La alta tasa de pobreza y otros mitos israelíes – Por Evelyn Gordon (Jerusalem Post)

Atribuir a problemas complejos causas simplistas provocan una exageración del alcance del fenómeno y lo hace más difícil de solucionar.

Tres noticias publicadas en las últimas dos semanas ponen de relieve el grado en que, los problemas reales, como la pobreza y la discriminación, a menudo son erróneamente exagerados agrupando varias cuestiones no relacionadas entre sí. La persona bien intencionada puede aspirar a llamar la atención a estos problemas magnificándolos; el malicioso simplemente trata de provocar que Israel sea presentada peor de lo que es. Pero, sin importar el motivo, ambas actitudes son profundamente contraproducentes.

Tomemos, por ejemplo, la encuesta publicada la semana pasada por la Oficina Central de Estadísticas que encontró que el 14.5% de los israelíes adultos “subjetivamente” se sentían pobres, más que el año anterior. Eso es significativamente menor a la tasa oficial de pobreza – que es un 19,4% para las familias y 23,5% para los individuos, que es la tasa más alta en el mundo occidental. La principal razón de esta diferencia la encontramos entre los Jaredim (ultraortodoxos). Sólo el 22% de los ultraortodoxos encuestados le dijeron a la Oficina Central de Estadísticas que se sentían pobres, a pesar de que la tasa de pobreza oficial entre los ultraortodoxos es cercana al 60%, y solamente el 15% de los encuestados ultraortodoxos son predominantemente de Bnei Brak, una de las ciudades más pobres de Israel. Eso es debido a que su pobreza es resultado de una decisión propia que escoge un estilo de vida que muchos consideran como un valor centrado en el sacrificio financiero.

¿Importa esto? Bastante – porque si se resta la cifra de las pesonas que son pobres por propia elección, la tasa de pobreza de Israel ya no se presenta anormalmente alta. Si, como suponemos, el 14,5% de los que dijeron que se sentían más pobres llegan a ese nivel desde una pobreza involuntaria (no quieren ser pobres), entonces la tasa de pobreza involuntaria en Israel seguiría siendo superior a la media de la OCDE (11,3%), pero sería similar a la de Australia y Corea del Sur y sería más baja que la de España, Japón y Estados Unidos.

En otras palabras, la tasa de pobreza anómala de Israel no es evidencia de que estamos ante una sociedad singularmente injusta; si tenemos en cuenta que contamos con una comunidad que es pobre “por elección” y que se añaden a una tasa de pobreza bastante normal en occidental. Claramente, la pobreza voluntaria es un problema que hay que enfrentar, ya que sus dimensiones actuales hacen que sea insostenible. Pero es un problema muy diferente de la pobreza involuntaria, y debe ser tratada como tal. Al agrupar estos dos problemas, completamente distintos entre sí, no sólo provoca que Israel sea vista peor de lo que es, sino que además impedimos el tratamiento de ambos problemas al ocultar sus causas y dimensiones.

Tomemos otro ejemplo, consideremos la diferencia de rendimiento escolar entre los judíos y árabes que sobresalen en las encuestas estandarizadas, y en donde se suele culpar únicamente a la discriminación. La discriminación presupuestaria hacia las escuelas árabes ciertamente existe, y juega un papel importante en la brecha de rendimientos. Sin embargo, un estudio publicado a principios de este mes encontró que incluso cuando existen antecedentes educativos y socioeconómicos que son idénticos, los hebreoparlantes pueden leer en su lengua materna más rápido y con más precisión que los árabeparlantes, debido a dos características distintivas de la lengua árabe.

En primer lugar, el árabe es una lengua diglosica, es decir, su forma oral y escrita son tan diferentes que son, efectivamente, dos idiomas diferentes. Así, mientras los hebreoparlante leen en su lengua materna, los árabeparlantes leen en su segunda lengua (la primera es la árabe oral) lo que obviamente es más difícil. En segundo lugar, la forma física de las letras árabes son más difíciles de distinguir de las letras hebreas, por lo que los lectores árabes necesitan más tiempo para descifrarlas y también cometen más errores. Estos dos factores afectan la velocidad de la comprensión. Por lo tanto, cada vez que los estudiantes toman la misma prueba pero en las versiones hebreas y árabes, los árabeparlantes sufren una desventaja inherente. Y eso explica, en parte, y obviamente no todas, las diferencias en su rendimiento escolar.

