Estados Unidos debe reforzar su credibilidad a nivel mundial – Por Mayor General (ret.) Yaakov Amidror

RESUMEN: La frustración por la anormal disfuncionalidad del gobierno fue raíz de los recientes levantamientos árabes y lidera ahora algunos de los cambios que tienen lugar en las democracias occidentales, incluyendo la de los Estados Unidos. La administración Trump tendrá que trabajar muy duro para ganarse la confianza del público y restaurar también la credibilidad de Estados Unidos como superpotencia, que quedó muy erosionada durante la presidencia de Obama. Es probable que la nueva administración sea más amistosa con Israel que esta saliente. Israel debería estar listo para decirle a toda esta comitiva presidencial, tan pronto sea posible, sobre cuáles son los entendimientos públicos y privados que Israel prefiere, que temas necesitan una participación más robusta por parte de Estados Unidos y en los que Israel preferiría que Estados Unidos retroceda.

Si alguien tuviese alguna duda que el mundo está en medio de una prolongada conmoción sin visualizar un final en el horizonte, los resultados de la campaña presidencial estadounidense del pasado martes deberían proveer todas las pruebas necesarias. Lo imposible se ha hecho realidad y la democracia se ha vuelto a mostrar como un sistema volátil que puede conducir a resultados sorpresivos.

Supimos una vez más que las encuestas son sospechosas y que la opinión pública es difícil de predecir, no sólo en el Medio Oriente, sino también en California y Nueva York. Tal vez es hora de suspender tales encuestas, que casi invariablemente lo que hacen es engañar al público.

Un sabio me dijo recientemente que las democracias occidentales están experimentando una crisis que está llevando al surgimiento de movimientos extremistas en Europa y a candidatos no convencionales en los Estados Unidos. Este explica dicho fenómeno de la siguiente manera.

El público en estos países espera que el estado provea más de lo que este puede en el marco de lo posible. No existe ninguna posibilidad que el estado sea capaz de satisfacer las demandas del pueblo sin cambiar radicalmente el sistema. Cuando se hace evidente que los funcionarios electos no pueden cambiar las duras realidades, en otras palabras, que las promesas de la campaña no se traducen a la realidad, la decepción del pueblo crece aún más.

No sólo las democracias están experimentando una reacción masiva en reversa mientras sus ciudadanos responden al fracaso gubernamental para cumplir con las expectativas. Las dictaduras están experimentando este fenómeno también. En las democracias, este descontento popular se refleja el día de las elecciones. En las dictaduras, existen los golpes de estado y el derramamiento de sangre.

La frustración por el mal funcionamiento del gobierno fue la raíz de los disturbios en el mundo árabe y de los subsecuentes levantamientos árabes y ahora está impulsando algunos de los cambios que tienen lugar en las democracias occidentales.

Brexit, el referéndum británico para marcharse de la Unión Europea, vio a los británicos votar en masa contra la élite londinense y en favor de divorciarse del bloque de 28 miembros. En los Estados Unidos el Partido Republicano no ocultó su aversión hacia Donald Trump y los medios de comunicación y numerosos iconos culturales se unieron para impedir su elección y asegurar la victoria de la candidata presidencial demócrata Hillary Clinton. El voto a favor de Trump contradecía rotundamente las predicciones hechas por los líderes autodidactas de la opinión pública.

Los medios de comunicación jugaron un papel clave en el período previo a la conmoción que produjo el Brexit, así como también en las elecciones generales de Israel en el 2015 y en las elecciones del martes en los Estados Unidos. En los tres casos, los medios de comunicación demostraron estar muy alejados del sentimiento público y de la realidad.

Israel, Gran Bretaña y Estados Unidos poseen tres sistemas de democracia diferentes y todos tres experimentaron este fenómeno. La desconexión entre los medios de comunicación y el público no es saludable para la democracia, ya que la fe del público en la imparcialidad y objetividad de los medios de comunicación es vital.

No está claro qué se puede hacer, si es ese el caso, para abordar este problema. Es poco probable que la acción del gobierno sea el enfoque correcto.

Sería prudente que los medios de comunicación, especialmente los medios clásicos (prensa escrita, radio y televisión), se auto-valoraran debido a la pérdida de su credibilidad y, con ello, la pérdida de su capacidad para influir sobre el público. Esto es cierto tanto para Israel como para Estados Unidos.

Para muchos estadounidenses, el mandato del Presidente Barack Obama está llegando a su fin con una nota decepcionante. Mucho se escribirá sobre el hombre que destrozó el techo de cristal racial, pero también pasará a la historia como un presidente polarizador cuyo mandato dejó peor a una sociedad norteamericana de por si desgastada.

