Amos Oz: “Argumentar que Israel no debería existir es cruzar la línea del anti-sionismo hacia el antisemitismo”

Mientras publica su primera novela en más de una década, el autor israelí explica el por qué tuvo que re-escribir el tóxico Historia de Judas y la complicada relación con su tierra natal

El hombre que durante décadas ha sido la voz literaria mejor conocida de Israel proclama su “profundo amor” por “uno de los judíos más grandes que haya existido jamás”. Amos Oz recuerda apasionarse por “este judío” hace muchos años cuando, siendo un adolescente en el kibutz, se sintió atraído por “su poesía, humor, compasión, candor y su simplicidad”. El dulce canto de alabanza de Oz es dirigido hacia Jesús el Cristo.

Si eso se nos viene de sorpresa, no es sólo porque Oz es judío israelí. También es porque ha escrito a menudo y ferozmente – sobre el papel que han tenido los siglos de persecución cristiana en alimentar el anhelo judío por una patria. Pero cualquiera que sea la ira que este abriga hacia la Europa cristiana, por Jesús, Oz sólo expresa una admiración entusiasta. Incluso si, el escritor le agrega una sonrisa, “él y yo discrepamos en muchas cosas – al igual que dos israelíes”.

Ahora con 77 años cumplidos, sus gafas atadas a un cordón alrededor de su cuello, este sigue estando bendecido con el buen aspecto rugoso y fascinante inglés que ha hecho desmayar a los públicos literarios internacionales desde la década de los años 70s. Este otoño los cinéfilos pudieran unírseles, gracias al estreno de la adaptación del film de Natalie Portman ‘Una Historia de Amor y Oscuridad’, la novela más vendida y de mayor éxito de Oz. Pero por ahora este se encuentra en Londres con el fin de promocionar su última novela, la primera desde hace más de una década: ‘Judas en Inglés’, publicada en hebreo como ‘El Evangelio según Judas’.

En párrafos perfectamente formados y altamente afinados, este cuenta de su adolescente fascinación con el Nuevo Testamento. “Me di cuenta a la edad de 16 años que a menos que hubiese leído los evangelios, nunca hubiera tenido acceso al arte renacentista, a la música de Bach o las novelas de Dostoievski. Así que por las noches, cuando los otros chicos se iban a jugar al baloncesto o perseguían a las chicas – yo no tenía ninguna posibilidad en ninguna de estas áreas – hallé mi consuelo en Jesús”.

Para la mayoría de sus contemporáneos, en especial para ese entonces, el Nuevo Testamento se hubiese sentido como un territorio prohibido, un lugar agradable en donde los muchachos judíos temían pisar. Pero Oz y Jesús tenían una relación familiar. Su tío abuelo, el estudioso Joseph Klausner, fue el autor de ‘Jesús de Nazaret’, publicado en 1921, un libro que escandalizó a judíos y cristianos por igual: reclamó a Jesús como judío. Tal como Oz lo coloca, “Jesús nació judío y murió siendo judío. Nunca se le ocurrió establecer una nueva religión. Nunca se santiguó: no tenía por qué hacerlo. Nunca puso pie en una iglesia. Este iba a la sinagoga”.

Pero por mucho que el joven Oz fue cautivado por Jesús, la historia de Judas le irritó. No teológicamente. Sino más bien “el pequeño detective dentro de mí” se sentía horrorizado por el relato de Judas, el cual, Oz dice, es un relato “vicioso y horripilante”, notable por estar tan mal escrito: si los evangelios hubiesen tenido un editor decente dice, hubiesen sido retirados.

Nada de ello tiene sentido. Judas Iscariote está destinado a ser un hombre muy opulento y aun así realiza su gran acto de traición por solo 30 piezas de plata – “alrededor de £400 en dinero de hoy día”. Una suma considerable de dinero, pero seguramente no lo suficiente como para proveer un motivo. ¿Y por qué los que persiguieron a Jesús necesitaron que Judas lo señalara a través del inolvidable gesto de un beso? El trabajador milagroso ya era conocido en la Jerusalén romana, habiendo causado tal conmoción en el templo. Nada de esto tiene algún sentido, dice Oz.

