Coronavirus: Respuestas de estado y dimensiones culturales – Por el Dr. Alex Joffe (BESA)

RESUMEN: La crisis del coronavirus ha demostrado las fortalezas y debilidades de muchos sistemas a nivel mundial, pero ha desafiado fundamentalmente a los estados en su individualidad, que han respondido con políticas contradictorias basadas en sus culturas locales. En general, los sistemas educativos y expertos han sido expuestos como inadecuados, mientras que el entorno de la información ha sido totalmente politizado y manipulado. Contrario a un siglo de expectativas, los estados administrativos y reguladores han demostrado ser demasiado complejos y engorrosos como para responder rápidamente a una crisis de esta magnitud. El desacoplamiento de las regiones y la redistribución de las capacidades económicas y médicas deben ir acompañadas de un exhaustivo replanteamiento del poder y de responsabilidades ya asignadas a los estados.

A medida que el brote de coronavirus se extiende por todo el mundo, ha quedado claro que el evento es un punto de cambio en una situación global. Por lo tanto, es necesario realizar una evaluación preliminar de las dimensiones sociales y culturales de la actual pandemia.

Desembalar estas dimensiones de las puramente médicas o científicas es muy difícil, ya que los hechos concretos se ven inmediatamente involucrados por posturas y expectativas no-declaradas. El suprimir la ciencia y la propagación del pánico subrayan los ya lamentables bajos niveles de conocimiento científico y médico de la población, producto de décadas de una semi-educación en ciencias, matemáticas e historia, que pudieran proveerle a la población las herramientas para evaluar tales afirmaciones.

Los medios de comunicación y los responsables de formular políticas parecen ser aún menos educados, pero su compulsión por satisfacer un entorno de información las 24 horas del día impulsa corrientes de información erróneas. Los entornos informativos son profundamente susceptibles a ser manipulados, tales como el suprimir información sobre los orígenes y el alcance de la crisis de los gobiernos chino e iraní y que ahora promueven la idea de que el virus es un arma biológica estadounidense. Los millones de tuits y hashtags, muy probablemente de actores estatales, que promueven las teorías de conspiración apuntan directamente al deliberado equiparamiento armamentista de la información.

Finalmente, la política es una sobrecarga aplastante, en un sentido orientado a las políticas de lo que “el gobierno debería hacer”, pero también las antipatías patológicas que ahora son permanentes en los Estados Unidos, particularmente entre los medios de comunicación. Estas desconexiones, siempre evidentes durante una crisis, ahora son totalmente inevitables.

La situación también apunta a lo que pudiera llamarse un colapso de las habilidades y experiencias, al menos fuera de las comunidades médicas y científicas. El número de “expertos” que han surgido en los medios de comunicación globales es enorme y se ha intensificado debido al impacto político. Fuera de la virología y la epidemiología, las cripto-disciplinas tales como las ciencias políticas y la economía, sin mencionar las clases políticas y económicas, se presentan en total desorden, yendo tras posturas ideológicas y a menudo auto-interesadas en nombre de la razón y del bienestar público.

Estos problemas apuntan a temas sistémicos inherentes a sistemas demasiado complejos: la abrumadora marea de información diseminada y dispar, la barroca complejidad de los sistemas administrativos y reguladores (que incluyen innumerables agencias y departamentos, leyes y regulaciones) con áreas de responsabilidad superpuestas y contradictorias que producen brechas y la incapacidad de cualquiera, especialista o no, en comprender totalmente la inmensidad de la crisis. Esa incomprensión tiene como base la naturaleza del propio estado moderno.

