Hacer frente al BDS – Por Ricardo Ruiz de la Serna

Una de las manifestaciones más agresivas del antisemitismo en España es el llamado “movimiento BDS”, acrónimo en inglés de “boycott, divestment & sanctions”, boicot, desinversiones y sanciones. Por supuesto, se dirige contra Israel, el heredero del odio secular contra los judíos. El Estado judío democrático – la única democracia consolidada en todo el Oriente Próximo – y sus nacionales judíos – el boicot no se extiende, por ejemplo, a los árabes israelíes, aunque pueda afectarles como veremos – padecen cíclicamente intentos de discriminación, agresiones, amenazas, exclusiones y, en general, hostigamiento. Por supuesto, de esta hostilidad no se libran el resto de los judíos.

Por ejemplo, ustedes recordarán el intento de boicotear la participación del artista estadounidense judío Matisyahu en el festival Rototom Sunsplash. Al principio, los organizadores cancelaron la invitación cursada al artista y, después, se disculparon. El comunicado que publicaron en su sitio web no dejaba lugar a dudas: El Rototom Sunsplash reconoce su equivocación, fruto del boicot y de la campaña de presiones, amenazas y coacciones promovidas por BDS País Valencià al considerar que podían alterar gravemente el normal funcionamiento del festival, lo que impidió gestionar la situación con lucidez. Esta forma de antisemitismo dista bastante de ser pacífica.

El BDS actúa, por ejemplo, en sectores como el artístico y el universitario. No tiene muchos seguidores, pero son muy activos. Sin embargo, el año 2015 fue un mal año para ellos y, junto al patinazo del Rototom, sufrieron un revés en otra de sus acciones de Boicot: la expulsión de la Universidad de Ariel del concurso internacional de construcción sostenible Solar Decathlon Europe.

La historia se remonta a 2008. La Universidad israelí de Ariel, en la que estudian judíos y árabes, había quedado entre los 20 finalistas de aquel concurso organizado por el Ministerio de Vivienda que, a la sazón, estaba a cargo de Beatriz Corredor. El movimiento BDS presionó al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para que la excluyese del certamen. En 2009 Moncloa cedió a las presiones y el ministro de Asuntos Exteriores, Moratinos, comunicó a la Universidad que la excluían del grupo de finalistas, frustrando así la posibilidad de que ganasen. El pretexto invocado por el Gobierno – y tomado del movimiento BDS – fue que esta Universidad “se encuentra ubicada en territorios ocupados y estando obligados a respetar la posición de la Unión Europea en relación con esta materia”.

La Universidad decidió defenderse y litigar. A finales de 2015, el Consejo de Estado emitió un dictamen durísimo contra el Estado español. Señala que la decisión de excluir a la Universidad fue adoptada, de plano, sin sujetarse a ninguno de los procedimientos establecidos en el ordenamiento jurídico y comportó la privación de derechos e intereses. El Consejo declara la nulidad de pleno derecho de la resolución adoptada y acuerda en favor de la Universidad una indemnización de 70.000 €, que se suma a los 30.000 € que ya hubo que reembolsar a la institución académica.

Dejaremos para otro momento las preguntas sobre la financiación del BDS y sobre sus apoyos políticos. Por lo pronto, la debilidad de ciertos políticos españoles y el miedo a las campañas de boicot han costado a los ciudadanos 100.000 €, por no mencionar el desprestigio que supone, en el mundo, ceder ante actos antisemitas como las campañas de BDS.

Este movimiento se nutre de fondos públicos y privados. A menudo utiliza asociaciones o plataformas como pantalla de sus actividades. Suelen invocar los derechos humanos pero, en realidad, reproducen las técnicas del antisemitismo del siglo XX. Acusan a los judíos de racismo – ahí están los infames intentos de equiparar a Israel con la Sudáfrica del Apartheid – aunque si se les advierte del antisemitismo latente en su discurso subrayan que tienen muchos amigos judíos y que ellos, en realidad, critican a Israel. No se engañen. Los ataques contra la legitimidad de Israel, la demonización del Estado y de los israelíes, el doble rasero aplicado sistemáticamente y otras tantas formas de incitación al odio son inequívocas. Es un ejemplo evidente de lo que Taguieff llamó el nuevo antisemitismo.

La principal arma del BDS es la amenaza del escándalo si la persona o la organización no accede a las peticiones de boicot. A veces, como en el caso del Rototom, los propios afectados admiten presiones, amenazas y coacciones. Al final, con tal de evitarse problemas, el presionado cede y accede al boicot. La discriminación y el temor se imponen así sobre la igualdad, la libertad y la justicia.

He aquí el problema de fondo. Una de las fuerzas motrices de la política española -quizás debiera decir europea, aunque hay excepciones – es el miedo. El movimiento BDS lo sabe y lo utiliza. Cuando a los antisemitas se les planta cara y se afirma la igualdad y la no discriminación, las acciones de boicot fracasan. El BDS puede con los cobardes.

Israel no es perfecto – ningún país lo es – pero hay un abismo insalvable que lo separa de la pesadilla racista de la Sudáfrica del Apartheid o de la teocracia iraní cuyos fondos nutren tantas iniciativas. Soslayar ese abismo y equiparar a la única democracia estable de la región con Estados racistas, genocidas o tiránicos es una de las formas más extendidas y miserables de fomentar el odio a los judíos, sean o no israelíes.

Por eso, hay que celebrar que el BDS haya cosechado estos fracasos que demuestran su verdadera debilidad. Cuando se hace frente al boicot, como han hecho, por ejemplo, Sabina y Serrat actuando en Israel igual que en cualquier otro sitio, o como hicieron los organizadores del Rototom Sunsplash rectificando una decisión equivocada, se demuestra que la discriminación no tiene la última palabra y que al antisemitismo se responde con libertad y con firmeza, no con miedo.

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