¿Ha muerto la oferta ideológica de la izquierda israelí? – Por Gabriel Ben-Tasgal

En cierta ocasión, la mítica encuestadora israelí Mina Tzemaj comentó: “Cuando escuchas una sirena de una ambulancia, sucede una entre dos cosas: Si el que está siendo socorrido es una persona mayor y falleciente, probablemente se trate de un votante de izquierda… pero si se trata de un bebé recién nacido, probablemente votará por la derecha israelí”.

La parábola de Mina Tzemaj se sustenta en una realidad fáctica, la sociedad israelí se ha inclinado hacia la derecha del mapa político. Paralelamente, muchos israelíes que defienden posturas tradicionales de izquierda optan por no votar al Partido Laborista ni lo hicieron por Meretz (que no superó el “umbral de cierre” en las últimas elecciones). Consideran que votarles es un desperdicio estratégico del sufragio ya que ambas no pueden detener la coronación de Binyamin Netanyahu como Primer Ministro. Este voto estratégico favorece a las agrupaciones de centro como Yesh Atid (Hay Esperanza) o la Reshima Mamlajtit (Lista Oficialista).

¿Significa esto que los principios ideológicos de izquierda son impopulares en Israel? Si tomásemos en consideración que sus pilares son la defensa del principio de dos estados para dos pueblos (con la creación de un estado palestino), la separación entre estado y religión, una postura socialista o socialdemócrata en socioeconomía, la defensa de los derechos civiles y una visión plural de las identidades nacionales en Israel… entonces la respuesta sobre la relevancia ideológica es “mixta”. Por supuesto que en cada uno de estos pilares existen diferencias entre el Partido Laborista y Meretz.

Los israelíes se inclinan a favor de una separación territorial y física de los palestinos aunque desconfían de la inmediatez o necesidad de un estado independiente. Temen que provoque una mayor amenaza terrorista sin poner punto final al conflicto. Para reafirmar dichas sospechas, suelen citar tres precedentes históricos inmediatos: La retirada de la Franja de Seguridad en el Líbano (2000), el abandono unilateral de Gaza (2005) y; por sobre todo, la retirada de Cisjordania en el marco del Acuerdo de Oslo B (1995). Una separación entre israelíes y palestino “si”, un posible estado palestino “quizás” (y no ahora) y el convencimiento que el conflicto es más “administrable” que “solucionable” a corto o mediano plazo.

En otro apartado, los judíos israelíes son mayoritariamente tradicionalistas o bien aceptan con agrado cierta preservación de sus costumbres religiosas. Las propuestas de separación total entre estado y religión no son muy populares. Por contrapartida, un aumento de la influencia religiosa en la vida pública israelí puede perjudicar al próximo gobierno de Netanyahu en su imagen pública.

Israel posee hoy una economía fuerte y exitosa sin ser un estado capitalista salvaje. Propuestas para reducir las diferencias sociales o para brindar oportunidades a los sectores más necesitados son necesarias e imprescindibles. Sin embargo, los partidos socialistas se topan con una serie de dificultades: 1) Existen otras fuerzas políticas que proponen lo mismo (Shas o el Partido árabe-judío Jadash); 2) Es imposible sustentar la recepción del voto en base, únicamente, a propuestas económicas. En especial cuando el estado “no” está sumido en una crisis. Meirav Mijaeli o, anteriormente, Shely Yejimovich, posicionaron al Partido Laborista exageradamente alrededor de este eje socioeconómico sin lograr reconquistar un papel central en la política local.

En relación a las identidades nacionales, Meretz se enfrenta a un grave problema en su práctica discursiva. Amnon Rubinstein; uno de los fundadores de dicho partido (en 1992); lo ha explicado con claridad: “Yo acuso a Meretz de que en cada enfrentamiento entre judíos y árabes, no mostraron suficiente identificación con el lado judío. Hace años, les advertí sobre esta tendencia. Dije, hay una guerra aquí por la soberanía judía y aunque es correcto que hay que defender los derechos humanos, el derecho judío a un refugio seguro es más importante”.

