El choque de trenes Tlaib-Omar: Primera evaluación – Por Dr. Alex Joffe (BESA)

La decisión israelí de prohibirles la entrada al país a las congresistas estadounidenses Tlaib y Omar, por apoyar al movimiento BDS, ha provocado una tormenta de comentarios por parte de detractores y simpatizantes de Israel. La decisión, justificada pero innecesaria, ilustra la profunda anormalidad que ha caracterizado las relaciones Estados Unidos-Israel. La contaminación a las actitudes y posturas estadounidenses iniciada por el anterior presidente Obama y la histeria que acompaña todo lo relacionado con el actual Presidente Trump (y el Primer Ministro Netanyahu) prepararon el escenario para que las congresistas Tlaib y Omar crearan una situación donde Israel termina con la peor parte. Su viaje al final hubiese resultado en condenas, o muy posiblemente en algo peor. Pero la forma en que la diplomacia pública israelí no logro presentar su caso muestra un estado de conciencia situacional malogrado y un mal manejo de la crisis que no pudo superar la mala fe de las congresistas o la intervención no-deseada del Presidente Trump.

La decisión de último minuto, por parte de los israelíes, de prohibirle a las congresistas estadounidenses y principales partidarias del movimiento BDS Rashida Tlaib e Ilhan Omar la entrada al país, es la culminación de un drama que fue puesto en marcha hace varias semanas cuando fue anunciado su viaje. Esto representa un mal resultado que parte de una simple y predecible trampa establecida por las dos congresistas y sus partidarios. El episodio también muestra la condición disfuncional de la política israelí y estadounidense y la relación entre ambos.

El viaje fue anunciado en julio luego que Tlaib y Omar se negasen a participar en el viaje tradicional a Israel organizado por la AIPAC. Inicialmente, el tema estuvo sujeto a mucha especulación y a declaraciones contradictorias de los funcionarios israelíes sobre si se les negaría la entrada a las dos congresistas, con la aserción convencional de que si serían admitidas.

Pero desde el comienzo fue evidente que Tlaib siendo palestina-estadounidense, quien regularmente se ha reunido con la Hermandad Musulmana estadounidense y con partidarios de Hezbollah y a acusado a judíos estadounidenses de poseer “doble lealtad” y la somalí-estadounidense Omar, que introdujo la legislación BDS en la Cámara de Representantes, construyeron (quizás incluso sin darse cuenta) una situación nada beneficiosa para Israel. Las opciones israelíes eran, todas ellas, desagradables: a ellas las pudieron haber admitido y hubiesen creado un circo mediático durante toda su visita, cuando sin lugar a dudas hubiesen emitido varias condenas a Israel o les negaran la entrada.

Pudiera argumentarse que el peor resultado hubiese sido una visita al Monte del Templo por parte de las dos, lo que pudiera haber provocado disturbios resultando en lesiones quizás incluso para las propias congresistas. Lo más probable es que los funcionarios de seguridad israelíes (o incluso estadounidenses) les hubieran impedido visitar el Monte del Templo, dando como resultado una confrontación bastante publicitada.

Viéndolo desde la parte israelí, los mensajes en conflicto y la negativa a última hora representaron indecisión por parte del gobierno. Pero esta decisión fue seguida por la publicación de la oficina del Primer Ministro de información en donde mostraba que el viaje había sido parcialmente financiado por Miftah, una organización líder del movimiento BDS y un itinerario que no incluía reuniones con funcionarios israelíes o ciudadanos particulares, solo palestinos. Su viaje apenas si fue de un doble discurso o incluso educativo; fue simplemente una misión propagandística.

Si esta información se hubiese divulgado antes – incluso unas horas antes de que se anunciara la decisión final – podía quizás obligarlas a actuar prematuramente o al menos hacer que la decisión israelí fuese más comprensible. Tal como suele ser el caso, la óptica de una decisión potencialmente justificable se vio enturbiada por el retraso, la indecisión y la aparente falta de preocupación.

Las respuestas por parte de los estadounidenses fueron igualmente predecibles. El Presidente Trump transmitió su creencia de que a las dos se les debería negar la entrada y con su capricho característico tuiteó: “Esto pudiera mostrar gran debilidad si Israel permitiera la visita de las representantes Omar y Tlaib. Ellas odian Israel y a todo el pueblo judío y no hay nada que pueda decirse o hacerse para hacer que cambien de opinión. Minnesota y Michigan tendrán muchas dificultades en colocarlas de vuelta”.

El hacerlo y cualquiera que hayan sido las razones, hizo parecer que Trump obligaba a Netanyahu o intentaba apoyar su decisión (antes de las elecciones israelíes) y que Netanyahu se arrodillaba ante un dictamen de los estadounidenses. La antipatía de Trump hacia el “escuadrón” de socialistas y particularmente hacia Omar y Tlaib, quienes le han acusado repetidamente de “racismo” e “islamofóbia”, es profunda, al igual que su excesiva judeofilia.

Los candidatos presidenciales del partido Demócrata, ninguno de los cuales tiene alguna disposición en particular hacia Israel, expresaron su indignación. La senadora Elizabeth Warren declaró que “Israel no promueve su caso como lo hace una democracia tolerante o como aliado inquebrantable de los Estados Unidos al prohibirle una visita a las electas congresistas por causa de sus opiniones políticas. Esta sería una medida vergonzosa y sin precedentes”.