Estas inconsistencias le absorbieron durante más de medio siglo. No menos importante porque la leyenda de Judas ha tenido graves consecuencias. “Este no es un relato inocente. Esta historia es responsable, más que cualquier otro relato contado en la historia, de producir ríos de sangre, generaciones de odio y persecución e inquisición y masacres y posiblemente el Holocausto”.

Judas es un doble sinónimo: un sinónimo de la palabra traidor, pero también por la palabra judío. “En mis diccionarios, es difícil distinguir las dos”, dice Oz, antes de recitar las palabras de judío y Judas en ambos alemán y español: en cada idioma, las dos palabras suenan casi igual. ¿Cómo es posible que un chico alemán de tres años, al escuchar la palabra Judas, el máximo traidor, separa ese concepto de su idea de “judío”, pregunta Oz. A su manera de verlo, la historia de Judas es “el Chernóbil del mundo del antisemitismo”.

Y sin embargo la llegada de este personaje central de esta nueva novela sugirió una forma de lidiar de una buena vez con el problema de Judas. (Oz tiende a hablar de esta manera sobre sus personajes: como si fuesen actores totalmente independientes, constantemente capaces de sorprenderle, incluso de hacerle llorar, con palabras y obras que estos elijan por sí mismos. En concordancia con las concepciones judías del Todopoderoso, Oz puede ser su creador, pero ellos poseen libre albedrío).

El protagonista en cuestión es Shmuel Ash, un torpe y peluchón estudiante de postgrado, sin ninguna dirección, que responde a un anuncio de una cartelera buscando a una compañera que recibe dinero, para un intelectual solitario ya envejecido. La novela continua en un invierno en Jerusalén, mientras el año de 1959 se convierte en 1960, en la pequeña casa ocupada por Ash, el anciano y su misteriosa cuarentona, viuda yerna Atalía. (Oz dice que ella le recuerda a la Jerusalén de su juventud: “No es joven. Ella es muy hermosa. Está profundamente herida. Es ferozmente independiente y está muy enojada”). Tal como el mismo Oz dice, gran parte del libro consiste en este trío que bebe galones de té y habla, habla, habla.

Muchos de los motivos familiares de Oz están presentes. Un triángulo, o una serie de triángulos que se entrecruzan, cada uno conteniendo dos hombres y una mujer. Un protagonista paralizado en inacción. Una mujer inalcanzable. Un misterio, tal vez un escándalo enterrado, relacionado al pasado reciente del país. Pero lo que alegrara a aquellos lectores que pueden haber encontrado prohibido algo de ficción en el pasado de Oz, incluso mientras hayan absorbido su manera de hacer periodismo y sus ensayos – deleitándose en su rigor moral y en el despliegue de una metáfora fresca y aclaradora – es que esta novela ofrece aspectos de ambos géneros. Es una novela de ideas, repleta de argumento e investigación, presentando una vertiginosa gama de habilidades por parte de Oz.

Al campo de la investigación de Ash se encuentran las actitudes judías hacia Jesús y, especialmente, la acción de difamar a Judas. Este desarrolla su teoría de la verdadera historia de Judas – un recorrido de fuerza que, por sí solo, se asegura de que este libro perdurará en la memoria.

Ash presenta un caso convincente de que, lejos de ser un traidor, Judas fue un verdadero creyente en Jesús. De hecho, la tragedia fue que, tal como Oz dice, “Creyó en Jesús más de lo que Jesús creía en sí mismo”. Judas dejó de lado su escepticismo inicial y se convenció de que el Nazareno era verdaderamente el señalado: la pureza de sus enseñanzas, la maravilla de sus milagros, no dejó ninguna duda en su mente.