La opinión pública israelí se define orgullosamente como “sionista”, defendiendo la necesidad de un estado “cuna nacional del pueblo judío” que sepa respetar los derechos civiles de todas las minorías. Siendo así, rechazan de plano que el nacionalismo judío (o el sionismo) sea catalogado como “supremacismo”. Más aun, considerarlo como una forma de supremacismo es captado como un insulto o como otra estrategia para delegitimarlo.

La defensa de los derechos civiles es un eje especialmente atractivo pero, para ser creíbles, se debe ser consistente. Defender los derechos palestinos o coquetear con la idea de promover la intervención de la Corte Penal Internacional en el conflicto debe, repito, debe, convivir con el derecho inalienable de cada individuo a la vida y a la defensa propia. Además, las necesarias reformas al sistema judicial israelí deberían ser promovidas por los defensores de los derechos civiles ya que, de lo contrario, su pasividad pasa a ser captada como simple conveniencia política.  

Los portavoces de la izquierda israelí han ofrecido una serie de explicaciones a la hora de justificar el descenso de su fuerza popular. Casi siempre, los argumentos son “tácticos” y hasta a veces anecdóticos. Nos por eso dejan de tener valor. Entre los argumentos más escuchados encontramos la acusación que la incitación de Netanyahu y sus ministros contra la izquierda ha surtido un duro efecto que no los favorece; que están pagando el precio por haber votado leyes en contra de su ideología en pos de mantener con vida al último Gobierno de Cambio; que ofrecen un discurso elitista que no combina elementos racionales con otros emocionales (por lo tanto no logran conectarse con la población, en especial con los judíos mizrajim); que han sido abandonados por el voto árabe cuando ellos “siempre” defendieron a esta minoría israelí; que carecen de lideres carismáticos para competir con un orador destacado como Netanyahu, o con un provocador como Itamar Ben-Gvir; que los líderes de las agrupaciones no duraron en sus cargos al ser fagocitados por los suyos; que Yair Lapid (Yesh Atid) realizó una campaña del “partido grande” en vez de defender a todas las fuerzas de su bloque para enfrentar juntos a Netanyahu o bien… que el liderazgo de los partidos de la izquierda israelí ya no pueden planificar campañas electorales para hacerse con el gobierno… sino que deben asumir la función histórica de guiar ideológicamente a quienes comandarán al país desde fuerzas centristas.

Todas estas razones pueden ayudar a explicar parte de la debilidad actual del Partido Laborista o la desaparición parlamentaria de Meretz en las últimas elecciones para la Knesset. Sin embargo, considero que existen dos razones importantes que “no” son asumidas con suficiente integridad intelectual.     

Ante todo, no existirá una reconstrucción sin un replanteo del “Síndrome del Espejo”. La formulación de la realidad no debería derivarse de cómo nos interpretamos o, únicamente, en base a nuestras creencias. Muchas veces, y en especial en el Medio Oriente, es preferible detectar la forma en la que nuestros vecinos interpretan el mundo. Veamos algunos ejemplos de las dificultades que el exceso del síndrome del espejo provoca en algunos sectores de la izquierda israelí: a) El hecho que la laicidad sea un valor ideológico primordial para unos no significa que nuestros vecinos palestinos sean laicos (no lo son y por lo tanto desconocer sus motivaciones ideológicas religiosas actúa como un “síndrome del espejo”); b) El hecho que los israelíes consideremos que debemos poner punto final a un conflicto sangriento porque tal violencia provoca una degradación moral inaceptable… no significa que el liderazgo palestino vea la realidad de la misma forma (no la ven); c) El hecho que consideremos que las declaraciones públicas son menos importantes que la esencia de lo que estamos dispuestos a sacrificar (que en occidente lo solemos expresar en privado) no debería inducir que en el mundo árabe-musulmán las intenciones declaradas frente a las audiencias no deban tomarse en cuenta (lo que se dice en público allí es más importante que lo que se declara en privado).

En una entrevista a Maariv, el ex diputado de Meretz Abshalom Bilan confesaba que “fuimos percibidos por el público como un partido que no lucha por los intereses israelíes, sino que quiere respetar a los palestinos”. Sin embargo, como bien declaraba Amnon Rubinstein “Israel no siempre tiene la culpa, los árabes desde 1948 han adoptado una línea obstinada, beligerante e intransigente. No sólo no aceptaron ninguna oferta israelí, sino que ni siquiera hicieron una contraoferta seria. Se podría decir eso y eso había que decirlo”.