El senador Bernie Sanders fue más allá y declaró que la medida fue “una señal de una enorme falta de respeto hacia estas líderes electas al Congreso de los Estados Unidos y a los principios de la democracia”. Por su parte, Omar calificó la medida de “ofensa”. Una desaprobación mucho más apacible provino de aquellos que apoyan a Israel incluyendo a la AIPAC y a otras organizaciones comunales.

Estas y otras condenas pasan por alto convenientemente que Israel ha hecho lo mismo con legisladores de otros países, así como también lo ha hecho Estados Unidos con un parlamentario israelí y a otros, incluyendo al gran jugador de fútbol Diego Maradona, la cantante Amy Winehouse y el destacado político hindú (y actual Primer Ministro) Narendra Modi, por motivos mucho más frágiles. Negarle la entrada a legisladores es algo inusual, pero no tiene precedentes.

Los aparentemente inteligentes comentaristas de la talla de la columnista del diario Washington Post Anne Applebaum describieron la decisión, aunque equivocada, como el autorizar de alguna manera a los “líderes autoritarios” en todo el mundo a que comiencen a “prohibirle a los políticos de oposición el que puedan viajar” es tan extraño como desalentador. Los “autoritarios” no necesitan una licencia para hacer lo que han estado haciendo desde siempre. El hecho de que Israel le prohibiese a las congresistas (musulmanas) aparentemente ha cambiado permanentemente la política del mundo.

En general, el veneno de denunciar la política israelí y las expresiones de dolor pueden indicar el deseo de cambiar fundamentalmente la relación entre los dos países. Pero la respuesta desproporcionada, el abrumador brote de histeria y de afirmaciones exageradas que no deben ser tomadas literalmente, también mide el descomunal papel que juega Israel en la política estadounidense.

Más allá de esto, la descripción de la decisión definida como ‘sin precedentes’ y de agravio al Congreso no solo es deliberadamente exagerado y con una falta de perspectiva histórica: también es un respaldo irónico a la condición de vasallo de Israel. Vassalage fue “aprobado” al “tomar el consejo de Trump” y por tomar una decisión soberana. Pero los demócratas también esperan ser agraciados servilmente, tal vez incluso más que Trump, solo como salvadores de Israel y en nombre de “preservar la democracia israelí”. Junto a esto hubo amenazas, que surgieron rápidamente en el sentido de que debería esperarse una retribución cuando un demócrata finalmente asuma la presidencia. En este punto Israel también iba destinado a perder. En tal sentido, el que Netanyahu haya comentado muy poco sobre su estrategia en política exterior de alejar algo la dependencia israelí de Estados Unidos parece algo muy premonitorio.

El hecho de que el relato de las congresistas Tlaib y Omar eclipsó una revelación mucho más consecuente de que los correos electrónicos de la ex-Secretaria de Estado Hillary Clinton habían sido enviados directamente desde su servidor doméstico a una dirección en la red en China dice mucho acerca de las tendenciosas si no extrañas prioridades de la institución política y de los medios de comunicación estadounidenses. No había forma que la visita de las congresistas Tlaib y Omar no se convirtiera en noticia de primera plana, ya que las verdaderas noticias en primera plana se encuentran en su punto más bajo. Israel siempre y en todo momento lidera. Esta es una señal de una política estadounidense que no funciona correctamente, inundada de teorías de conspiración y de antisemitismo desde la elección de Trump como presidente.

Pero la falta de anticipación por parte de los funcionarios israelíes molesta; el tren fue avistado mucho antes de que ocurriese el accidente. Debió preverse una intervención impetuosa y destructiva por parte de Trump y prever contingencias. No hay señal de que esto se haya hecho. La diplomacia pública israelí, torpemente dividida entre la Oficina del Primer Ministro, el multifacético Ministerio de Asuntos Estratégicos y la de rodillas caídas cancillería fueron descuidados o pasados por alto. También faltó coordinación con los Estados Unidos a nivel diplomático formal y el de varios legisladores y organizaciones.

Al final, hubiese sido prudente permitir que Omar y Tlaib cumplieran con su visita y ser amables ante su estado de ánimo. Sin embargo, a pesar de la tormenta, es poco probable que este choque de trenes en particular destruya la relación israelí-estadounidense o incluso vigorice al movimiento BDS. En cambio, consolidará puntos de vista, incluyendo hostilidades, en todos los bandos y reforzará puntos de vista lamentablemente justificados por la ineptitud diplomática israelí. La fijación en el Gran Satanás Trump también se ha unido por mucho tiempo a la del Pequeño Satanás Netanyahu y este incidente solo intensificará tal percepción, al menos entre las clases parlanchinas izquierdistas.

Pero la abrumadora anormalidad de la relación entre Estados Unidos e Israel, donde las demandas de servidumbre se mezclan con afirmaciones de soberanía obstinadas y a menudo torpes, en un contexto de alianza estratégica profunda e invaluable, de antisemitismo y caos regional y los rápidos cambios en los judíos estadounidenses y en los Estados Unidos en general además de la demografía global, no pueden ser subestimados. Tal anormalidad, artefacto único de cultura e historia, no puede ser superada sino solo gestionada. Es mejor que ambas partes comiencen a tomar este desafío muy en serio.

 

 

El Dr. Alex Joffe (Ph.D. Universidad de Arizona) se especializa en estudios antiguos y modernos del Medio Oriente, en el campo de la política exterior estadounidense y en la política cultural estadounidense.

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