Intereses en conflicto: Teherán y las aspiraciones nacionales de los kurdos iraquíes – Por Dr. Doron Itzchakov (BESA)

Las aspiraciones nacionales de la minoría kurda en Irak representan un desafío para los cuatro países que poseen una gran población kurda (Irán, Irak, Turquía y Siria). No es casualidad que la decisión de celebrar un referéndum haya provocado furiosas reacciones entre los líderes de Irak, Irán, Turquía y Siria. De acuerdo con la sabiduría recibida, el éxito de la minoría kurda de Irak en realizar su proceso de auto-determinación nacional servirá como catalizador de las tendencias separatistas entre los kurdos iraníes. Sin embargo, la firme oposición de Teherán a la medida surge no solo del temor a una “reacción en cadena” sino también de una consideración estratégica y geopolítica. En otras palabras, la controversia entre el Irán chiita y la minoría kurda en Irak no es el resultado de un recuerdo histórico de un alzamiento que condujo al establecimiento de la “República de Mahabad” en los años 1940, sino que consta de otros niveles que expresan aspiraciones opositoras en un espacio geopolítico cambiante.

La nación kurda, que cuenta con unos 30 millones de habitantes, se encuentra dispersa en cuatro países: Turquía, Irán, Irak y Siria. Esta comunidad, que por diversas razones no logró realizar sus aspiraciones de auto-determinación nacional tras la caída del Imperio Otomano, ha seguido siendo una minoría étnica dividida en esos países. Es cierto que la población kurda no es monolítica y posee varias identidades tribales, diferentes percepciones religiosas, diversos intereses políticos y lealtades particularistas que condujeron a rivalidades y divisiones. No es menos cierto, sin embargo, que esto no desmereció a los kurdos en esforzarse por hacer realidad sus aspiraciones nacionales, una lucha longeva que ha cobrado una pesada carga humana y material y ha dejado a los kurdos como el mayor grupo nacional del mundo sin un estado propio.

La minoría kurda iraní, que a falta de datos oficiales se estima en ocho millones de personas, es la segunda minoría étnica más grande del país luego de la comunidad azerí. Tal como se mencionó, los kurdos iraníes no proceden de una sola estructura. Además de las diferencias basadas en antecedentes políticos, ideológicos o tribales, existe una falta estructural de uniformidad que también posee un trasfondo religioso. A diferencia de otros países donde la minoría kurda pertenece principalmente a la secta sunita del Islam, en Irán algunos kurdos, especialmente los que viven en el distrito noroccidental de Kermanshah son chiitas y, por lo tanto, las instituciones gubernamentales les otorgan un trato preferencial. Como resultado, esta población no se apresura a oponerse públicamente a la política del régimen islámico. Además, la política de “divide y vencerás” del régimen, así como también su estricto control y puño de hierro ejercido contra la población kurda, han afectado la cohesión de esta minoría.

El reciente progreso de la minoría kurda de Irak hacia la realización de su auto-determinación nacional, expresada en el referéndum del 25 de septiembre de 2017 planteó considerables desafíos no solo para el gobierno central de Bagdad sino también para otros estados con grandes poblaciones kurdas. Por lo tanto, no es de extrañar que la decisión de celebrar el referéndum suscitara airadas reacciones entre los líderes de Irak, Turquía, Irán y el régimen sirio, que disfruta de un apoyo de defensa ruso-iraní. Al mismo tiempo, el ángulo iraní hacia este tema es particularmente interesante debido a los graves dilemas que tal acción plantea a la política interna y externa del país. No fue en vano que la República Islámica adoptó una línea política hostil y agresiva que fue implementada en una variedad de pasos para de esta manera frustrar la medida.