Las campañas de difamación implementadas tanto por los demócratas como por los republicanos durante la contienda presidencial del 2016 reflejaron una profunda grieta y odio mutuo entre dos culturas políticas en los Estados Unidos. El comportamiento de Obama hizo poco para mitigar las tensiones. En todo caso, probablemente empeoró las cosas.

Un ejemplo fue el acuerdo en materia nuclear con Irán. Obama ignoró completamente el Congreso y, al parecer a la opinión pública estadounidense y firmó un acuerdo que calificó como el logro más importante de su administración. No es así como uno fomenta el consenso o crea confianza en la cultura política y en las instituciones del país.

Esto debería servir como lección importante para las democracias que luchan con graves desacuerdos. Las disputas deben ser resueltas mediante el compromiso. Los que están en posición de imponer sus opiniones deberían ceder un poco, para que los que poseen opinión minoritaria no se sientan totalmente ignorados. También es importante no tomar decisiones críticas sin una mayoría sólida.

En Israel, aquellos que toman decisiones difíciles que desafían a la opinión pública son a menudo elogiados como “líderes corajudos”, especialmente si dichas decisiones coinciden con las posturas expresadas por los medios de comunicación e ignoran los daños infligidos a la sociedad.

La sociedad estadounidense de hoy está plagada de odios que, al menos en parte, se oponen a la regla más importante de todos: la mayoría no debería hacer alarde de sus decisiones y no debe ignorar las protestas de la minoría. Sería prudente también recordarle a Israel esta lección.

Con una firme postura republicana en la Cámara y el Senado, las cosas deberían ser más fáciles para el Presidente electo Trump. Sin embargo, la esperanza general en Estados Unidos es que aunque este posea mayoría, Trump se verá a sí mismo como “el presidente de todos”, tal como dijo en su discurso de aceptación y que no opacará a los demócratas. Al tomar este enfoque, puede ayudar a sanar la brecha.

Existe un área donde Trump dejará su huella en los próximos años: la Corte Suprema de Estados Unidos. La administración entrante necesitará nombrar jueces, pero en los Estados Unidos, ese proceso involucra audiencias de confirmación. Debido a que los republicanos controlan tanto la Cámara como el Senado, podrán nombrar jueces conservadores, lo que pudiese inclinar el equilibrio en la Corte Suprema. Esto afectará la delicada influencia que la Corte ejerce sobre el carácter de la sociedad estadounidense.

La elección de Trump refleja el profundo temor de los estadounidenses hacia los inmigrantes, quienes muchos en Estados Unidos ven como una amenaza para el carácter nacional de Estados Unidos. Lo mismo ocurre con el Reino Unido, donde gran parte del voto del Brexit fue impulsado por la preocupación de los británicos sobre las políticas de inmigración de la Unión Europea. Para muchos estadounidenses, esta fue una oportunidad, quizás la última, de retrasar este cambio.

Trump fue llevado a la Casa Blanca por el abandono y rechazo que sintió la clase obrera estadounidense que desconfía de la globalización y sienten que les están sacando la alfombra debajo de sus propios pies.

Existe otro Estados Unidos fuera de Nueva York y Washington, lejos de los bulliciosos centros urbanos de las costas este y oeste y lejos de las universidades de la Ivy League, lugares que el estadounidense promedio tiene dificultades de alcanzar sin ser de una familia rica o un genio extraordinario.

El sueño americano se ha estancado y la victoria de Trump refleja el deseo del pueblo de resucitarlo. No es de extrañar que este tema haya sido planteado en el discurso de victoria del presidente electo y es una tarea digna y difícil.

Cuál será la política del nuevo presidente para abordar el tema es una pregunta abierta. Es imposible detener mágicamente la inmigración y hay poco que se pueda hacer respecto a los millones de inmigrantes ilegales que ya viven en los Estados Unidos. Es igualmente difícil ver a Estados Unidos perder la posición económica líder que la globalización le ha otorgado, especialmente en los campos de finanzas y tecnología. Si Trump lanzase una guerra comercial con el mundo, los Estados Unidos se verían seriamente afectados.

Estos fenómenos no son exclusivos de los Estados Unidos. Son evidentes en Europa también y afectarán las elecciones del próximo año en Alemania y Francia. ¿El resultado del Brexit y la elección de Trump anuncian una nueva dirección histórica en el sistema internacional respecto al tema de inmigración y economía? Es demasiado pronto para decirlo, pero las señales son más fuertes que nunca.

