Empezar de nuevo: Es el momento de reiniciar nuestras relaciones con los norteamericanos – Por Caroline Glick (Maariv 11/11/2016)

¿Qué puede esperar Israel de la política exterior de la administración del nuevo gobierno de Trump?, ¿Por qué no podemos permitir que se nos pierda una oportunidad en 50 años para reconstruir la alianza con los EE.UU.?

Donald Trump es una persona inesperada. Durante la larga campaña, dijo muchas cosas que se contradecían entre sí y, por lo tanto, no podemos estar seguros que al salir Barack Obama de la Casa Blanca el 20 de enero, se lleve con él sus políticas, nacionales y extranjeras. Ya que aunque el Partido Republicano está dividido, y muchos políticos y funcionarios no apoyaron a Trump; ellos están de acuerdo en que hay que abandonar las indicaciones de Obama. Y juntos lo harán.

En términos de política interna, significa que los republicanos, que mantuvieron el control de ambas cámaras del Congreso, eliminarán la reforma de Obama del sistema de salud y lo reemplazarán por una reforma a la competencia del mercado de seguros médicos. Con el apoyo de su partido, Trump podría bloquear el intento de Obama de conformar una Corte Suprema de Estados Unidos de acuerdo a la imagen del Tribunal Supremo de Justicia de Israel. Durante los próximos cuatro años va a nombrar hasta a cuatro de los nueve jueces de la Suprema ​​que dará forma a la próxima generación de la Corte. Sus jueces se opondrán a la posición de izquierda que conducía el gobierno Obama, y que le permitía al juez de la Corte Suprema determinar normas sociales y políticas y hasta legislar a través de las decisiones judiciales.

Trump también ejecutará una limpieza de establos de la Administración Tributaria. Bajo Obama, el IRS se ha convertido en un órgano político que ilegalmente ha discriminado grupos conservadores y organizaciones de derecha pro-israelíes. Esta discriminación ha terminado. De conformidad con los requisitos de los votantes de Trump, se despedirán a los funcionarios involucrados en esta actividad.

Y desde la política interior, hacia la exterior. Aunque hay muchas incertidumbres sobre la política exterior de Trump, algunas cosas ya están claras. Ante todo, el hecho que el nuevo presidente va a abandonar la política de apaciguamiento de Obama hacia Irán, y de acuerdo a su compromiso va a eliminar el acuerdo nuclear con Irán.

El daño causado no se repara, al menos no inmediatamente. Las sanciones internacionales impuestas a raíz de la firma del acuerdo, no volverán automáticamente. La reimposición de sanciones económicas contra Irán es contingente con un trabajo diplomático intensivo, cuyos resultados no están garantizados. Irán tampoco va a devolver los miles de millones ganados tras la eliminación de las sanciones o el dinero que el régimen de Obama le otorgó en efectivo.

Lo que cambiará es el enfoque. A diferencia de Obama, Trump adoptará un enfoque hostil hacia el programa nuclear y hacia el ascenso de Irán como una potencia regional.

Parece que el carácter de Trump como administrador, y su falta de experiencia en materia de gobierno le hará parecerse en términos de gestión más al presidente Ronald Reagan. Obama administró y dictó la política interior y exterior de su administración, y los miembros del gabinete y sus altos funcionarios eran, para el caso, sus soldados fiduciarios. No establecían la política o el tono. Al contrario de Obama, Reagan delegaba poderes a sus asesores y sus ministerios. Según todos los indicios, Trump también delegará autoridad, lo que significa que la identidad de sus consejeros y ministros será más importante de lo que las tenía durante estos últimos ocho años.

Es pronto para saber quiénes van a ser sus ministros, pero a juzgar por la identidad profesional de los miembros que rodean la colmena, Israel tiene muchas razones para estar animada: el vicepresidente electo, Mike Pence; El ex presidente de la Cámara Newt Gingrich, el alcalde de Nueva York Rudy Giuliani, el ex senador Rick Santorum, el general retirado Mike Flynn, el ex Embajadora de la ONU, John Bolton, los asesores de Trump para Israel, David Friedman y Jason Greenblatt… todos estos se cuentan entre los amigos de Israel en los Estados Unidos.

Por el contrario, la colmena de Hillary Clinton poseía perfiles hostiles hacia Israel. Entre sus muchos asesores del “Open Society Institute”, financiado por el anti-israelí George Soros y entre las personas de la administración Obama que iban a continuar en el gobierno, no destacaba siquiera un amigo saliente de Israel.