El argumento más destacado entre los investigadores sobre el tema es que el éxito de la minoría kurda iraquí en realizar su identidad nacional servirá como catalizador a las tendencias separatistas entre los kurdos en Irán. A pesar de la verdad general de esta afirmación, el caso kurdo-iraní difiere de sus contrapartes en Irak, Turquía y Siria y algunos argumentaran que esta minoría está muy lejos en términos de hacer realidad sus aspiraciones nacionales. Esto plantea el tema de si la hostilidad del régimen islámico hacia el referéndum se debe al temor del separatismo kurdo en Irán, o si existen otras consideraciones que informan a los políticos en Teherán, que hasta ahora no han sido abordadas adecuadamente. Pero para examinar las suposiciones básicas que subrayan la sabiduría recibida, una revisión histórica se encuentra lista para cosechar algunas generalidades significativas sobre el tema.

El contexto histórico

Las relaciones entre la minoría kurda en Irán y el gobierno central experimentaron muchos altibajos tanto durante la monarquía como bajo el régimen revolucionario. En la conciencia histórica de la República Islámica todavía se encuentra grabado el alzamiento de la minoría kurda bajo el liderazgo de Qazi Muhammad, que condujo al establecimiento de la República de Mahabad (en enero, 1946) bajo el patrocinio soviético. La formación de esta entidad, a pesar de su breve existencia, fue un precedente para el éxito kurdo en la realización de sus aspiraciones nacionales. Sin embargo, es importante examinar el contexto histórico que condujo a este desarrollo.

A finales de agosto de 1941 los Aliados invadieron Irán, encontrándose a si mismo bajo dominio extranjero. Por una parte, la presencia de los Aliados en su territorio se vio asociada al Acuerdo Tripartito entre Gran Bretaña, la Unión Soviética e Irán (29 de enero, 1942), diseñado para asegurar que la invasión no fuese percibida como una ocupación permanente, sino como un acuerdo temporal mutuamente acordado según el cual Irán mantendría su independencia política. Específicamente, Moscú y Londres acordaron reconocer la soberanía e integridad territorial de Irán y se comprometieron a retirarse de su territorio a más tardar seis meses después de finalizar la guerra. Irán, por su parte, acordó el control aliado de las principales arterias de tráfico en su territorio para la transferencia de suministros y equipos hacia la Unión Soviética, partes sustanciales que fueron ocupadas o sitiadas por la Alemania nazi. Al mismo tiempo, se creó un mecanismo que permitió a los soviéticos establecerse por sí mismos en el norte de Irán y los británicos en el sur y el centro del país. Además, al comienzo de la invasión, los Aliados derrocaron a Reza Shah (1921-41) y le confiaron el trono a su hijo de veinte años Muhammad Reza (1941-79). Este movimiento dejó un legado dentro de la muy frágil realidad política que prevalecía en Irán para ese momento.

Al final de la guerra y en concordancia con el Acuerdo Tripartito, los británicos acordaron retirar sus fuerzas del territorio iraní en el lapso de los seis meses posteriores a la finalización de los combates. Al contrario, las acciones de Moscú indicaron una intención a largo plazo de permanecer en el país, lo que a su vez marcó el comienzo de una serie de crisis iraní-soviéticas. La crisis más prominente se produjo por causa de un alzamiento en las provincias de Azerbaiyán y Kurdistán, que comenzó en octubre-noviembre de 1945, con incitación soviética. El Partido Democrático de Azerbaiyán, fundado en septiembre de ese año (alentado por Moscú), exigió autonomía territorial y cuando el ejército iraní llego para reprimir el alzamiento, fue detenido por las fuerzas soviéticas.

En diciembre de 1945, Ja’far Pishevari se declaró a si mismo primer ministro de la parte autónoma de Azerbaiyán. Un mes después, en enero, 1946 Qazi Muhammad declaró el establecimiento de la “República de Mahabad” al noroeste de Irán. Aunque los dos movimientos nacionales reconocieron la autoridad del gobierno central en Teherán, sus demandas se centraron en el establecimiento de la autonomía en los asuntos internos y en la concesión de estatus a los idiomas kurdos y azeríes. Este paso fue visto como un precedente peligroso que podía erosionar las bases de la identidad nacional iraní. No fue hasta mayo, 1946 luego que el primer ministro iraní Ahmed Qavam le prometiera a los soviéticos una concesión petrolera al norte de Irán que el Ejército Rojo comenzó su retiró de la parte norte del país.