Pero para convencer al público en general, unas hazañas notables de magia en la Galilea no serían suficientes. Tal como Oz me dice, Jesús hubiese tenido que inventarse algo increíble “en horario pico en televisión” en Jerusalén, donde todos serían testigo de ello. Si este iba a ser crucificado y sin embargo, milagrosamente desafiaría su propia muerte, de alguna manera descendiendo de la cruz frente a un público en Jerusalén que observa, ¿por qué?, entonces todos se inclinarían ante él en un instante: el reino de los cielos estaría sobre nosotros.

Jesús estaba ansioso, temeroso de su propia muerte, pero Judas era inflexible. Actuó como empresario, trabajando horas extras impulsando a las autoridades para que crucifiquen a este maravilloso trabajador de Galilea – no porque no creía en él, sino porque si creía. Judas se salió con la suya, pero cuando vio que Jesús no fue capaz de escapar de su destino, que no se podía bajar de la cruz, de que su padre lo había abandonado, estaba angustiado. Comprendió su error y muy merecidamente se ahorcó. “Así murió… el primer cristiano. El último cristiano. El único cristiano”.

Es una notable reinvención de este relato tóxico, uno que de hecho, en palabras de Oz, “neutralizara la radiación letal” del Chernóbil del antisemitismo, como si esto fuese a convertirse alguna vez en el punto de vista aceptado de Judas. En su lugar, Judas sigue siendo el traidor odiado, rutinariamente representado en evocaciones artísticas de la última cena con rasgos oscuros, exagerados caricaturescos antijudíos – un hombre aparte de sus compañeros apóstoles quienes son, por extraño que parezca, todos de piel clara y bendecidos con un buen semblante ario.

Esta tesis se asienta cómodamente en la novela porque ambos comparten un tema que define: la traición. La viuda enigmática, Atalía, vio a su padre ser excluido como traidor, rechazado por oponerse a la creación del estado de Israel en la década anterior. Fue un idealista, con una fe tal como la de Jesús en amor y fraternidad universal. Este se opuso a todos los estados, con sus fronteras y, banderas y ejércitos y esperanzado en que judíos y árabes pudieran vivir lado a lado en una comunidad holgada y libre de tales aparatos. Por esto, fue acusado de traición.

Oz no comparte la política del muerto – este subraya que si bien puede ser pacifista, nunca ha sido pacifista – pero sabe lo que se siente ser llamado traidor. Este denunció la ocupación de los territorios que Israel conquistó en 1967 tan pronto termino la guerra de los seis días, cuando sus compatriotas todavía seguían embriagados por la victoria. Un soldado en ese conflicto – y de nuevo en 1973 – Oz se dio a conocer primero como uno de un grupo de jóvenes escritores de kibutz quienes reunieron una colección disidente sobre la guerra que acababan de ganar: El Séptimo Día. Mucho antes de que se convirtiera en un tema de consenso diplomático internacional, Oz abogaba por la partición de la Palestina histórica en dos estados – Israel y Palestina – uno junto al otro. Y este fue miembro fundador del movimiento que se volvió famoso llamado Paz Ahora.

En cada vuelta, las voces estridentes de la derecha nacionalista han sido rápidas en denunciarlo como un traidor a su pueblo. Este dice que considera el asunto como “una insignia de honor”, ofreciendo un nominal de visionarios quienes fueron denunciados similarmente por traición, comenzando con el profeta Jeremías e incluyendo a Abraham Lincoln, los oficiales alemanes que conspiraron para asesinar a Hitler, Charles de Gaulle, Anwar Sadat, Mikhail Gorbachov y cerca de casa, al fundador de Israel David Ben Gurion, junto a Menachem Begin, Rabin y Shimon Peres – todos los líderes israelíes censurados en algún momento por su disposición a ceder en territorio. (Luego, por la noche se conoce que Peres ha sufrido un severo derrame cerebral, Oz revisará ansiosamente su teléfono, en espera de una palabra sobre un hombre que este ha considerado durante mucho tiempo un buen amigo: Peres, incluso como primer ministro e incluso cuando ellos enérgicamente no se pusieron de acuerdo entre sí, fue fiel lector de las novelas de Oz. Los dos se juntaban con frecuencia y hablaban a menudo). A este salón de la fama de estos traidores, Oz agrega a Thomas Mann, Boris Pasternak, Albert Camus y Aleksandr Solzhenitsyn en buena medida. A veces dice, lo que otros injurian como traición es simplemente “el coraje de ser un adelantado a su época”.

