Amnistía Internacional y la guerra de información librada por Qatar – Por Irina Tsukerman (BESA)

RESUMEN: Un reciente informe no-corroborado emitido por Amnistía Internacional en el que se ataca a Marruecos por su presunta utilización de un programa israelí para ordenadores con el propósito de vigilar a un periodista es parte del patrón que utiliza Amnistía Internacional para defender a funcionarios de inteligencia desertores, a agentes políticos deshonestos y a agentes extranjeros rebeldes contra sus gobiernos. Si bien Amnistía Internacional en su intento no logró hacer que el gobierno israelí le revocara la licencia al fabricante NSO para que pueda exportar este programa para ordenadores, esto continúa agregándole más leña al fuego a lo dicho por las organizaciones de medios de comunicación y de derechos humanos que amplifican las quejas de activistas anti-Israel, pro-islamistas vigilantes, asesinato a figuras importantes y manipulación de tecnología. Estos cargos pueden ser evidencia de la profundidad y amplitud de la guerra de información llevada a cabo por Qatar.

Amnistía Internacional sufrió recientemente un duro golpe, tanto a su reputación como a sus operaciones, cuando el Tribunal del Distrito de Tel Aviv falló en favor de rechazar su querella contra la compañía de ciberseguridad israelí el Grupo NSO/Q Cyber ​​Technologies, el fabricante del software Pegasus. La ONG afirma que el programa para ordenadores fue utilizado por Marruecos, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos con el propósito de utilizar piratería cibernética y vigilar a activistas, periodistas y a disidentes.

El programa para ordenadores Pegasus está muy regulado. Las ventas se realizan solo a personal calificado de gobiernos y requieren la aprobación del gobierno israelí. El juez consideró que las evidencias técnicas presentadas por Amnistía Internacional eran insuficientes — de hecho, eran prácticamente inexistentes — y extremadamente vagas.

Existe gran cantidad de información que apunta a la verdadera razón por la campaña de Amnistía Internacional contra la compañía israelí y esta ofrece indicios de la profundidad y amplitud de las técnicas de la guerra de información realizada por Qatar.

Para ver el espectro completo, debemos retornar a la muerte del ex-funcionario de inteligencia saudita, portavoz del gobierno y columnista del diario Washington Post Jamal Khashoggi ocurrida en octubre del 2018 en el consulado saudita en Estambul. Independientemente de las circunstancias de su fallecimiento, que nunca se resolvieron por completo, en vida, Khashoggi fue seguidor de la Hermandad Musulmana. Esa organización se opone firmemente a cualquier indicio de normalización entre Arabia Saudita e Israel, no le interesan muchas de las reformas internas asociadas con la Visión 2030 del Príncipe Heredero a la Corona Muhammad bin Salman y critica la participación de Riad en la guerra en Yemen junto al gobierno reconocido internacionalmente de ese país y en oposición a los houties quienes están siendo respaldados por Qatar.

Antes de su muerte, Khashoggi obtuvo fondos de Qatar para la realización de algunos de sus proyectos. También se reunió con miembros de la oposición saudita respaldados por Qatar, incluyendo a Omar Abdulaziz Zahrani, quien reside en Canadá y Sa’ad Faqih, miembro de la oposición saudita quien vive en Londres y que aprobó la idea propuesta por Qatar de prescindir de la monarquía Saud en el Reino y se imaginó a sí mismo como gobernante de un reino constitucional mucho más pequeño. Ese reino hubiese sido más acogedor a los puntos de vista como los de Khashoggi que para las agresivas reformas a la manera de Muhammad bin Salman. Las ideas de Faqih tampoco fueron simples construcciones teóricas. Se dice que este mantuvo contactos con Al-Qaeda desde fines de la década de los años 1990 y que ambos los Estados Unidos y la ONU lo agregaron a su lista de afiliados.

Omar Abdulaziz trabajó con Khashoggi antes de la muerte de este último en un proyecto llamado “Colmena”, que consistía en “abejas electrónicas”, o bots, que se tendrían como blanco directo las cuentas a favor del gobierno saudita en las redes sociales. En esencia, era una técnica de guerra de información diseñada para desmoralizar a los partidarios del Príncipe Heredero, distraerle de sus intentos en involucrarse con los occidentales y sembrar la confusión entre los observadores externos que pudieran llegar a creer que estas “abejas” representaban una ideología oficial contraria a los reclamos del gobierno.