Tras la retirada, los militares iraníes ingresaron al área kurda, vencieron la poca oposición de los partidarios del Partido Democrático Kurdo en Irán (PDKI) y lograron restaurar el control de los distritos en disputa en diciembre, 1946. Qazi Muhammad fue capturado y ejecutado en la plaza central de Mahabad, junto a varios de sus colegas del Partido Demócrata. Mustafa Barzani, co-líder de la revuelta de Muhammad, huyó a la Unión Soviética con un puñado de seguidores, permaneciendo allí durante más de una década, hasta que se le permitió regresar a Irak luego del golpe de julio, 1958 que derrocó a la monarquía hachemita y llevó al poder a una junta militar encabezada por Abd Al-Karim Qassem. Así terminó la crisis iraní, con el fracaso del intento soviético de dividir el país y controlar su parte norte. Sin embargo, el temor a la gran potencia del norte quedó grabado en la memoria de Muhammad Reza Pahlavi y desempeñó un papel central en sus consideraciones en política exterior en los años venideros.

El movimiento nacional kurdo de Irán experimentó un largo período de rehabilitación luego del colapso de la “República de Mahabad”, manifestado por purgas ocasionales cuando el shah se esforzó por reafirmar su autoridad tras el derrocamiento del entonces primer ministro Muhammad Mosaddegh en agosto, 1953 pero en marzo de 1967 se reanudaron los enfrentamientos con el gobierno central. Tras 18 meses de lucha, el alzamiento kurdo fue reprimido, en gran parte debido a la oposición de Barzani, quien para ese momento tuvo el apoyo de Irán, Israel y los Estados Unidos en su lucha por la autonomía kurda en Irak.

Habiendo sido apoyado hasta marzo, 1975 cuando fue suspendido tras la conclusión del Acuerdo de Argelia que regula las relaciones iraní-iraquíes, el apoyo de Teherán a los kurdos no reflejó simpatía por su causa nacional ni mucho menos por las ambiciones políticas de Barzani dado su papel en el establecimiento de la república de Mahabad. (Algunos círculos iraníes incluso lo consideraron un agente soviético utilizando el nacionalismo kurdo como una herramienta para fomentar el separatismo en Irak y posteriormente en Irán y Turquía). Más bien, fue diseñado para debilitar al régimen iraquí y las fuerzas armadas en vista de la amarga hostilidad entre los dos estados

En la década de los 70, la naturaleza de la lucha de los kurdos iraníes cambió con la elección de Abd Al-Rahman Ghassemlou como presidente del KDPI. Su consigna, “Democracia para Irán, Autonomía para Kurdistán”, encajó bien con el creciente descontento social en Irán para esos momentos, obteniendo un considerable impulso durante los turbulentos acontecimientos de 1978 que culminaron en el derrocamiento de la monarquía y el establecimiento de la República Islámica encabezada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini. Sin embargo, cualesquiera que sean las esperanzas de los kurdos para el nuevo régimen, éstas se desvanecieron rápidamente debido a las divisiones internas y las políticas inflexibles del gobierno. Las expectativas por una autonomía cultural no se materializaron y los kurdos se enfrentaron a la exigencia de un desarme inmediato. Como resultado, en marzo, 1979, se produjeron enfrentamientos entre los kurdos y las fuerzas de seguridad del nuevo régimen y en agosto de ese año, Jomeini le declaró el yihad a los kurdos. Los enfrentamientos entre las partes continuaron intermitentemente durante la Guerra Irán-Irak (1980-88), causando muchas bajas entre los combatientes kurdos y la población civil.