En la novela, estas preguntas sobre fidelidad y traición quedan suspendidas en el ambiente. Para Oz, una acusación de traición es a menudo la recompensa que una persona recibe por el simple hecho de cambiar. Si cambian de opinión, son acusados de traición a la causa – incluso si simplemente encuentran una nueva manera de servir a una mejor causa.

Y sin embargo, ellos deben cambiar. “Este es mi credo político y este es mi empresa como novelista: los cambios que ocurren en los corazones y mentes de la gente”. Piensen en Begin o Ariel Sharon, halcones de toda una vida, quienes se vieron retirándose de los territorios ocupados y desarraigando los asentamientos israelíes. Ciertamente los cambios experimentados por los personajes de Oz tienden a ser de una variedad mucho más sutil y menos espectacular, pero la verdad esencial es la misma: Oz insiste en que la gente tiene una tendencia a sorprenderse ellos mismos – y a nosotros.

Entonces, ¿qué sucede con él? ¿Cómo ha cambiado? En referencia a las cuestiones básicas, este se ve altamente coherente, a pesar de los cambios dramáticos que han dibujado y reformulado a su pequeño país. La primera vez que lo entrevisté en 1985, cuando tenía 18 años. Él era más joven de lo que yo soy ahora. Recuerdo que le pregunté sobre el mandato bíblico de que el pueblo de Israel sea “una luz para las naciones”. En ese momento, me dijo que el día en que Israel abandonase ese objetivo sería el día en que perdería interés en Israel como proyecto.

“Me retracto,” dice ahora. “Israel debería aspirar a ser un país decente. Eso es suficiente para mí”.

¿Y que hay sobre la solución de dos estados, una idea por la que fue como una especie de pionero intelectual hace casi 50 años? Muchos que creen que es correcta en principio, han renunciado a ella en la práctica, creyendo que el momento ha pasado: 50 años de ocupación y asentamientos la han hecho imposible. AB Yehoshua le dijo al diario The Guardian a comienzos de este año: “Tenemos que repensar la solución de dos estados”. No fue lo suficientemente buena como para repetir la misma vieja consigna durante medio siglo.

Oz es impaciente con tal impaciencia. Este cree que nada dentro de los asuntos humanos es irrevocable. Si De Gaulle pudo desalojar a un millón de colonos de Argelia, Israel hubiese podido desalojar a sus colonos de Cisjordania – si tuviera la voluntad de hacerlo.

Y este se afinca sobre el tiempo. “Diferentes relojes trabajan simultáneamente”, dice, queriendo decir de que siempre existen diferentes escalas de tiempo funcionando. Este se opuso a la ocupación durante cada uno de sus 50 años. Pero comparado a los muchos siglos en que la población de Europa dejó de matarse unos a otros y resolvieron sus fronteras? El conflicto palestino-israelí “apenas comenzó ayer”.

Además, este es sospechoso de aquellos que insisten en que la solución de dos estados esté muerta. Él señala la curiosa alianza de “la extrema derecha israelí y la izquierda radical en Europa, incluyendo a este país [Gran Bretaña]. Ambos amplifican la misma música, diciendo: “No hay marcha atrás en lo referente a la ocupación, la única solución es vivir… en un estado”. Creo que esto es una tontería. “Él es especialmente impaciente con la visión izquierdista de un único estado, que este denomina una especie de “kitsch”, imaginando que los dos pueblos se pueden olvidar del derramamiento de sangre y de los conflictos del siglo pasado y “lanzarse a la cama juntos, como en una muy mala película de Hollywood”.