Se suponía que el financiador inicial de este y otros proyectos era el Príncipe Alwaleed bin Talal, quien recibió brevemente a Khashoggi y a otros miembros opositores regionales en una estación en Bahréin antes de que fuese cerrada. Luego que los activos de Alwaleed quedaron congelados en el transcurso de una investigación por corrupción del 2017, Khashoggi supuestamente recurrió a los fiadores de Abdulaziz en Qatar para obtener apoyo financiero. Su acuerdo implicaba una garantía de que la columna de Khashoggi en el Washington Post consistiría esencialmente en copiar y pegar material de la Fundación Internacional de Qatar y presentar las perspectivas de Qatar sobre el Príncipe Heredero y sobre los temas regionales.

La mayoría de los planes de Khashoggi se realizaron eventualmente y misteriosamente llegaron a materializarse póstumamente.

Según informes, Khashoggi estaba en proceso de intentar unir a los diversos bandos opositores sauditas con la ayuda de Faqih, pero sus esfuerzos por reunir a las facciones en contra del Príncipe Heredero no se materializaron totalmente para el momento de su muerte.

Otro de sus proyectos era crear un grupo de expertos think tank, Democracia para el Mundo Árabe Ahora (DMAA), que aparentemente tenía como objetivo promover la democracia en el Medio Oriente. De hecho, estaba destinado a funcionar esencialmente como una unión de facciones islámicas, pan-árabes, izquierdistas y oportunistas en contra de las monarquías tradicionales y de otros gobiernos. El objetivo era presionar a dichos gobiernos acusándolos de perpetuar abusos contra los derechos humanos, a menudo de manera muy engañosa. Faqih y otros con vínculos terroristas, tales como el predicador saudita miembro de Al-Qaeda Salman Ouda, quien fue responsable de radicalizar a muchos jóvenes y finalmente fue llevado a prisión por cargos de terrorismo, fueron representados por ambos los asistentes de Khashoggi y las principales instituciones de derechos humanos como disidentes pacíficos que sufren a manos de intolerantes monarquías. El grupo DMAA ayudó a cubrir las espaldas de esta gente y promovió sus causas en Occidente.

Tras la muerte de Khashoggi, sus proyectos se concretaron gracias a la gran asistencia de Omar Abdulaziz y a una variedad de partidarios de la Hermandad Musulmana respaldados por Qatar y astutos en Washington. Además del relanzamiento del grupo DMAA, que siguió adelante a pesar de la pandemia, Abdulaziz tomó el timón de la “Academia Jamal Khashoggi”, una empresa en la red destinada a llegarle a los jóvenes y modelada a partir de un esfuerzo de reclutamiento similar en Qatar. A pesar del nombre inocuo e intenciones aparentemente benévolas, esta Academia predica una versión de la historia del Medio Oriente narrada por la Hermandad Musulmana. Está versión va dirigida principalmente a jóvenes idealistas de hogares disfuncionales o estrictos del Medio Oriente y del Norte de África que pueden ser engañados con promesas de una causa que promueva la libertad, democracia y los valores liberales.

La muerte de Khashoggi se convirtió en un grito de guerra para el activismo islamista. Este sirvió de catalizador para sus compañeros de viaje insatisfechos con los sauditas, así como también para aquellos que buscan formas de negociar con tales facciones, tanto en los Estados Unidos como en otros países donde dichos puntos de vista estaban en boga.

Abdulaziz, Jeff Bezos y otros demandaron a la empresa NSO por supuestamente ser participes en la muerte de Khashoggi y esto siguió a una implacable campaña contra el Príncipe Heredero a la Corona de Arabia Saudita y contra la compañía de software israelí. Amnistía Internacional y otras organizaciones de derechos humanos desempeñaron un papel clave en el apoyo a estas acusaciones.

Tan pronto calmó la turbulencia relacionada con Khashoggi, Amnistía Internacional aplicó el mismo método para atacar a Marruecos, acusando a Rabat de utilizar tecnología para vigilar y hostigar a un periodista de izquierda llamado Omar Radi. Radi, admitiendo por sí mismo, viajó a Argelia poco antes de su reciente arresto, provocando que fuese escrutado por el servicio de seguridad marroquí debido a las tensiones entre los dos países. Se sabe que Radi tiene puntos de vista fuertemente respaldados por Argelia y otros estados y partidos adversos a Marruecos, particularmente en Europa.

La región Rif de Marruecos, sobre la cual Radi ha escrito, tiene un historial de desafío a las autoridades centrales y de experimentar tensiones con el gobierno. Sin embargo, bajo la tutela del Rey Muhammad VI, la situación cambió significativamente. El rey ha invertido gran parte de su tiempo y recursos en la región y ha realizado viajes de placer al lugar, incluso sin ningún tipo de seguridad.