Y aunque el grado de ésta diferencia de rendimiento es un realidad creada por diferencias de las lenguas respectivas, esto no nos dice nada sobre la calidad de la educación de los estudiantes o su comprensión del material. Lo que ello realmente dice, como sugería uno de los investigadores del estudio, es que aquellos test estandarizados deberían ser ajustados para representar (explicar) las diferencias lingüísticas inherentes, a fin de dar una mejor idea de lo que los estudiantes árabes están realmente aprendiendo. Y ese problema no tiene  ninguna relación con el problema presupuestario.

Por cierto, los estudios también demuestran que los angloparlantes leen su lengua materna más rápido que los hebreos, tanto porque las formas de las letras hebreas son más difíciles de distinguir que las letras inglesas y porque el hebreo escrito no tiene vocales. Eso también explica parte – aunque una vez más, no todo – de la brecha entre Israel y otros países occidentales en las pruebas estandarizadas internacionales: Los hebreoparlantes y los árabeparlantes tienen una desventaja inherente en comparación con países que utilizan el alfabeto latino, como lo hacen todas las lenguas europeas.

Un tercer elemento que es crítico para comprender la diferencia en el rendimiento entre judíos y árabes fue destacado por los datos publicados durante la semana pasada cuando se mostraron los índices de aprobación de los exámenes de matriculación del año 2013. El poblado judío (de clase alta) de Kojav Yair encabeza la lista, con una tasa de aprobación del 93,4%. En segundo lugar – estaban en tercer lugar el año anterior – se ubica la empobrecida aldea drusa de Beit Jann, con una tasa de aprobación del 92%. Diversos pueblos drusos también mostraron una mejoría impresionante, incluyendo Osafiya (aumentando 20 puntos y ubicándose en el 65.3 %) o Yarka (que subió 18 puntos, un 53.9 %). Un artículo publicado en Haaretz en 2013 relataba una inspiradora historia sobre Beit Jann y allí se señalaba que el nivel de las escuelas drusas estaba mejorando y que la tasa de aprobación de los examenes finales de los drusos pronto superaría a la judía. Gran parte de esta mejora se deriva de la aplicación a un programa especial, que incluye fondos adicionales, que la asociación Yejolot implementa en 100 comunidades desfavorecidas – judíos, árabes, drusos y beduinos. Pero los educadores drusos también creen y confían en un cambio radical en las actitudes de la comunidad drusa hacia su propia educación.

En resumen, los drusos han comenzado a ver que la educación es una prioridad suprema – algo parecido a lo que sucede con los árabes cristianos, cuyo tasa supera ya a la judía, se han superado  mucho aunque muchos árabes musulmanes todavía no lo hagan. Es por eso que los índices de aprobación en muchas comunidades musulmanas todavía languidecen a alrededor del 25% al 35%.

Una vez más, esto no significa negar la existencia de discriminación o el hecho de que el dinero importa; o que en promedio las comunidades más ricas obtienen índices de aprobación más altos que los poblados pobres. Pero como hemos visto en Beit Jann y en otros pueblos drusos, las actitudes culturales y el liderazgo local también importa muchísimo.

Al igual que con la pobreza, la amalgama entre tres problemas educativos completamente distintos – la discriminación presupuestaria, las actitudes culturales y el sesgo hacía minorías – y atribuir todo esto junto, en masa, en un indiferenciado lema de “discriminación contra los árabes” no sólo hace que Israel parezca peor de lo que es, sino que también dificulta el tratamiento de todos estos tres problemas ocultando sus verdaderas causas y dimensiones. Lo mismo es cierto con respecto a muchos otros problemas sociales complejos. Por cierto, nos iría mucho mejor y podríamos ofrecer una mejor solución si dejasemos de calificar a todo como un ente completo envuelto en sentencias simplistas e inexactas como “injusticia económica” o “discriminación”.

 

Evelyn Gordon es periodista y analista, publicado en http://www.jpost.com/Experts/The-high-poverty-rate-and-other-Israeli-myths-379961

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