Es hora que Abbas actúe positivamente – Por José V. Ciprut

RESUMEN: ¿Está Mahmoud Abbas, al igual que Yasser Arafat antes que él, estancando el proceso de paz por temor a que un acuerdo pudiera potenciarse lo suficiente? Hoy ya debería haber aprendido que los mejores tratos son aquellos firmados con convicción, confianza mutua y buena voluntad; y que este tiene que, por su parte obtener grandes logros a través de acciones constructivas en lugar de aventurarse hacia lo destructivo. Aquellos que lideran saben que los viajes decisivos comienzan con el riesgo de un primer paso.

Los erráticos estados de ánimo del Presidente Mahmoud Abbas hacen que su supuesta búsqueda de una “paz justa y duradera” con Israel sea más sospechosa que nunca. La complicada situación palestino-israelí se ha visto afectada durante décadas por una Autoridad Palestina reacia a resolver los temas directamente con Israel o con la ayuda de los Estados Unidos o el Cuarteto.

Tras el reciente asesinato de dos policías israelíes en el Monte del Templo por árabes israelíes que introdujeron armas letales en la Mezquita Al Aqsa, Abbas optó por “congelar” las relaciones con Israel en lugar de concertar consultas tripartitas con Israel y el Waqf. Al hacerlo, actuó de acuerdo con las advertencias de la Liga Árabe sobre los “puntos de no retorno” y al unísono con las declaraciones incendiarias del actual presidente de la Organización de Cooperación Islámica (OCI) el Presidente turco Recep Tayyip Erdogan, quien le ordenó a la “Umma” a nivel mundial para que orara no solo en Jerusalén, sino que la “protegiera”.

En lugar de descalificarse a sí mismo de la confianza dada a este por el democrático estado judío de Israel, que sigue siendo su único interlocutor directo para cualquier “asociación de paz” digna de tal nombre, Abbas debería desistir de aliarse a sí mismo con el transeúnte equivocado como aquel capaz de intimidar en sumisión a Israel. Este debería cesar sus estratagemas en la ONU y a través de la UNESCO y debería hablar cara a cara con el Primer Ministro Netanyahu. Si Abbas decide de esta manera y las lleva a su conclusión natural, puede que logre entrar en la historia como una figura gigante.

Abbas se encuentra en una edad en la que debe haber visto el film ‘Infierno en el Pacífico’, una película de la Segunda Guerra Mundial de 1968 dirigida por John Boorman protagonizada por Lee Marvin y Toshiro Mifune. Ellos son los dos únicos protagonistas de la película: soldados enemigos atrapados en una pequeña isla que no saben que la guerra ha terminado. Estos tratan de neutralizarse a sí mismos, utilizando cualquier medio que puedan encontrar en la confinada llanura en la cual se hallan varados.

Por falta de una salida honorable, donde ninguno de los dos partidos pudiera reprocharse a sí mismos luego por haberse rendido demasiado pronto, este pueril de tira y afloja poco a poco se vuelve menos existencial. A medida que los antagonistas aflojan su dominio sobre el principio de no ser humillados, comienzan a dar cabida a la colaboración.

Una vez que toman este paso, descubren la dicha inherente en la sabiduría de desafiar la rigidez de los principios a favor de una flexibilidad elástica. Estos van de la negación al reconocimiento mutuo a la vinculación y, en última instancia, a la coexistencia pacífica para el bien común.

Esta trama es factible en el entorno de una isla, en el que los dos protagonistas no tienen otra alternativa que mirarse a los ojos y decidir la mejor manera de salir de su miseria. Muy ciertamente, este escenario tiene poca o ninguna coincidencia con el estado de la situación en el Medio Oriente, que contiene una multitud de individuos parcializados y pragmáticos. Además, dentro del contexto Palestina-Israel, no existen circunstancias que permiten la admiración pública mutua. La paz a través de negociaciones directas parece verse mucho más lejos que nunca.

Sin embargo, la historia del film ‘Infierno en el Pacífico’ es relevante de varias maneras.

Cuando el estadounidense descubre que el japonés está construyendo en secreto una balsa para sí mismo, este le regaña por ello. Ya que este posee mayores habilidades técnicas, este le sugiere unir fuerzas para así construir una balsa para dos personas. Esto modifica el enfoque del antagonismo a la esperanza. Al centrar su atención al tamaño y estabilidad de la balsa que están construyendo, sus relaciones se fortalecen.

Su dependencia y confianza entre sí mismos se justifica una vez que suelten amarras, cuando superen las agitadas olas del arrecife y penetran en aguas profundas.

Al aterrizar en un archipiélago, encuentran cuarteles que de hecho son campos de tiro militares de posguerra. En pocas palabras, sus diferencias primarias se enervan, ya que cada uno asume que “la base” le pertenece a las fuerzas armadas de su nación. Rápidamente superan estas primeras reacciones – tanto que, imaginando que las fuerzas estadounidenses están ocultas, el estadounidense grita sus advertencias en contra de dispararle al otro hombre al que ahora considera un amigo.

Al darse cuenta que se encuentran en un terreno abandonado, ambos enemigos jurados rebuscan de entre artículos de primera necesidad: suministros para rasurarse, una botella de vino, cigarrillos. Se afeitan, luego brindan por primera vez como seres humanos civilizados. Lo hacen sin saber lo que les depara el futuro.

La moraleja de esta historia es que Mahmoud Abbas entienda lo bueno de su propio pueblo. El tiempo es corto y las opciones se están volviendo cada vez más escasas. El camino del no poseer un estado a la salvación es áspero y tortuoso. Es hora de comenzar el camino.

 

 

José V. Ciprut es científico en el área de sistemas sociales y economista político internacional.

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