El Barón Rothschild, el Barón Hirsch y el extender la soberanía en el Valle del Jordán – Por profesor Hillel Frisch (BESA)

RESUMEN: Los primeros sionistas poseían mucho temple y voluntad pero pocos medios para lograr sus objetivos, aun así estos cambiaron el curso de la historia judía. Israel posee hoy los medios para aprovechar las oportunidades que presenta la visión del Presidente Trump, pero ¿posee este la voluntad de hacerlo?

Imagen de la portada: La anterior sinagoga Barón Hirsch, fue una vez la mayor sinagoga de Norteamérica. Ahora es la Iglesia Institucional de Dios en Cristo del Jardín Getsemaní. Fotografía de Eric Allix Rogers vía Flickr CC

Isaac Bashevis Singer fue un escritor de cuentos con un Premio Nobel en su haber. En “La Colonia”, uno de sus relatos más conmovedores, este narra la experiencia (probablemente auto-biográfica) de un escritor yiddish que llega a una de las aldeas agrícolas judías en Argentina financiado por el fabulosamente rico Barón Hirsch para dictar una conferencia, solo para descubrir que quedan muy pocos judíos para escucharle.

La historia se desarrolla a comienzos de la década de los años 1950, solo unas pocas décadas después de que la colonia se estableciera junto con otras aldeas la cual Hirsch financió en Argentina, los Estados Unidos y Canadá en uno de los mayores proyectos filantrópicos individuales jamás emprendidos. A finales del siglo XIX, Hirsch contribuyó con una suma equivalente a los 700 millones de dólares actuales para financiar tales proyectos.

A ninguna de las otras aldeas les fue mejor y al final fueron los historiadores los encargados de contar sobre su desaparición. En la cubierta de un libro publicado en 1995 acerca de las aldeas Hirsch más exitosas creadas en los Estados Unidos, así se nos dice: “La mayoría de las sinagogas ya no existen; un templo ha sido convertido en una iglesia bautista. Existen muy pocos indicios para los transeúntes de que los condados de Salem y Cumberland al sur de Nueva Jersey alguna vez tuvieron colonias judías activas en el lugar”.

A medida que Hirsch se concentraba en resolver la difícil situación de los judíos rusos y polacos en el continente americano, el Barón Edmond Rothschild, el único judío que podía rivalizar con Hirsch en opulencia, trabajó en conjunto con los primeros pioneros sionistas en la creación de Petach Tikva, Rishon Letzion, Rehovot y otras aldeas en la Tierra de Israel a una cuarta parte de los costos en los que Hirsch contribuyo en sus proyectos.

Cien años después, la diferencia es claramente evidente. Conduciendo por la autopista de Nueva Jersey uno no ve señales de ningún asentamiento judío, pero yendo por las carreteras de Israel si se pueden ver. Rishon Letzion y Petah Tikva poseen cada uno más de 250.000 habitantes, más de tres veces el número de todos los judíos en Argentina hoy día, el país que el Barón Hirsch considero como la “tierra prometida” (junto a Estados Unidos y Canadá). Rehovot posee una población de más de 140.000 habitantes. También están los vibrantes y aún en crecimiento “moshavot” apoyados por los Rothschild de Zichron Yaakov y Binyamina.

Si existe algún significado en el esfuerzo puesto por el Barón Hirsch, este radica en su voluntad de unirse a Rothschild en los últimos años de su vida para apoyar también a las aldeas en la Tierra de Israel.

Contrastando a estos dos barones se revela una verdad histórica básica: el retorno a Sión y a los asentamientos judíos en la Tierra bíblica en Israel son, sin lugar a dudas, las corrientes más exitosas en la historia judía moderna. Esto es muy cierto cuando se comparan con proyectos ideológicos en competencia tales como el Bund, la asimilación judía alemana y la participación y el apoyo judíos al leninismo y el estalinismo, que terminaron o en los campos de concentración o en el gulag.

Es dudoso que el Presidente Trump sepa acerca de los dos barones judíos y el destino de sus proyectos, pero los israelíes deberían reconocer la oportunidad histórica que presentan sus visiones.

Si bien el Barón Rothschild financió las semillas del asentamiento, fue la soberanía – la creación del Estado de Israel, – lo que permitió que las aldeas que este suscribió se convirtieran en los vibrantes centros urbanos que son hoy día.

Se han plantado más que semillas en Ariel en el centro de Cisjordania, Maaleh Adumim y Givat Zeev en el área de Jerusalén, Efrat y otras vibrantes comunidades e instituciones educativas en Gush Etzion y por supuesto, los estratégicamente ubicados asentamientos en el valle del río Jordán y las colinas al sur de Hebrón.

Pero se requiere de una decisión para extender la soberanía israelí sobre estas áreas para garantizar así que estas crezcan en lugares tales como Rishon LeTzion, Petach Tikva y Rehovot.

El padre de todo esto, Theodore Herzl (que tenía una relación muy complicada con ambos barones), dijo famosamente: “Si uno lo desea, no es ningún sueño”.

Para nuestros propósitos, la expresión inglesa “Donde existe voluntad siempre hay un camino” es la más adecuada.

En comparación con las barreras casi insuperables que enfrentó el movimiento sionista hace cien años al crear localidades rurales y urbanas, los ciudadanos de un estado israelí fuerte saben que existe una forma de superar los muchos costos que conllevará tal decisión. La pregunta es: ¿Poseen ellos la voluntad que tenían sus predecesores sionistas de cambiar el curso de la historia judía?

 

 

El profesor Hillel Frisch es profesor de estudios políticos y estudios del Medio Oriente en la Universidad Bar-Ilan y es investigador asociado sénior en el Centro de Estudios Estratégicos Begin-Sadat

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