Se cree que existe una enorme interferencia extranjera y encubrimiento de protestas pacíficas en la región del Rif relacionadas a temas económicos generales. Las actividades de Radi y las frecuentes visitas a un estado hostil naturalmente despertaron sospechas.

Investigaciones adicionales no incluidas en los archivos de Amnistía Internacional muestran que Radi pudo haber estado trabajando como agente pagado de algún gobierno extranjero. Esto plantea dos problemas. Primero, si Radi fuese realmente un agente de inteligencia, sería legítimamente considerado una amenaza para la seguridad de Marruecos y el gobierno tendría pleno derecho a utilizar Pegasus o cualquier otro medio para vigilarlo como sospechoso de ser un espía. El hecho de que los “activistas de los derechos humanos” estén frecuentemente en la nómina de los estados extranjeros para demonizar a sus propios gobiernos es un tema que las organizaciones de derechos humanos no abordan adecuadamente.

El segundo tema es que Amnistía Internacional debe haber sabido sobre estas acusaciones y haber elegido no abordarlas, posiblemente porque contenían un mínimo de verdad. De hecho, al menos 17 de los medios de comunicación asociados a Amnistía Internacional en los principales medios de comunicación occidentales, que compartieron el informe de la ONG, ni siquiera realizaron una investigación independiente superficial a las acusaciones y el intento de Amnistía Internacional fue menos que vigoroso. Esto es exactamente lo que sucedió con el tema Khashoggi: Qatar, Turquía y otros beneficiarios de las consecuencias por la publicidad nunca fueron interrogados, sino dirigidos e incluso, en cierta medida, se les dictó la narrativa.

De ser así, Amnistía Internacional mostró consistencia al hacer eco a la línea política de Qatar y defender a los funcionarios rebeldes del servicio de inteligencia tales como Khashoggi, a espías extranjeros y a agentes influyentes. La organización sirvió esencialmente como agente para las agencias de inteligencia y no como una entidad supervisora independiente de los derechos humanos.

Finalmente, el reciente escándalo “Deepfake” expone la profundidad de la influencia de Qatar sobre las organizaciones de derechos humanos y el entendimiento de lo que les llama la atención y ofrece pistas sobre la infraestructura general de la guerra de información de Qatar. El escándalo estalló por causa del descubrimiento de que muchos de los artículos presentados a una variedad de medios de comunicación conservadores que criticaban a Qatar y a Turquía fueron publicados bajo nombres falsos por “personas” inexistentes creadas, presumiblemente, por los Emiratos Árabes Unidos, siendo este el archí-rival de Doha y de Ankara. Significativamente, la persona que hizo esta revelación fue Marc Owen Jones, profesor británico especializado en acoso cibernético de programas autónomos sauditas y emiratíes. Resulta ser que Jones trabaja en y para Doha. Este nunca ha cuestionado ni ha acosado los programas autónomos respaldados por Qatar u otras actividades de la guerra cibernética.

Al final resultó ser que, muchos, si no la mayoría de los artículos fueron plagiados de trabajos verdaderos presentados e incluso publicados por escritores especializados en dichas áreas, incluyendo al menos un escrito de esta autora. Ben Minick, un veterano periodista que también denotó la similitud entre su obra y los artículos, señaló la conveniencia de que el profesor en Qatar le haya ayudado a “develar” tal historia, que bien pudiera primeramente haberlo hecho Qatar. Esto es en concordancia a las constantes acusaciones de Qatar de que sus rivales regionales, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, son culpables de realizar piratería informática, mientras que la propia Doha está siendo demandada por penetración ilegal y distribución de datos personales y profesionales.

El punto planteado por Minick fue enfatizado por más informes sobre el tema. Una pareja pro-palestina que está demandando a la empresa NSO por haber sido utilizado para vigilarlos se encontró siendo tema de un falso individuo que contribuía a publicaciones judías muy conocidas escritas en inglés. La convergencia de acusaciones sin ningún tipo de fundamento se suma a la creciente preocupación de que tanto las acusaciones sistemáticas de vigilancia por parte de ideólogos que comparten puntos de vista pro-islámicos anti-israelíes y la proliferación de artículos plagiados bajo supuestos nombres pueden ser una campaña de desinformación muy bien planificada a largo plazo que ilustra efectivamente la infraestructura y el amplio alcance de la guerra de información realizada por Qatar.

ACTUALIZACIÓN: Omar Radi ha sido arrestado por cargos de violación y por recibir fondos de un agente extranjero.

 

 

Irina Tsukerman es abogada en derechos humanos y de seguridad nacional en Nueva York. Ha escrito extensamente sobre temas de geopolítica y política exterior estadounidense para una variedad de publicaciones norteamericanas, israelíes y otras publicaciones internacionales.

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