En los Estados Unidos, el gobierno federal es producto de un siglo de implacable crecimiento. Desde el estado progresista que emergió a comienzos del siglo 20, el estado del Nuevo Acuerdo propuesto en la era de la Depresión, el estado de guerra de la Segunda Guerra Mundial y luego el estado de la posguerra, el muy grande o poderoso ‘Leviatán’ se ha expandido implacablemente hacia los aspectos sociales, económicos, tecnológicos, comunitarios, familiares y de la vida personal. Los niveles más bajos del estado expanden su alcance aún más. A través de la educación, las regulaciones y la administración, el estado se propuso optimizar y maximizar la salud, el bienestar, la seguridad y la prosperidad de la población. En muchas medidas tuvo éxito, por ejemplo en la dramática mejora en las expectativas de vida, pero en otras fracasó, particularmente en términos de educación. El estado se convirtió en un ente vasto, complejo y muy poco responsable, mientras que las expectativas de su inagotable ritmo, eficiencia y éxito fueron de hecho incuestionables.

De hecho, en la crisis actual, el estado ha funcionado según lo previsto. Los reguladores federales deliberadamente se resistieron a los cambios en un estudio de la ya existente gripe que se sospechaba el virus estaba por doquier para evitar el uso indebido de recursos y proteger a los sujetos que eran puestos a prueba. Un sistema inflexible basado en la ciencia funcionó de la manera en que fue diseñado originalmente, pero luego evitó una detección temprana del virus en el estado de Washington y en todo los Estados Unidos. Del mismo modo, autorizar a los laboratorios comerciales y de investigación a realizar pruebas al virus requiere superar innumerables regulaciones diseñadas para garantizar su calidad y supervisión.

El sistema funcionó según lo previsto hasta que dejo de funcionar. Incluso ciencia y razón, traducidos en políticas desapasionadas y administradas por profesionales dedicados, fracasaron. Ahora debido a que lo imprevisto no puede, por definición, preverse (al menos en su totalidad), el estado no podrá hacer otra cosa. Otras opciones, como por ejemplo, limitar el número de camas en el área de cuidados intensivos o el trasladar productos farmacéuticos al exterior, se hicieron sobre bases racionales, a fin de reducir costos y asignar recursos a otros lugares.

Al contrario, pequeñas ciudades-estado insulares tales como Singapur (con una población de 6 millones) o Senegal (con una población de 16 millones) fueron elogiados por la velocidad y eficiencia en sus programas de prueba al brote de virus, en contraste con los Estados Unidos (con una población de 330 millones), Sin saberlo, demuestra ambas el analfabetismo organizacional de quienes ofrecen elogios tanto como la magnitud del problema. La forma en que los sistemas médicos administrados por el estado fueron rebasados en China, Italia y quizás pronto en Gran Bretaña (alrededor del 10% del PIB en los últimos dos casos) indica que la jerarquía y la centralización, más allá de ciertas escalas, son impedimentos en lugar de beneficios. Pero los factores culturales también juegan dentro de la tal ecuación. La homogeneidad étnica de Corea y la experiencia de Israel con las crisis de guerra contrastan fuertemente con las normas de caos político francesas e italianas que contradicen la devoción popular al estatismo del bienestar social.

Los elogios a China por parte de los intelectuales a su respuesta brutal ante la crisis en el país y por ofrecerle ayuda médica a Italia, lo cual hace eco a la propaganda del estado chino, son ofensivos. El ansia intelectual de traicionar principios y recompensar a un pirómano para ganar puntos políticos es algo que impacta, pero también representa la creencia implícita de que los estados cada vez más grandes ofrecen salvación, incluso para las crisis que estos crearon.

Fundamentalmente, el estado moderno se propuso eliminar la incertidumbre y en el proceso las poblaciones fueron insensibles a tal infeliz constante de la vida humana. Con sus múltiples partes sumergidas en inconmensurables burocracias y reglamentos, las instituciones también se sintieron inseguras ante la incertidumbre. Tanto los estados como los ciudadanos sobreestiman la capacidad de este estado para responder a las diferentes crisis, pero mantienen la largamente cultivada expectativa de que esto puede y se hará con rapidez y eficiencia.

Pero la desconocida y siempre cambiante línea entre una cuasi reacción y una reacción exagerada, que avanza demasiado rápido para que las instituciones y los individuos lo entiendan, ha confundido las expectativas. La única respuesta disponible es “más”, en términos de sistemas mucho mayores y complejos. No es por casualidad, esto le sirve a las necesidades del estado.