El punto judío

Más que cualquier otra cosa, la elección de Trump fue una victoria contra las élites americanas. La campaña estuvo dirigida no sólo sobre el gobierno de Obama y el establishment Democrática – incluyendo a los medios de comunicación que se enrolaron por completo con la campaña de Clinton – sino también actúo sobre el establishment republicano. De hecho, él dejó claro en su discurso de victoria que está interesado en reparar las grietas dentro de su partido y en la sociedad americana, pero no hay lugar a dudas: esa fusión se llevará a cabo en sus términos.

Un buen número de republicanos de alto nivel que se negaron a apoyar a Trump se encontrarán afuera. También el establishment judío-americano se perjudicará. Con el liderazgo de la Liga Anti-Difamación, con su nuevo director Jonathan Greenblatt, la comunidad se manifestó a favor de Clinton. Incluso la coalición judía-republicana se negó a apoyarlo. En un acto suicida, que no tiene parangón, el mismo día de la elección, el miembro de la junta Republicana Judía, Ari Fleischer, anunció que no apoyaba a Trump.

La movilización a favor de Clinton causó que el establishment judío-americano no dijo nada en contra del fortalecimiento del grupo anti-Israel dentro del Partido Demócrata, cuyos miembros incluyen a algunos que van de subida dentro del partido. Por otro lado, el establishment judío no dudó en culpar a Trump de antisemitismo debido a las voces contra los judíos en los extremos de su partido. Al decidir unirse al Partido Demócrata en las elecciones, acusando Trump y su gente de antisemitismo, los miembros de la clase dirigente judía ya no representan los intereses de la comunidad frente al gobierno de una manera apropiada.

Si la comunidad judía estadounidense desea reconstruir su posición, sus miembros tendrán que despedir a los líderes de las grandes organizaciones o, más probablemente el caso, establecer nuevas instituciones para representar sus intereses. No será fácil, no será barato, y tomará tiempo.

Para Israel, la derrota del establishment estadounidense es una bendición

Como hemos visto, en el gobierno de Obama y en la administración de George W. Bush y Bill Clinton, la elite estadounidense cree que Estados Unidos debe obligar a Israel a firmar un acuerdo con la Autoridad Palestina, y los términos del acuerdo incluyen la entrega de la mayor parte de los territorios que Israel capturó de Jordania durante la Guerra de los Seis Días.

Este pensamiento es esencialmente anti-israelí. Ella coloca toda la culpa de la falta de paz en Israel y hace que sea ella la única responsable de la búsqueda de una solución al conflicto. Al mismo tiempo, se libera la responsabilidad palestina por sus acciones hostiles. Esta misma esencia anti-israelí llevó a funcionarios, incluso a pro-Israel, a presionarla a actuar en contra de nuestros intereses y nuestra seguridad, por no mencionar el daño provocado sobre la alianza israelí-norteamericana. Estadounidenses no entendían de qué forma Israel era un aliado de los EE.UU., y veían en nosotros un peso que perjudicaba su prestigio y su influencia de gran potencia.

Los asesores de Trump – especialmente Gingrich, cuyo nombre fue planteado durante la campaña como candidato para el puesto de secretario de Estado o jefe de gabinete de la Casa Blanca – rechazaron esta posición. Durante el debate entre los candidatos republicanos, en las elecciones de 2012, por ejemplo, argumentó Gingrich que los palestinos son “un pueblo inventado”, y que Israel no puede esperar para hacer la paz con un pueblo que educa a sus hijos a odiar a los judíos y a los norteamericanos.

La elección de Trump abre a Israel una oportunidad para restablecer las relaciones con los americanos, la primera vez desde la Guerra de los Seis Días. Israel debe reconstruir su alianza con los EE.UU. sobre la base de la comprensión mutua y el respeto por lo que Israel aporta sobre la mesa, como la única aliada fuerte y fiel estadounidense y como la única fiable en el Medio Oriente, y en la medida que se le pueda explicar a los norteamericanos, no como el resultado de los muchos demonios que Obama liberó de la botella durante ocho años.

Podemos empezar de nuevo principalmente en temas relacionados con los palestinos y la guerra política que Europa y la izquierda internacional lleva a cabo contra Israel, menos sobre el ascenso del islamismo yihadista en Oriente Medio. Si Israel aprende a actuar bajo las nuevas circunstancias, es probable que obtengamos mucho.

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