En otras palabras, el liderazgo palestino no es un niño indefenso, inimputable por sus acciones. Las propuestas ideológicas no pueden sustentarse en un vacío, en el que solo importan nuestros deseos, sin tomar en consideración las posiciones de los palestinos. De la misma forma que la crítica hacia el liderazgo palestino o hacia el radicalismo islámico no puede quedar bajo monopolio de la derecha, las propuestas de paz no deberían ser impulsadas solamente desde la izquierda.

Segundo, el narrativismo de la izquierda israelí la posiciona negativamente. Hayden White, iniciador de lo que hoy se conoce como narrativismo, sostiene que toda experiencia puede ser narrada, siendo que el relato histórico es considerado como una forma discursiva dirigida a la audiencia del presente. Así, el problema sobre “la verdad” pierde centralidad.

En el caso israelí, muchos son los que presentan argumentos exagerados, muy distantes al deseo de alcanzar la verdad. Desde la derecha, se exagera en la explotación de los miedos existenciales para conseguir votos. Lo mismo se hacen al exagerar las amenazas potenciales ante concesiones territoriales. También se exagera en el victimismo de Binyamín Netanyahu frente a los procesos judiciales en su contra.

El narrativismo que escuchamos desde la izquierda posee tintes muy cuestionables desde la intelectualidad. No existe relativismo cuando se está tan alejado de los hechos. Veamos algunos ejemplos: a) No, Israel no impone un Apartheid, no en Israel ni en Cisjordania; b) No, el conflicto palestino-israelí no permanece vigente por culpa de la ocupación (y las dispuestas territoriales son solucionables); c) No, el ejército israelí no se asemeja ni es comparable al accionar nazi. d) No, Gaza no es una cárcel a cielo abierto, tenemos un conflicto armado con una organización que desea borrar del mapa a Israel; e) No, cualquier postura ideológica que no contenta sus dogmas no es “la destrucción de la democracia israelí” (de hecho, en los últimos 20 años el índice de democracia en Israel ha mejorado 13 posiciones – “The Economist”).

Uno de los narrativismos más poco creíbles sostiene que si Israel no se desprende rápidamente de Cisjordania, viviremos en un país binacional, no democrático, con minoría judía. Tal afirmación, muy recurrente, no tiene ningún tipo de asidero. Los israelíes no desean ni pueden ser obligados a anexar los territorios A y B de Cisjordania (40% de 5.960 km2) ni consideran la posibilidad de otorgar ciudadanía a dos millones y medio de palestinos. El debate gira en torno a una anexión de buena parte del territorio C (como deseaba Naftali Bennet cuando lideraba el partido Yamina) contra un renunciamiento total del mismo territorio (con un 6% de intercambio de tierras – “Swap”) como propuso Ehud Olmert en el 2008.

Lamentablemente para la realidad del Israel 2022… el narrativismo derechista del “miedo, miedo, miedo” es visto como más creíble que el narrativismo sobre la “bomba demográfica” en los 90’ o algunas de sus versiones aggionardas recien citadas.

Las posturas de la izquierda sionista son muy necesarias para mantener una democracia israelí pluralista y vibrante. Más aun, hace poco hemos sido testigos y disfrutado gracias a uno de los mayores aciertos que nos ha traído la socialdemocraciala ley de seguros médicos obligatorios promovida por el ex Ministro de Salud del Partido Laborista Jaim Ramón. El Covid-19 afectó a Israel un poco menos gracias a nuestro social demócrata sistema de salud universal.

“A veces tienes que caerte para poder levantarte. Estamos en invierno, pero debemos recordar que después de cada invierno llega la primavera”, afirmó Zehava Gal-On (Meretz) tras ver como su partido no entraba a la Knesset (noviembre 2022). Por el momento, sin un profundo replanteamiento de ciertos dogmas ideológicos, no bastarán las políticas de cancelación para volver a ser relevantes a ojos del electorado israelí.  

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