No menos importante, una serie de asesinatos entre 1989-96 diezmó al liderazgo kurdo iraní y creó un vacío político que aún se siente hasta la fecha. Ghassemlou, por ejemplo, fue asesinado en julio de 1989, mientras se reunía con representantes del régimen islamista en Viena; su sucesor Sadegh Sharafkandi, fue igualmente asesinado en septiembre, 1992 en un restaurante de Berlín junto a otros dos líderes kurdos y el intérprete que los acompañaba. Luego del asesinato, fue emitida una orden de arresto internacional contra Ali Fallahian, quien dirigía el Ministerio de Inteligencia y Seguridad iraní para ese momento. No es de extrañar que los asesinatos dejaran huella en las actividades del liderazgo kurdo iraní y su disposición a continuar con la implementación de las aspiraciones nacionales de la comunidad.

Consideraciones estratégicas y geopolíticas

El vacío de liderazgo que prevalece actualmente dentro de la minoría kurda de Irán apunta a otras razones para la objeción por parte de la República Islámica a las aspiraciones nacionales de los kurdos iraquíes, es decir, el temor de que la autonomía kurda al noreste de Irak reduzca su influencia en el país que ha sido devastado por la guerra. Posiblemente el principal beneficiario por la invasión internacional a Irak en marzo, 2003 y el derrocamiento del régimen de larga data de Saddam Hussein, la penetración profunda de Teherán en las esferas políticas, diplomáticas y de seguridad de Irak es un hecho muy bien conocido y un gran paso hacia la realización de sus ambiciones por la hegemonía regional.

Otra consideración que afecta directamente la política iraní es el temor de que la autonomía kurda lleve a la penetración estadounidense en esta área, dada la estrecha cooperación entre Washington y las fuerzas kurdas Peshmerga desde el 2003, incluyendo la lucha de este último contra ISIS. Sin embargo, estos temores pueden ser exagerados ya que la administración Trump no ha respaldado las aspiraciones nacionales kurdas, retirándole su apoyo a un referéndum expresando reservas sobre la medida e invitando a los líderes del movimiento kurdo a renunciar a su implementación.

Además, la actitud distante de la administración a la dependencia del gobierno iraquí sobre las milicias chiitas respaldadas por Irán en la ofensiva de octubre, 2017 que expulsó a los Peshmerga de los territorios que habían mantenido durante algún tiempo, en particular la ciudad de Kirkuk y sus alrededores, rica en petróleo, dejó un sabor amargo entre los kurdos iraquíes. A pesar de todo lo anterior, el temor de Teherán a una infiltración por parte del “Gran Satanás”, tal como Jomeini denominó a los Estados Unidos, aún no ha disminuido por completo y sigue siendo motivo de preocupación para el Líder Supremo y para los comandantes de la Guardia Revolucionaria. Como resultado, se pueden escuchar una variedad de declaraciones beligerantes contra la (muy limitada) presencia estadounidense en Irak por comandantes de la milicia chiita que operan en Irak bajo el liderazgo iraní.

Los temores iraníes se vieron agravados por el descongelamiento gradual de las relaciones entre Irak y Arabia Saudita, que amenazaban con debilitar el estatus e influencia de Teherán en Irak. No en vano, la visita del líder chiita Muqtada Al-Sadr a Riad fue vista como un insulto a Teherán y fue criticada por altos funcionarios iraníes. Asimismo, la visita del primer ministro iraquí Haider Al-Abadi a Riad y su reunión con el Rey Salman y el Secretario de Estado de los Estados Unidos Tillerson suscitaron fuertes críticas iraníes por temor a un cambio en la política exterior de Irak.

La rivalidad saudita-iraní por supuesto que no comenzó como resultado de la lucha por la hegemonía en el Irak posterior a Saddam. Esta rivalidad se produjo poco después del establecimiento de la República Islámica en 1979, debido al deseo del Ayatolá Jomeini de establecer un régimen islámico basado en el principio de “Velayat-e Faqih – Mandato del Jurisprudente” en el país que alberga los dos lugares más sagrados del Islam. El Ayatolá puso sus esperanzas de que sus enseñanzas en este importante país, debido a su condición histórica especial, sirvieran como un trampolín para el liderazgo del mundo musulmán. Como resultado, este argumentó que la protección de Meca y Medina no debería conferírsele al estado, especialmente si ese estado no mostraba verdadera piedad musulmana, según su definición. Pero mientras la retórica militante contra Riad complacía a los partidarios de Jomeini, tal reto fue percibido por los musulmanes sunitas como un desafío al mandato histórico de la familia real saudita como protector de los lugares sagrados.

