El terrorismo como capacidad de poder sobre la muerte – Por Prof. Louis René Beres (BESA)

El terrorismo opositor, especialmente el terrorismo yihadista, se ha convertido en un permanente para la continua seguridad de Estados Unidos, Europa y por supuesto, de Israel. Sin embargo, se ha dirigido muy poca atención analítica seria hacia la identificación de soluciones ante tales peligros. Estas soluciones deben ser construidas en base al entendimiento del terrorismo como una herramienta en la búsqueda de la inmortalidad personal.

Foto – Bandera del yihad sobrevolando en Rotterdam, 2014, fotografía de Wouter Engler vía Wikimedia Commons

Mientras los especialistas en contra-terrorismo, correctamente, le prestan una atención considerable a las influencias que brotan de la yihad y del martirio, no se han efectuado análisis convincentes que hayan explorado las fuertes promesas del poder que yace sobre la muerte. En última instancia, es el atractivo de esa promesa lo que puede determinar el éxito o el fracaso de los movimientos terroristas. ¿Cómo es que puede ser contrarrestado este llamamiento atractivo tan estimulador?

Cualquier respuesta política intencional debe ser teórica y tener como base el conocimiento, no el meramente anecdótico o estrechamente deductivo. Cualquiera que sea el enemigo yihadista del momento, la verdadera lucha nunca tiene que ver con el territorio, la soberanía, la geografía o la democracia. Siempre, ya sea nos refiramos a la lucha en Irak, Afganistán, Siria, Yemen, Cisjordania o Gaza, el enemigo yihadista busca siempre algo mucho más convincente y personal. Ese “algo” especial es la vida eterna.

Ciertas preguntas obvias deberían surgir ahora. ¿Cómo podemos combatir una forma tan incomparable e indiscutible del poder de confrontación? ¿Puede alguna promesa terrenal competir con éxito con las promesas de inmortalidad que tienen sus bases en la religión?

Nuestras respuestas, aunque parciales y provisionales, deben tener como base análisis muy razonados. Deben ser plenamente civilizadas y densamente culturales. Y tendrán muy poco o nada que ver con la aplicación del poderío militar.

Para lidiar con éxito contra los enemigos yihadistas, debe reconocerse que el contra-terrorismo nunca es principalmente un problema operativo. Si lo fuese así, la amenaza sería mucho más fácilmente susceptible a ciertas formulas tácticamente limitadas.

A veces, la verdad científica es contraria a la intuición. Por ejemplo, el terrorismo yihadista tiene poco que ver con tierras, política o estrategias. En última instancia, este se revela a sí mismo como una expresión de “violencia sagrada”, es decir, daños basados en cánones dirigidos contra apóstatas designados a dedo, herejes o los abiertamente incrédulos. En su mero centro, esta red de homicidios orquestados en constante expansión representa ahora una forma genuina de sacrificio religioso. Una práctica histórica de larga data, el sacrificio religioso parte de las costumbres pre-modernas (no necesariamente islámicas), prácticas que vinculan el “martirio” de cada suicidio planificado a una víctima adecuada.

¿Existen soluciones diplomáticas disponibles para contrarrestar el yihad? Tal violencia de sacrificio expresa muy claramente el Istishhad, o “Muerte en el Camino hacia Alá”. En consecuencia, parece ser que puede existir muy poco o ningún espacio para las negociaciones. Para los Estados Unidos y Occidente en general, en especial Israel, puede que nunca haya ninguna ventaja al ofrecer concesiones o cualquier otra manifestación de compromiso.

Para Hamás, el enemigo israelí es más que un simple oponente geoestratégico. Es, más bien, un objetivo “religioso” delegado programado para ser aniquilado, uno cuya eliminación obligatoria y violenta dará vida bendita al eterno sacrificador islámico. “Juro”, declara el Pacto de Hamás, “por el que posee el alma de Mahoma que deseo invadir y se me otorgue la muerte por el bien de Allah, luego invadir y que se me dé muerte y luego invadir de nuevo y se me dé muerte”.

