar a la que surgió luego del Mandato Británico.

Seamos claros: será una lucha de poderes. Aquellos que abogan por un único estado imaginan un gobierno compartido entre judíos y árabes, que trabajarán juntos bajo un marco democrático liberal, pero los palestinos han demostrado ser incapaces de hacerlo incluso entre ellos mismos. Dos años después al retiro de Israel de Gaza, Hamás derrocó a la OLP e instituyó un régimen islamista totalitario.

Las cosas no están mucho mejor en Cisjordania, donde el Presidente Mahmoud Abbas está ahora en su decimoquinto año de un mandato que estipula cuatro años. No se puede culpar a la “ocupación”. Después de todo, Israel siendo pre-estado de alguna manera logró mantener las normas democráticas bajo la brutalidad del Mandato británico. La democracia simplemente no es actualmente parte del léxico palestino.

Lo mismo ocurre con la parte “liberal” del concepto “democracia liberal”. Las encuestas realizadas por el Centro de Investigación no-partidista Pew muestran que los palestinos poseen creencias fervientemente en desacuerdo con una sociedad inclusiva. Una mayoría apoya los asesinatos por honor y el 93% de la población muestra opiniones antisemitas, según la Liga Anti-Difamación.

Antes de que se discuta la solución de un único estado, tal como la imaginan los defensores palestinos, los palestinos tienen un largo camino por recorrer. Observando ejemplos de la región en general, existen muy buenas razones para creer que una utopía israelí-palestina seguirá siendo por siempre un sueño imposible de lograr.

Comprensiblemente, mientras el Presidente de los Estados Unidos Donald Trump continúa retrasando su visión de resolver el conflicto, ideas contrarias a la solución convencional de dos estados serán discutidas. Algunas son peores que otras, pero pocas son tan malas como la solución de un solo estado.

 

 

Matthew Mainen es miembro residente en Washington en el Foro Medio Oriente y egresado en leyes de la Facultad de Derecho en Stanford.

 

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