No sé cuánto afectó el deterioro de la postura internacional estadounidense en las elecciones presidenciales, pero Trump se enfrenta claramente a varias pruebas difíciles respecto a las relaciones internacionales. El principal problema es que Estados Unidos ha perdido su credibilidad como superpotencia. Obama explicó una y otra vez por qué no creía que el estatus de superpotencia era importante, pero en los temas internacionales, este estatus significa mucho.

Restaurar su posición de superpotencia es la única manera en que Estados Unidos pueda continuar aliviando las tensiones globales y prevenir el deterioro de las relaciones en las que posee un interés personal.

El sentimiento de que Estados Unidos ha abandonado al mundo y no puede contarse con su gobierno, es compartido por sus aliados en todo el mundo, incluso en el Lejano Oriente, donde estos aliados deben lidiar con la agresión de China. Trump se enfrentará a duras preguntas en el Mar de China Meridional, pero también sobre el creciente poder de Rusia en el Medio Oriente. El tratar con estos temas, especialmente dados los recortes en el gasto de defensa de Estados Unidos, no será fácil.

En cuanto a las relaciones Israel-Estados Unidos, aún no se sabe a quién nombrará el presidente electo en los cargos críticos de secretario de estado, secretario de defensa y asesor de seguridad nacional. Trump muy probablemente reemplazará también a los jefes de varias organizaciones con las cuales Israel mantiene lazos importantes. Hasta que esté claro con quién planee rodearse a sí mismo, es difícil formular una opinión.

Trump posee una simpatía básica por las necesidades de Israel. Conoce y ha trabajado con mucha gente familiarizada con estas necesidades y puede asegurar que la voz de Israel sea escuchada. Los próximos dos meses, durante los cuales Trump configurará su política y formulará su equipo, serán importantes para la creación de las relaciones de trabajo que puedan influir sobre esa política.

Israel posee varias ventajas importantes. Es, en primer lugar, un país estable. No le está pidiendo a los Estados Unidos que envíe tropas en su ayuda y no se le puede criticar por no pagar un precio a su propia defensa. La ayuda financiera que Israel recibe de los Estados Unidos, por considerable que esta sea, será revertida a las industrias de defensa estadounidenses en unos años. Israel fue sabio en aceptar ese estipulado en el reciente acuerdo de ayuda en el área de defensa y sería difícil para cualquiera quejarse sobre ello.

Es probable que la nueva administración sea más dura respecto a Irán, aunque no abandone el acuerdo en materia nuclear del 2015. Lo que queda por ver es cuánto estará dispuesto Trump en invertir para evitar que el poder chiita se fortalezca, especialmente teniendo en cuenta sus vínculos con Rusia que, al igual que Irán, está fuertemente involucrada en Siria.

Es probable que la nueva administración sea menos estricta con Israel respecto a la construcción de los asentamientos de Judea y Samaria. Esta fue una bandera roja mostrada a Obama, que hizo de los asentamientos y cualquier construcción en Jerusalén oriental que fuesen tema clave en las relaciones Israel-Estados Unidos. Eso fue un gran error. Uno sólo puede esperar que la nueva administración se comprometa con Israel en el tema, especialmente si el gobierno permanece comprometido con la solución de dos estados.

Existe una larga y compleja curva de aprendizaje por delante de nosotros. Todo irá más lento hasta que la nueva administración se sienta lo suficientemente segura como para decidir su estrategia. Los primeros pasos de Trump como presidente serán cruciales. Tendrán que transmitirle al mundo que no es sólo la retórica que ha cambiado, sino también la voluntad de invertir y hacer sacrificios para proteger los intereses de los Estados Unidos y sus aliados alrededor del mundo.

Israel debería prepararse para decirle a toda la comitiva del presidente, lo antes posible, cuáles son las preferencias privadas y públicas preferidas por Israel, cuáles temas necesitan de una participación estadounidense más sólida y donde Israel preferiría que Estados Unidos diese un paso atrás.

Estados Unidos seguirá siendo el principal y más importante apoyo de Israel, algunos dirán que sólo es su sostén principal, pero Israel debe esforzarse por mejorar sus relaciones con la nueva administración. Tan sólidas como las relaciones Israel-Estados Unidos durante la administración saliente, hay margen para una mejora. El momento para comenzar es ahora.

 

El Mayor General. (ret.) Yaakov Amidror es el Distinguido Anne y Greg Rosshandler en el Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat. También es compañero distinguido en el Centro de Defensa y Estrategia de JINSA Gemunder.

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