Las raíces más profundas del terrorismo yihadista tienen su origen, al menos en parte, en aquellas culturas que abrazan ciertos puntos de vista del sacrificio. En todos estos contextos de “violencia sagrada”, el propósito del sacrificio se extiende mucho más allá de la necesidad cívica. Aquí, la práctica del sacrificio se convierte en una expresión apasionada y totalmente ritual del fervor religioso.

Tal sacrificio deriva de una conquista desesperadamente esperanzada sobre el tema de la muerte.

Para nosotros, en Occidente, tales esperanzas basadas en la fe pueden parecer muy poco convincentes. Aun así, en este ámbito de la política mundial, no puede haber mayor poder que el poder sobre la muerte. Después de todo, las promesas más o menos persuasivas de inmortalidad moran en casi todos los sistemas principales de creencias religiosas. Sin embargo, por una razón u otra, este hecho permanece desatendido o muy mal-entendido en Washington, Jerusalén y en otras importantes capitales occidentales.

Las operaciones de martirio siempre se han asociado a la yihad. Estas misiones tienen como sustento aparente las escrituras musulmanas codificadas de larga data. Estas inequívocas y celebradoras invocaciones jubilosas de esta especie particular de guerra pueden ser encontradas en el Corán y en ciertos hadith canónigos.

Para los Estados Unidos, Europa y especialmente Israel, las implicaciones de seguridad de cualquier fusión adversa de doctrina religiosa y de violencia justifican un cuidadoso reexamen. Un terrorista yihadista, firmemente convencido que la violencia contra Estados Unidos, Europa o Israel le conducirá directamente al martirio, probablemente nunca se verá disuadido por amenazas comunes de represalias militares o armadas. Este “fiel” criminal será persuadido a cometer más atrocidades por rendiciones territoriales y/o intercambios de prisioneros.

¿Cuál es la política de fondo de todo esto? Muy por encima de todo, es que nuestras guerras actuales y las proyectadas pueden ser, en gran medida, ajenas a este punto. Ya sea que estemos dispuestos a aceptarlo o no, estas corrosivas guerras generalmente solo se enfocan en los síntomas visibles de la patología del enemigo y no en la enfermedad esencial.

Enfrentados a determinados adversarios que no solo tienen dispuesto morir, sino que buscan activamente su propia muerte con el propósito de “vivir para siempre”, Jerusalén y Washington deberían comprender finalmente los límites del proceso de mejorar o corregir una situación militar. Estos límites pudieran volverse aún más difíciles de manejar si una guerra no-convencional junto a un terrorismo no-convencional son en cualquier momento forjados contra nosotros en perfecta cooperación.

Desde su perspectiva, nuestros enemigos yihadistas no cometen maldad alguna. Estos se comprometen por si mismos a asesinar estadounidenses, israelíes y a otros despreciados “incrédulos” con absoluta pureza del corazón. Junto a sus fundamentos sagrados, tales asesinatos son invariablemente heroicos en la mente de los perpetradores.

Nuestra principal tarea debe ser socavar todos estos fundamentos doctrinales. A través del uso considerable de la capacidad intelectual de nuestras civilizaciones y en unión consciente con algunas de las expresiones más usuales del fuego militar, esta tarea puede ser lograda. Al final, nuestra guerra contra el terrorismo yihadista debe ser librada en el campo de batalla principal de la “mente”.

La guerra contra el terrorismo yihadista debe convertirse en una lucha preeminentemente intelectual. Al explicar sus propias orientaciones con la guerra, los antiguos griegos y macedonios no dudaron en expresar su preferencia por el tipo de lucha “mente sobre la mente” sobre aquellas competencias más prosaicas de la “mente sobre la materia”. Por extensión, el mejor caso de “mente sobre la mente” permitirá que un enemigo sea derrotado sin costo alguno o riesgo de “materia física”, es decir, realmente sin combatir.

Tal como escribió el antiguo teórico militar chino Sun-Tzu en ‘El Arte de la Guerra’: “Someter al ejército del enemigo sin combatir es el verdadero pináculo de la excelencia”.

 

 

Louis René Beres es profesor emérito de derecho internacional en Purdue y autor de 12 libros y cientos de artículos sobre el tema de estrategia y guerra nuclear. La segunda edición de su libro ‘Sobreviviendo Entre el Caos: La Estrategia Nuclear de Israel’ (Rowman & Littlefield) publicada en el 2018.

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