El hecho de que no haya una respuesta “exacta” para el estado es una verdad desafortunada. Toda respuesta es “incorrecta” porque es una reacción exagerada – o insuficiente, llegó demasiado temprano o demasiado tarde. La crítica política hacia los Estados Unidos por cerrarle sus fronteras a China fue enorme, pero la exportación de la crisis a Irán y luego a Europa muestra que esa respuesta puede haber llegado demasiado tarde. Una crítica similar proviene ahora de Europa respecto a los últimos cierres del espacio aéreo. Si los Estados Unidos hubiesen cerrado sus fronteras antes, hubiese evitado la propagación, hasta cierto punto desconocido junto a gastos pertinentes. Esperar a hacerlo expandió su exposición y aumentó los costos. No existe una respuesta correcta, ni individuos o el estado conocen alguna.

Básicamente, la crisis ha expuesto una vez más las diferencias entre las sociedades abiertas y cerradas. La falsedad china respecto a los orígenes y el momento del brote hizo que ese país y el mundo estuviesen menos preparados. El secreto y la mentira empeoraron el resultado en China y en Irán, donde los impactos se vieron agravados por la superstición religiosa. Turquía ha admitido tener solo un caso.

Solo medidas muy agresivas, la cuarentena de cientos de millones, parecen haber frenado la propagación del virus en China. Pero en Italia la situación es igualmente desastrosa. Las ventajas de la apertura de ese país han sido compensadas por su conectividad con el mundo, particularmente con China. Aún así, ciertas tragedias deberían haberse previsto. El dominio de las cadenas de suministro globales por parte de los fabricantes chinos en suministros médicos y productos farmacéuticos ha sido expuesto como defectuoso, construido sobre las falacias del racionalismo económico global y la creencia política de que la globalización atenuara la cultura política china.

El comercio y el turismo, cimientos de las economías modernas, han deshecho ahora países enteros, incluyendo el área médica. Habrá que repensar estas características modernas, junto a lo profundo de las interconexiones económicas, financieras y demográficas entre los estados provocadas por la ya famosa globalización. La reconstrucción de los sistemas globales para sobrevivir a una crisis de salud requiere la capacidad de imponer y hacer cumplir los límites fronterizos, distribuir las cadenas de fabricación y de suministros, ajustar las expectativas salariales y de ganancias a los niveles locales, desarrollar capacidad de ganancias compartidas, mejorar un rápido desarrollo en las capacidades de investigación y reubicar industrias estratégicamente importantes a territorios nacionales.

Irónicamente, los objetivos nacionales de disgregación y desacople deben ser facilitados o incluso dirigidos por estados. Existen razones por las cuales los estados han sido entes permanentes durante los últimos 5.000 años.

Pero es vital frenar los excesos del estado. El dominio del estado imperial chino y su modelo, en particular su sistema de vigilancia totalitario, ha sido promocionado como una manera para detener la crisis de salud actual y prevenir futuras crisis. Esta tentación totalitaria posee un atractivo inevitable para los estados, algunos de los cuales ya han implementado una vigilancia generalizada en nombre de una “seguridad pública”. Sus medidas de vigilancia complementan las ejercidas por corporaciones que son en sí mismas más opulentas y poderosas que la mayoría de los estados. Deben existir límites sobre este poder, lo cual significa intercambios mutuos.

La oportunidad de los ciudadanos para reconsiderar el qué son los estados ya que puede ser uno de los pocos aspectos positivos de la actual crisis. Estas preguntas deben ser prioridad en la agenda de las discusiones políticas. Pero la respuesta no es otorgarles mecánicamente más responsabilidades y recursos.

 

Alex Joffe es historiador y a la vez arqueólogo. Es destacado estudioso no-residente en el Centro BESA y miembro de Shillman-Ingerman en el Foro del Medio Oriente.

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