Esto es sólo uno de los muchos regaños que Oz está dispuesto a dispensarle a los duros bordes de la izquierda continental y británica. En esta visita, le dijo al programa Newsnight de que argumentar que Israel no debería existir es cruzar la línea del anti-sionismo hacia el antisemitismo, porque nadie después de Hitler “ha dicho jamás que Alemania debería dejar de existir, o después de Stalin de que Rusia no debería existir”. Este cree que si se desea cambiar a Israel, boicoteándolo sería absurdo porque “profundiza la paranoia israelí de que todo el mundo está en contra de nosotros”, reforzando de esta manera a la derecha israelí.

Y este señala de que lo que siente es un doble discurso. Piensa que los liberales pasan por alto la violencia en partes del mundo en desarrollo “diciendo, ‘Bien, esas personas han sufrido demasiado, ustedes tienen que entender que es natural que sean violentos'”. Pero, “cuando se trata de los judíos a menudo dicen: ‘Bueno, ellos han sufrido demasiado. ¿Cómo pueden ser violentos después de una experiencia así?'” En nuestra conversación, este le da poca importancia a los que piensan que el Holocausto debería haber convertido a los judíos en pacifistas. Este recuerda las palabras de un pariente suyo, un sobreviviente de los campos de concentración nazis, quien siempre le recordaban que sus liberadores “no eran manifestantes por la paz con carteles y ramas de olivo. Eran soldados, con cascos y ametralladoras. Un judío de mi generación no puede permitirse el lujo de olvidarse de ello”.

Ninguno de los cuales sugiere que está contento con el estatus quo en Israel. Al contrario, dice este francamente: “Amo a Israel, pero no me agrada mucho”. Lo que él ama sigue estando igual como lo fue siempre. “La amo por su calidad argumentativa, porque toda escalera en Israel está repleta de recuerdos e historias e ideas conflictivas”. Pero a este le molesta, dice, “la política, la ocupación, la opresión del pueblo palestino y el deterioro en los estándares de la vida civil”. Este piensa “50 años de ocupación y 100 años de soledad” han pasado factura agregando que “las sociedades inmersas en conflictos tienden a ser más racistas, intolerantes e implacables”. Con el cansancio de un hombre que ha visto demasiada historia, él refleja que las “guerras largas apestan”.

Sin embargo, este permanece siendo resistente a las soluciones rápidas o respuestas revolucionarias. Mientras el hombre en la nueva novela dice, sueños panorámicos grandes de reformar al mundo “siempre implican matanzas, cruzadas o yihad o Gulag o las guerras de Gog y Demagogue”. De hecho, esta aversión que abarca todos los dogmas ideológicos es otro tema de Oz. Su ensayo más vendido, “Cómo Curar a un Fanático“, ahora se enseña en las escuelas suecas.

“Un fanático desea cambiar a otros por su propio bien”, me dice Oz. “Es un gran altruista, más interesado en uno que en sí mismo. El quiere salvar tu alma, cambiarte, redimirte – y si demuestras que eres irremediable, este se te acercará a la garganta y te asesinará. Por tu propio bien”. A Oz le preocupa que la época actual esté demostrando ser hospitalaria a los fanáticos, que existen en cualquier bando y en todas las culturas, porque “mientras las cosas se vuelven más complicadas, la gente le busca a todo una respuesta simple y de una sola frase”.

El novelista dice que siempre prefirió “soluciones y no salvaciones”, confirmación que a pesar de su adolescente enamoramiento con Jesús, este nunca llegó a convertirse en cristiano. Y de esta manera se sigue levantando a las 4 am – el legado de todos esos años en el kibutz, despertándose temprano para ordeñar las vacas – saliendo del apartamento de Tel Aviv que este llama su hogar y haciendo una caminata – cojeando ligeramente, gracias a una herida de guerra – a la playa o al parque para despejar su mente. Y cuando ve una ventana con una luz encendida, aún se encuentra imaginando que es lo que le mantiene despierto por la noche a esa persona, que les preocupa. Y, al igual que ello, una historia comienza.

 

https://www.theguardian.com/books/2016/sep/23/amos-oz-i-love-israel-bit-i-dont-like-it-very-much-interview?CMP=twt_books_b-gdnbooks

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