Otro punto de disputa prolongada ha sido el tema de la peregrinación hacia los lugares santos en Meca y Medina. Por una parte, Riad acusó a Teherán de aprovecharse del Hajj con fines propagandísticos y de subversión. Por otra parte, Irán acusó a las autoridades sauditas de negligencia lo que causó muchas muertes de peregrinos iraníes durante años. En enero, 2016 una nueva ronda de tensiones culminó con la quema de la embajada saudita en Teherán por una turba enfurecida como respuesta a la ejecución de un prominente clérigo chiita (el Jeque Nimr Baqir Al-Nimr) por parte de las autoridades sauditas. Como resultado del incidente, las relaciones diplomáticas entre los dos países fueron cortadas y a pesar de los intentos a una reconciliación, las lagunas en sus posturas permanecen sin cambio alguno. En la actualidad, los dos estados se encuentran divididos en tantos temas que parece que no existe un área donde estos acuerden sobre un mismo tema. Los combates en Yemen, los conflictos en Irak y Siria, así como también los esfuerzos por parte de Hezbollah de promover al “eje de la resistencia” en el Medio Oriente son amargos campos de batalla para ambos países.

Otro aspecto del problema kurdo tiene relación al corredor terrestre que Teherán busca establecer desde su territorio a través de Irak, el norte de Siria y el Líbano hasta el Mar Mediterráneo. La incertidumbre en torno al tema kurdo y el posible impacto que este dilema ejerció sobre la minoría kurda en Siria fueron algunas de las razones para desviar la ruta hacia el sur al área de Al-Mayadin y Deir ez-Zor. No es casualidad que Irán esté concentrando sus esfuerzos en las milicias que operan bajo su liderazgo para así ganar terreno en los cruces fronterizos entre Irak y Siria, e incluso le advirtió a Washington y a las fuerzas de la coalición que operan en el desierto sirio sobre este asunto.

Modus Operandi de Teherán antes y después del referéndum

La estrategia iraní previa al referéndum comprendía una serie de elementos básicos, incluyendo la propaganda mediática a la disuasión, una política divisoria y de gobierno, coordinación de pasos conjuntos con Turquía y una campaña para deslegitimar las acciones kurdas. El primer paso dado por Teherán luego que Barzani hizo saber que su intención de celebrar un referéndum fue una amplia campaña de propaganda sobre dos ejes paralelos: uno, a través de altos funcionarios del gobierno; el otro, a través de los comandantes y voceros de las milicias armadas que operan en Irak en nombre de Irán. Notablemente, la línea más militante y activista contra el referéndum fue expresada por los voceros de las milicias chiitas. Hadi Al-Amiri, líder de la Organización Badr, fue citado por la agencia de noticias Fars, afiliada a la Guardia Revolucionaria, diciendo que la incapacidad del liderazgo kurdo de abolir el referéndum conduciría a un derramamiento de sangre e incluso a una guerra civil en Irak. Del mismo modo, Qais Khazali, comandante de la milicia Asa’ib Ahl Al-Haq, respaldada por Irán, se burló de la acción kurda definiéndolo como un complot israelí. Un peyorativo similar fue expresado por el Líder Supremo Ali Jamenei y otras altas figuras en la institución religiosa iraní, que condenaron la aspiración de la minoría kurda iraquí por una autonomía como un complot sionista para establecer un “nuevo Israel” en la región. Por lo tanto, es claro que la preocupación entre los legisladores iraníes radicó en el hecho de que el establecimiento de una entidad independiente, que no estaría bajo el control de Teherán y que interrumpiría sus planes operativos y estratégicos, era “intolerable” y, por lo tanto actuaron para obstruir el proceso.

A la propaganda mediática se le agregó una política del divide y vencerás diseñada para interrumpir la acción kurda. Según un informe del diario Al-Sharq Al-Awsat, Qassem Soleimani, comandante de la Fuerzas Quds de la Guardia Revolucionaria, llegó a Suleimaniya en abril, 2017 para reunirse con altos miembros de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), liderados hasta su muerte en octubre, 2017 por Jalal Talabani. En la reunión, se informó que Soleimani instó a los líderes de la UPK a no apoyar el referéndum e incluso trató de convencerlos a que tomen medidas para cancelar la acción iniciada por Barzani, el eterno archí-enemigo de Talabani desde tiempos remotos.

Un intento similar persuasivo fue llevado a cabo en el propio Irán entre la minoría kurda en el distrito de Kermanshah. Cabe recordar que un buen número de kurdos chiitas residen en este distrito quienes se ven afectados por la política a largo plazo del régimen iraní de dividir y gobernar. Es así como la minoría kurda iraní se encontró dividida sobre el tema del referéndum. Mientras que los kurdos al noroeste de Irán, siendo estos sunitas, apoyaron la medida, una parte significativa de kurdos en Kermanshah se opuso a ello. Además, los esfuerzos del régimen islámico por utilizar la identidad religiosa del Islam chiita, así como también la cosmovisión de Jomeini, como herramienta transnacional que consolida a la población con el propósito de borrar la identidad étnica y prevenir el aislacionismo, dejó una marca en el movimiento nacional kurdo en Irán.

Las aspiraciones de los kurdos iraquíes por su auto-determinación nacional llevaron incluso a una cooperación iraní-turca a pesar de las sustanciales diferencias entre los dos estados por la crisis siria. La cooperación se produjo luego de un largo período de amargos desacuerdos sobre la legitimidad del régimen de Assad, pero el referéndum kurdo creó una convergencia conjetural de intereses basada en la suposición pragmática de que “el enemigo de mi enemigo puede que sea mi amigo”. En consecuencia, los dos estados adoptaron tácticas similares, incluyendo intentos persuasivos para abolir el referéndum, una amenaza de cierre económico del Kurdistán, un alto a la exportación de bienes hacia la región kurda, una interrupción de los medios de comunicación y una amplia coordinación de seguridad. Debería recordarse que en ausencia de una salida al mar, el Kurdistán iraquí está asediado por sus vecinos en sus alrededores, esto además del hecho de que su estructura económica depende en gran medida del comercio con Irán y Turquía.

Las acciones de Teherán ante el referéndum coincidieron en gran medida con sus amenazas anteriores, el cierre de su espacio aéreo y luego el cruce terrestre a lo largo de su frontera con la zona del Kurdistán iraquí. Ankara llevó a cabo una acción similar y este esfuerzo combinado condujo a un estrangulamiento económico efectivo en la región kurda. El suministro de combustible fue detenido y la importación de bienes fue suspendida casi en su totalidad, a pesar del fuerte daño causado por esta medida a los comerciantes iraníes. Al mismo tiempo, continuaron los ataques verbales al referéndum kurdo y la Guardia Revolucionaria llevo a cabo un ejercicio a gran escala a lo largo de la frontera común, que simulaba una invasión terrestre y ocupación de territorio, con el claro objetivo de señalarle a los kurdos la seriedad de las intenciones de Teherán.

La estrategia de Teherán consistió en dos componentes principales: la utilización de agentes estados y satélites y la utilización de una “intervención suave” para aumentar su esfera de influencia. El primer patrón de acción incluye el uso de milicias teniendo como componente a civiles que operan bajo el adoctrinamiento chiita militante para de esta manera promover los objetivos de la República Islámica. Esta estrategia data de los primeros días del régimen teocrático. El establecimiento de los “Comités de la Revolución Islámica” fue el precursor de tal actividad destinada a proteger al régimen contra sus oponentes. Luego, se formó la organización Basij, compuesta de gente motivada y de voluntarios dedicados con un objetivo de proteger al régimen contra ambas amenazas externas e internas. La organización, que comenzó a operar en abril de 1980, jugó un papel decisivo en la guerra Irán-Irak (1980-88).

La guerra fue un evento formativo para el recién establecido régimen revolucionario, que llevo a ambos a la construcción del concepto de auto-confianza como la sensación de aislamiento de Teherán durante el conflicto y a la formación de los grados de mando de la actual institución de seguridad militar. Además, la sangrienta confrontación con Irak dejó una marca en la visión mundial de los altos oficiales militares y de la Guardia Revolucionaria junto a contribuir al establecimiento de una red de conexiones personales reflejada en una cadena de nombramientos actuales en los niveles superiores en el área de seguridad. La guerra también ofreció una ventana de oportunidades para establecer milicias de combate operando en nombre de Irán, especialmente la milicia Badr que combatió junto a Irán durante la guerra que duró ocho años, en lo que marcaría el comienzo de la utilización del modelo de los agentes estados. La integración de la organización Badr en la nueva estructura política iraquí creada luego de la expulsión de Saddam ha aumentado significativamente su fuerza, tal como lo demuestra el nombramiento de su líder Hadi Al-Amiri al cargo de ministro de transporte entre el 2011-14. Hasta el día de hoy, Amiri mantiene estrechos vínculos con los líderes iraníes y con los comandantes de la Guardia Revolucionaria, demostrando su lealtad al régimen islámico.

La idea de establecer una fuerza chiita combatiente que opere bajo los auspicios de Teherán en otros estados también nació durante la Guerra Irán-Irak. El establecimiento de la organización Hezbollah en el Líbano fue un logro para Teherán en promover al “eje de la resistencia” y el difundir su influencia regional. No cabe duda de que la exitosa experiencia de Teherán con Hezbollah inspiró y promovió luego las iniciativas por parte de los iraníes de establecer una red de milicias combatientes, con el objetivo de promover un rango de intereses iraníes en áreas de importancia a este.

La entrada de las fuerzas de la coalición dirigida por Estados Unidos en Irak en marzo, 2003 sirvió como otro catalizador para que Irán establezca milicias chiitas que operarían bajo su liderazgo en Irak. El primero fue Jaysh Al-Mahdi (Ejército Mahdi) fundado por Muqtada Al-Sadr, aunque fue desmantelado en el 2008 y reemplazado por la organización Saraya Al-Salam. Irán luego ayudó a establecer la organización Asa’ib Ahl Al-Haq (Liga de los Justos) dirigido por Qais Khazali, el cual opera en paralelo al ala política de la organización, Al-Sadiqoun. Posteriormente en el 2007, la Guardia Revolucionaria estableció las Kata’ib Hezbollah (Brigadas de Hezbollah), que operaban principalmente en contra de las fuerzas de la coalición en Irak. Sin embargo, existen muy pocas dudas de que fue el establecimiento de la organización Al-Hashd Al-Sha’bi como organización paraguas de unas 40 milicias que combatieron junto al ejército iraquí en contra de ISIS lo que creó una oportunidad de oro para la realización de las ambiciones regionales de Teherán. Ya que al operar de acuerdo con la decisión del parlamento iraquí en noviembre, 2014 (que subordinó estas milicias a la institución de seguridad política iraquí), su afinidad yace en gran parte con la Guardia Revolucionaria y el régimen iraní en general.

La participación de la República Islámica en el conflicto iraquí también se reflejó en el establecimiento de otras organizaciones, tales como la milicia Jorasani. Modelos similares, inspirados en Teherán, son organizaciones tales como Kata’ib Imam Ali; Kata’ib Sid Al-Shuhada, establecida en el 2013; Kata’ib Al-Imam Al-Gha’ib; Abu Al-Fadhal Al-Abbas y otros. Paralelamente a estas organizaciones, se fundaron grupos con diversas características étnicas y religiosas, tales como la Brigada de Babilonia y Kata’ib Rouh Allah Issa Ibn Maryam, basados en las facciones cristianas establecidas dentro del contexto de la guerra con ISIS; la división turcomana comandada por Ilmez Najjar; y los combatientes Yazidi pertenecientes a las unidades de resistencia de Sinjar, que participaron en la campaña por el norte de Irak en agosto, 2014.

El activismo empleado por Al-Hashd Al-Sha’bi fue de importancia decisiva para frustrar las aspiraciones nacionales kurdas luego de la publicación de los resultados del referéndum. De esta manera, por ejemplo, la milicia Asa’ib Ahl Al-Haq tomó un papel activo en la recuperación de áreas controladas por los Peshmerga, a menudo incendiando edificios públicos y exhibiendo un fanatismo sectario. Bajo este contexto, cabe mencionar el llamado del líder de Asa’ib Ahl Al-Haq al primer ministro iraquí para ayudar a los kurdos que viven en el distrito de Suleimaniya, sede del cuartel general del UPK. Esta llamada se produjo luego de su reunión con Ala Talabani (quien encabezó la delegación del UPK) en la ciudad de Najaf, destinada aparentemente, a sembrar la división entre las facciones kurdas en Irak.

Si bien es cierto que la intrincada estructura de las facciones dentro de Al-Hashd Al-Sha’bi representa tendencias y lealtades particularistas que probablemente moldearán el futuro de Irak en un futuro previsible, parece ser que, por el momento, el gobierno iraquí no está mostrando suficiente madurez como para imponer su voluntad a las diversas facciones que siguen mostrando lealtad a Teherán y obedecen sus órdenes.

La consolidación del estatus regional de Irán también lo llevó a adoptar una estrategia de “intervención suave” que implicó una inversión considerable de recursos económicos. Esta política fue manifestada en el establecimiento de centros culturales y en la inversión de grandes esfuerzos en afirmar privilegios para rehabilitar de esta manera los daños causados por las guerras de Irak y Siria. A este fin, Teherán está dispuesto a invertir sumas considerables en rehabilitar el servicio eléctrico, las telecomunicaciones y los proyectos de ingeniería a gran escala, tal como lo hizo en el Líbano a finales del 2006. Parece ser que los esfuerzos de Irán tienen la intención de aumentar la dependencia y la simpatía con su régimen, pero otro ángulo indica un considerable beneficio de inteligencia que Irán puede obtener como resultado de rehabilitar su infraestructura. La descentralización en Irak ha permitido a Teherán convertirse en el principal agente de poder en el país a cambio de una ayuda económica a gran escala y es claramente la esperanza del régimen revolucionario que esta forma de “control indirecto” servirá como modelo para proyectar su poderío en otras partes de la región.

Conclusión

Los trascendentales cambios geopolíticos que presenciaron la invasión de Irak en el 2003, en particular el final de la dominación sunita de 82 años de duración, abrieron una gran oportunidad para que Teherán realizara sus ambiciones hegemónicas. Por otra parte, la concentración de la atención internacional en la lucha contra ISIS les permitió a los iraníes fortalecer su posición en Irak y Siria y actuar sin obstáculos para avanzar en su ya prevista “media luna chiita”.

En estas circunstancias, no es de extrañar que Teherán desaprobara las bulliciosas aspiraciones de los kurdos iraquíes en realizar su auto-determinación. Y aunque los amargos recuerdos de la “República de Mahabad” desempeñaron un papel en la mentalidad del régimen islámico, fue marginal en comparación con las consideraciones geopolíticas y estratégicas. Como resultado, el anuncio de Barzani al referendo se encontró con una oposición tan feroz por parte de Teherán además de duras medidas de represalia, que condujeron al aislamiento de la región kurda; la recuperación de los territorios mantenidos durante años por los Peshmerga; y la siembra de divisiones con el movimiento nacional kurdo iraquí respecto a su política futura.

Por el momento, parece ser que los esfuerzos de Teherán por frustrar la iniciativa de auto-determinación de los kurdos han dado sus frutos. Sin embargo, ya es posible decir que los cambios provocados por el referéndum repercutirán en un futuro previsible, a pesar de la decisión de Barzani de renunciar a su cargo actual.

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